Revista Latinoamericana en Israel

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LAS NUEVAS TABLAS DE LA LEY

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Los códigos sociales del siglo 21 en Israel son bien distintos a las famosas tablas de la ley entregadas a Moisés hace ya varios miles de años. El Israel de hoy en día se mueve bajo otros preceptos. Y es de esperar, que el Decálogo del Israel cotidiano en pleno 2011 se base en unas reglas que se han ido creando de forma autónoma, simbiótica, auténtica, inevitable.

El profesor Gad Yair, quien es director del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Hebrea de Jerusalem, acaba de publicar una teoría sobre la cual ha trabajado, la cual ha llamado “El código del Israelismo: Los 10 mandamientos para el siglo 21”.

Al conocer estos mandamientos, vimos la importancia de basar esta edición especial por nuestro número 50 de Piedra Libre en esta teoría, ya que nuestra revista se ha ocupado en mayor o menor medida en entender como inmigrantes que somos, a la sociedad israelí, y vimos que esos “mandamientos” y costumbres sociales de este país que el Profesor Yair desarrolló, explican en forma muy cercana lo que muchas veces es inentendible a los ojos de los que recién llegamos o estamos de turismo por Israel.

Para tal efecto le pedimos a los siempre queridos colaboradores de nuestra revista que escogieran cada uno un mandamiento, con el que más se identificaran (o con el que menos), y escribieran libremente su opinión sobre el mismo. Lo que han escrito ellos es su libre visión sobre cada uno de estos mandamientos, que a diferencia de los 10 mandamientos originales, explican de mejor forma cómo en realidad piensan y actúan los israelíes de hoy.

Bienvenidos a este dossier, y a la edición número 50 de Piedra Libre. Ha sido un placer hacerla, y esperamos la disfruten igual que nosotros al haberla realizado.

Paul Chamah,

Director Piedra Libre

 

Mandamiento 1

 

"Siempre ten miedo": Los israelíes son constantemente recordados que tienen enemigos. Siempre los han tenido y esos enemigos están siempre en contra de ellos (“todos son antisemitas”).

 

Jana BERIS

Amalek no comenzó con la Shoá

Este punto nos  hace acordar del dicho popular, que en tono de broma pero con contenido profundo, dice “el que yo sea paranoico, no significa que no me persiguen”. En lo referente a Israel y sus enemigos creo que hay algo de eso…mejor dicho, bastante.

Por un lado, aunque jamás me gustó destacar la historia de persecuciones y ataques sufridos por el pueblo judío, el hecho es que éstos no fueron inventados. Si bien siempre prefiero destacar la entereza del pueblo, su creación y desarrollo científico y cultural, su apuesta por la vida, no se puede desdibujar la historia. Y “Amalek” no comenzó lamentablemente con la peor de sus expresiones, la Shoá.

Claro que a la complejidad histórica se agregó la lucha impuesta a Israel desde su creación como Estado, por su nacimiento primero y luego por su supervivencia. Hoy en día, difícilmente se pueda ver en los planes de los enemigos de Israel -salvo en la eventualidad de un Irán atómico-una amenaza existencial, pero el nerviosismo está justificado no sólo si te pueden borrar del mapa. También cuando intentan hacerte la vida imposible es bastante insoportable lidiar con ello.

Las amenazas, son un hecho. Con vecinos inmediatos como Hamas en el sur y Hizbalá en el norte -agregándose a ello el que ni siquiera de los países con los que se firmó la paz, Egipto y Jordania, se puede captar demasiado amor- Israel tiene motivos para ver enemigos por todos lados.

El problema, como en muchas cosas en la vida, es en la intensidad del fenómeno y en sus derivaciones sobre la mentalidad de su gente y su liderazgo.

No creo que todos aquellos que discrepan con Israel sean antisemitas. En absoluto. Hay formas y formas de discrepar. Pero la sensación con la que vive casi permanentemente Israel de que no se le comprende y no se le juzga en forma justa, ha creado aquí lo que algunos observadores han llamado “mentalidad de sitio”.

Esto puede ser peligroso, ya que se corre el riesgo de ver enemigos donde no los hay, de ver en quienes no piensan igual una amenaza mortal y más que nada, de permitir dentro de casa tomar medidas para fortalecer al pueblo, que terminen perjudicando a la democracia de este país. Hay sectores que ya lo están intentando, con éxito parcial, y no es casualidad que ello haya preocupado tanto a la izquierda como a verdaderos demócratas del lado derecho del espectro político israelí.

