Terremoto en Haití, miseria en Gaza, hambre en Africa
No somos inocentes y no estamos exentos de que nos suceda
Nos despertamos, un día de enero de 2010, con la noticia de miles de muertos sepultados por escombros provocados por un terremoto en Haití. El correr de las horas nos acercaba las historias de los damnificados y con ellas tomábamos conciencia del desastre ocurrido. Cuando las noticias nos informan sólo con números como "más de 200.000 muertos en Haití" parecería que no nos pegan tanto como las narraciones particulares e individuales de cada uno de los rescatados o de aquellos que buscan a seres queridos de los que nada se sabe.
Los primeros momentos en que nos vamos enterando del desastre generan asombro, dolor, curiosidad e impotencia. Sólo el paso de las horas nos dan tiempo para el análisis, si es que se puede lograr efectuarlo después de ver tanto dolor, y reflexionar sobre lo sucedido. Lo cierto es que un terremoto de la misma intensidad y magnitud había sorprendido a Japón pocos meses antes y sólo generó un saldo de cien muertos. Un mes después de la tragedia de Haití se produjo un terremoto en Chile que superó 50 veces la magnitud del ocurrido en la isla, el saldo fue de 800 muertos (hasta el momento en que escribí la nota). Los expertos dicen que la diferencia entre uno y otro es la prevención y los cuidados efectuados por cada gobierno en lo que respecta a construcciones, caminos, infraestructura, comunicaciones y, principalmente, preocupación de las autoridades en dar mayores seguridades a sus habitantes. La presidenta de Chile estaba, a pocos minutos de ocurrido el sismo, informando a toda la población por televisión e instalada para seguir ayudando desde el estudio a todo aquel que lo requiriera. El presidente de Haití escapó milagrosamente de su casa antes que se derrumbara, no salió a informar porque todos los medios quedaron sin sistemas, desapareció de la vista de sus conciudadanos -a pesar de haber prometido estar con ellos- y no se preocupó ni siquiera por ir a visitar a los heridos a los hospitales. Las casas en Haití no estaban preparadas para soportar movimientos de tierra ni cualquier otro tipo de accidente. La miseria es la que manda y con ella van los miles de muertos que genera cualquier tragedia -cuando no hay medios- por más pequeña que ella fuera.
En la Franja de Gaza viven nuestros vecinos palestinos en condiciones muy precarias. Dominados por un régimen autoritario conformado por los terroristas de Hamas que no permiten que el pueblo progrese y que sólo saben enseñarle que los judíos son los culpables de todos sus problemas. Gobernantes que se pasean con trajes elegantes y automóviles lujosos mirados por gente sin trabajo, sin posibilidades y con condiciones de vida que empeoran cada día más.
Lugares como Haití o Gaza son caldo de cultivo de enfermedades creadas por la pobreza y la falta de recursos. Nosotros vivimos al lado de la Franja y somos los damnificados más cercanos al contagio de las epidemias que pueden llegar desde allá. Solo tendríamos que recordar que hace pocos años recibimos la gripe aviar "importada" por un pájaro que, llegado desde Egipto y atravesando Gaza, generó la muerte de cientos de aves de corral, que estaban controladas y vacunadas pero debieron ser exterminadas para evitar enfermedades. Recordemos el perjuicio económico millonario dentro de Israel y la falta de ventas de nuestros productos a Europa y Estados Unidos.
Los países del primer mundo y nosotros, sus habitantes, debemos preocuparnos para que los más necesitados no lleguen a sufrir estas tragedias. Debemos hacerlo por una cuestión de conciencia de no permitir el sufrimiento de seres humanos como nosotros, pero también debemos hacerlo por conveniencia -para no quedar arrastrados con las consecuencias-. Israel no puede permitir que Gaza siga en la indigencia. Estados Unidos no debe dejar de lado a sus vecinos en la miseria. La responsabilidad es de todos o todos pagaremos con las culpas y con nuestras propias vidas.






