La silla de Túnez
El día que conocí a aquel mueble inolvidable, caminábamos para llegar a una cena sefardí en la noche del viernes. Al llegar al edificio bajamos las escaleras para entrar a la sinagoga, un refugio de guerra transformado en lugar de oración y anunciado en varios carteles del barrio. Cuando aparecí en la puerta del sitio, un hombre viejo y encorvado vino hasta mí para mostrarme el que sería mi lugar durante los minutos siguientes: una agraciada silla de madera con asiento de terciopelo color vino, que perteneció a familias reconocidas en Túnez y reposaba a un costado de la entrada. Yo no lograba entender dónde me encontraba en ese momento ni que ocurría. Y muchos menos por qué las mujeres no tenían un sitio definido dentro de la sinagoga. ¿No asistían a los servicios por pereza? ¿Falta de espacio o gusto? ¿Discriminación entre hombres y mujeres tal vez? Cuando finalmente acepté el destino común de la silla africana y yo, me acomodé en el casi centenario trono y sonreí al ver de nuevo, una de las tantas sorpresas de Jerusalén. A.J.CAdriana Jana Cooper