El gran problema al respecto es que para tratar obsesiones a nivel personal, quizás baste con un buen psicólogo, pero cuando de naciones se trata, la ayuda del entorno también podría ser importante. Y ella, con el vecindario de Israel, no está muy claramente a la vista.

Suerte que ahora, con las protestas que la clase media ha realizado, no se ha oído a ningún desubicado diciendo que los centenares de miles de personas que han salido a la calle a exigir un cambio en la estructura socio-económica de Israel , son “enemigos internos”, que no comprenden que hay que guardar las energías para la amenaza iraní. Al fin de cuentas, un Israel fuerte socialmente -y no sólo en el plano militar- es otra garantía de un Estado unido para lidiar con cualquier amenaza. Pero eso, claro, ya es otro tema.

 

Mandamiento 2

 

"Ponte de pie con Jutzpá": La mentalidad del “nunca jamás” produjo una fuerte posición (que muchos ven como agresiva) que responde al miedo de la aniquilación diciendo: “No somos los judíos de Europa. No somos los débiles y dependientes judíos que no controlaban sus vidas”.

 

Sivan GOBRIN

Ser “jutzpán” y  no ser débil  en el intento

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, muchos sobrevivientes del Holocausto decidieron venir a Israel para comenzar una nueva vida. El problema fue que los israelíes que estaban en el país no los recibieron con la mejor cara. ¿Cómo podía ser que si ellos habían logrado echar a los ingleses y consiguieron la independencia, los judíos europeos no fueron capaces de darle la pelea a los nazis? ¿Cómo era posible que un judío digno, se sometiera como una oveja al matadero? En esa época los únicos considerados “héroes” eran aquellos que se rebelaron con las armas dentro de los guetos, el resto…no merecían respeto alguno.

En 1961 el juicio a Adolf Eichman, una de las cabezas del gobierno nazi y principal organizador de las deportaciones de los judíos a los campos de extermino, realizado en Israel, dio vuelta el “switch” de la sociedad israelí con respecto a los sobrevivientes. Al seguir el proceso de forma muy masiva la gente se dio cuenta de que darle la pelea a los nazis no era tan fácil como parecía, y poco a  poco el israelí se fue informando y comprendiendo más la situación.

Pero esa mentalidad de “nosotros no somos los judíos débiles de Europa”, de hecho,  “somos todo lo contrario”, se repite día a día hasta nuestros días. “Hago lo que quiero, como quiero y con quien quiero”, “si no quiero pagar no pago y si quiero saber algo lo pregunto hasta conseguir una respuesta”. Muchos olim alguna vez trabajamos en algún janut (negocio) como vendedores, y estoy segura de que más de alguien que esté leyendo esta nota, sonreirá recordando que cuando un israelí pregunta el precio de algo y uno amablemente le contesta, la reacción siguiente del cliente será “¿lama?” (¿Por qué?) ¿Qué se le dice a semejante individuo? “porque algo tengo que ganar con la mercadería pedazo de….” Pero con una sonrisa le decimos “porque yo no soy el jefe y él fija los precios” o si se contagiaron con un poco de la jutzpá israelí como yo, podrían responder simplemente: “kaja” (porque sí).

Esta manera de actuar y de contestar, la mayoría de los que venimos de una cultura latina que nos enseñó a  respetar al de al lado y a ser más tranquilos, la consideramos  como  una forma muy agresiva de ver la vida, como si el israelí sin importarle nada quiere mostrar que no es un ser débil, que es independiente y que siempre va a lograr lo que se propone, aun así, si eso significa pasar a llevar al que tiene al lado.

¿Cuántas veces nos sorprendemos con niños pequeños contestándole como quieren a sus padres y haciendo un escándalo en la mitad de la calle? (y la madre gritando de vuelta).  Y no solamente a sus padres, sino a profesores, familiares y a extraños que se “cruzan” en su camino y los hicieron sentir “débiles” en algún momento y sintieron la necesidad de pararse y hacer valer su voz.  Esta tendencia se va fortaleciendo cada vez más, a medida que el resto del mundo sigue criticándonos como país, sociedad y como pueblo.

