Hay oficios que llegamos a desempeñar en este país, que nunca nos imaginamos en nuestro camino. Esta es la historia en primera persona, de lo que pasa en el mundo -no tan amable- de los embargos y desalojos. Se llevaron la televisión.
Las circunstancias que como todo nuevo inmigrante nos hace buscar la forma de sostenernos económicamente en Israel, me condujeron a Ofer Lemor y hacia el mundo para mí lejano de las ejecuciones de sentencias, los embargos, desalojos y capturas de vehículos. Ofer posee una licencia expedida por la Corte de Ejecución de Sentencias, que lo reconoce como funcionario competente para llevar a la práctica las resoluciones dictadas por los jueces. Así, me convertí en su acompañante (para aquellas actuaciones en las cuales, por mandato de la ley, se requiere la presencia de un testigo). A primera vista, llevarse un televisor o un microondas, puede no ser un trabajo muy agradable, pero no siempre las cosas son como parecen, ni todas las actuaciones acaban de esa manera.
Generalmente, la actuación de embargo comienza con un prolongado toque de timbre e insistentes golpes en la puerta y un sorprendido vecino que al abrir se encuentra de frente con un funcionario de la Corte de Ejecución de Sentencias (kablan Lishkat Hotzahá Lafoal), un policía y un acompañante. En ese momento, éste se entera de una orden judicial de embargo en su contra y para evitar llevar a cabo el mismo, se le exige en el instante el pago de la deuda. El desarrollo posterior siempre es una incógnita, que se irá revelando con el transcurrir de cada ocasión.
Debo de reconocerlo, me es imposible generalizar la forma como reaccionan los “afectados” en cada oportunidad, puesto que cada expediente es una historia distinta: Nunca faltan las excusas, las tragedias personales, los golpes de mala suerte o incluso aquel deudor que encontró al banco culpable de haberse mudado a otro barrio (y sin su consentimiento). Hay quienes se toman las cosas con calma, sacan la chequera o hacen un inevitable viaje al cajero automático y así se soluciona el problema. Otros, luego de un pago inicial, buscan la manera de refinanciar la deuda. Son los menos, finalmente, quienes se despiden de sus pertenencias: televisores, equipos de sonido, VHSs o DVDs que son ingresados al depósito judicial esperando su venta en remates públicos, para amortizar la deuda.
Lo que más me llama la atención, acostumbrado al caos, la corrupción y el desprecio latinoamericano hacia la autoridad y las leyes, es precisamente lo contrario. Existe, en el israelí promedio, una confianza en su sistema judicial, en sus funcionarios y en sus policías. Los “arreglos” o “coimas” sólo aparecen en los titulares de los periódicos vinculados a escándalos políticos, circunstancia que se aleja de los eventos del día a día de los embargos. Para este tipo de acciones en Latinoamérica se necesita de todo un contingente policial, mientras que acá se lleva a cabo únicamente con 3 personas (sino con menos), sin que el acreedor se haga presente en el domicilio de su deudor. Acá, no es extraño que te ofrezcan los embargados una bebida caliente o fría, y se entablen conversaciones sobre los más variados temas con una familiaridad sorprendente. Es así como embargado, embargador y policía terminan sentados en la sala intercambiando opiniones sobre política, el clima o la difícil situación económica nacional. Se hacen bromas y hablan de sus familias como grandes viejos amigos. Son pocos los deudores que se exaltan y amenazan con tomar acciones desesperadas. Lo que termina por imponerse, casi en todos los casos, es el profético y esperanzador “Al tidag, a col ié beseder” (No te preocupes, todo estará bien)
Finalmente, no es un secreto para nadie, ya sean sabras, olim vatikim o jadashim, que Israel viene atravesando por una difícil crisis económica. Escuchamos hablar sobre sueldos que no alcanzan, huelgas y desempleo. El gran temido “minus” bancario amenaza la economía doméstica y por ello, la tranquilidad, pero en caso de dificultades, hay que dar la cara. Porque a nadie le gusta que se le lleven el televisor, aunque sea sin los gritos o los dramas que uno esperaría en Israel en estos casos.