Yo no creo que el ser fuerte sea algo negativo, todo lo contrario. Con tanto antisemitismo debemos demostrar que valemos y que merecemos existir como Estado y como pueblo. El problema nace cuando esas ganas y pasión se van hacia el prójimo, donde la fuerza de la independencia que tanto nos costó se convierte en jutzpá, en agresividad, en mala onda hacia la persona que tenemos al frente, que también pelea por lo mismo que nosotros.

Porque a pesar de venir de países diferentes y de haber sido criados con culturas distintas, queramos o no, todos formamos parte de la sociedad israelí, con sus cosas buenas y malas, pero al fin y al cabo, nuestra.

 

Mandamiento 3

 

"Todo te pertenece": Los israelíes van por este mundo con la promesa que Di´s le hizo a Abraham: Y serás dueño de la tierra. Este perverso sentido de la propiedad es expresado en comportamientos territoriales, en la vía, en los espacios públicos.

 

Hagar BLAU

Serás dueño de esta tierra… y de todo lo que haya en ella

El Mandamiento tercero de los israelíes de la actualidad se basa en el derecho territorial de posesión. Los Sabras, aún los más laicos, viven sus vidas embanderando la promesa de Di’s a Abraham: “Serás dueño de esta tierra”. Según el sociólogo Gad Yair: “Este invasivo sentido de posesión es expresado en los comportamientos territoriales: cortando líneas divisorias, clamando el derecho de pasar en las rutas, invadiendo espacios públicos. El comportamiento en Judea y Samaria de hecho refleja un patrón más amplio del israelí reclamando el derecho -luego de un largo exilio- a este lugar”.

Hace 63 años que estas tierras fueron reconocidas por el mundo como propias del pueblo de Israel. A partir de entonces los israelíes se esmeran en recordárselo al mundo para que no quepan dudas o para que nadie lo olvide. Es tal el sentimiento posesivo, que hoy caminar por las calles para los mismos israelíes se hace dificultoso, ya que algunos de sus conciudadanos les recuerdan constantemente que poseen la vía pública al estacionar los autos en plena vereda, dejando a los peatones pasando por las calles junto a los autos, una actitud insólita que la costumbre del día a día naturalizó.

Una situación por demás de posesiva, es en las colas de los supermercados. A quién no le ha ocurrido que se encuentre haciendo fila para pagar en las cajas, y así de la nada, como por arte de magia, aparece otro israelí que dice estar delante tuyo (¿Cómo pudiste no verlo?), ya que en la góndola o en el piso habían algunos paquetes de Bamba o el pack de 48 papeles higiénicos que reservaban su lugar al dueño.

Aunque suene negativo, ser posesivo a veces es realmente un derecho con ciertas cosas. Un buen ejemplo es la cantidad de jóvenes manifestantes en Tel Aviv, Yafo, Jerusalem, Haifa, Beer Sheva, entre otras, donde han estado reclamando su derecho a la vivienda exigiendo reformas en el sistema financiero. Tal como sucedió en España, Grecia y Francia, entre otros países, los jóvenes israelíes quieren que el gobierno les garantice la oportunidad de tener una vivienda propia.

Esto es algo que los latinoamericanos que no vivimos en Israel deberíamos haber hecho también, ya que las posibilidades de tener o alquilar una casa son casi nulas, a menos que se viva eternamente con los padres o se herede una casa familiar. Pero como la mayoría de los latinos no conoce el sentimiento del destierro, y nos falta un poco de cultura jutzpanít, deberíamos aprender estas cosas de Israel, reaccionar un poco e indignarnos también.

El derecho a lo que se considera lógicamente propio, como es la vivienda, es parte de la sociedad democrática, y por ende es sano que se reclame. El problema es qué cosas son lógicamente de cada israelí, qué otras son de todos como sociedad, y cuáles por pertenecer a unos pocos, no infieren en la convivencia con el resto. Es legítimo que el israelí se sienta dueño y poseedor, pero no es sano confundir los límites de “lo mío es mío, y lo tuyo también es mío”.

A veces hay que recordar que en comunidad el pueblo sobrevivió los milenios, y en comunidad hay que convivir para las generaciones venideras. Con esto no me refiero con un fin religioso sino todo lo contrario, pluralista para con el otro, sea el vecino de al lado, el empleado del shuk, el olé jadash, el turista, el refugiado y el palestino también. En palabras de Emmanuel Levinas, “reconocer la necesidad de una ética heterónoma, de responsabilidad para con el otro desconocido, que tiene los mismos derechos que yo”.

 

Mandamiento 4


"Tienes un contrato con el Estado de Israel": Los israelíes y su Estado tienen unas intensas relaciones. Ellos deben aportarle a su país, pero al mismo tiempo exigen lo mismo del país.

 

Leon AMIRAS

Y amarás y odiarás al Estado como a ti mismo

Desde el día que el israelí nace, firma una especie de contrato con su Estado. Un país situado en el Medio Oriente, pero que piensa y actúa muchas veces como Europa o América del Norte, con un aparato estatal y una burocracia sin fin, un sistema político muy agresivo, un sistema jurídico efectivo aunque lento, y una economía difícil de entender, fuerte y ajena a lo que pasa en el mundo.

Como me dijo una vez el Profesor Natan Lerner, Israel es una mezcla de la Tajaná Merkazit Haieshaná (la vieja estación central de autobuses de Tel Aviv) y el famoso Instituto Weizman: Una mezcla de caos de Medio Oriente, con decenas de científicos que reciben premios Nobel; Una mezcla de un país sin agua o riquezas naturales, pero con empresas que cotizan en la bolsa de todo el mundo…

El ciudadano israelí no porque sí se dice que es un Sabra, dulce por dentro y espinoso por fuera. El ciudadano desde que nace cumple con cientos de obligaciones y lo hace muchas veces sin preguntar por qué cumple con sus obligaciones sin quejarse. Las espinas son el resultado de una vida en un laberinto estatal muy complicado en el que hay de dar para recibir. El israelí hombre cuando nace, como todo judío, luego de siete días, se le hace su circuncisión y así empieza a ser parte de este pueblo, empieza a "dar" algo de sí mismo desde el principio mismo de su vida.

Luego llega la escuela primaria y sigue la secundaria, con bagruiot (exámenes) difíciles de pasar, y luego el ejército, entregando allí varios años de su vida. Más adelante llega el período de estudios universitarios, un pago anual de miles de shékels, junto a un alquiler mensual también muy caro. Y cuando llegan los exámenes de las materias cursadas, más de una vez el estudiante tiene que cumplir con el miluim (reserva militar) y perder la fecha de su examen o postergarlo.

Luego llegará su primer título, su primer trabajo en su profesión, su pareja, su matrimonio, su primera vivienda, unos pocos días de vacaciones anuales y trabajar y trabajar. Y empieza allí la etapa de pagar impuestos altos desde joven, para incrementar esos pagos al Estado cuando sea más maduro con su mujer e hijos, que pueden llegar a más de un 50% de sus ingresos. Impuesto a los ingresos, impuesto al valor agregado, impuesto municipal, seguro de salud, impuesto por la venta, impuesto por la compra, peajes, una lista interminable que le obligan al ciudadano de clase media israelí a pagar más y más y más. Es curioso que en hebreo la palabra “más” signifique impuesto…

El israelí no pide nada, no se queja, es muy dócil, acepta ese pacto burocrático con su Estado, más cuando es necesario, pero también pide que respeten sus derechos, pide recibir por lo que dio, pide ejercer su derecho a recibir.

Salvemos a los israelíes que detuvieron en Bolivia o Perú por una causa penal. Enviemos un avión a la India si en una catástrofe hay 2 israelíes internados. Presentemos una queja diplomática si no se respetaron los derechos de israelíes en China o Tailandia. Actos que demuestran un país solidario, pero muchas veces hacia afuera, con falencias graves hacia sus ciudadanos en el día a día, que es muchas veces más importante que ciertos hitos periodísticos que alimentan el alma nacionalista, pero no el bolsillo ni el tanque de gasolina del auto de los israelíes.

Pero al mismo tiempo, el israelí exige lo que piensa que con justicia se lo merece: Un seguro de desempleo, carreteras modernas, un sistema médico como el del primer mundo, un sistema jurídico en el cual todos tienen derecho a demandar a su vecino y que el juez decida rápido, que haga justicia. Y que si hay que meter preso al Ministro, al diputado o al mismísimo Presidente, que vayan presos. Igualmente el israelí exige un nivel de educación para sus hijos como el de Europa. El ciudadano de este país exige que el Estado se preocupe para que los jóvenes puedan comprar viviendas a precios razonables.

De todo este intercambio emocional entre el Estado y el ciudadano, va creciendo un odio y amor entre ambos...una dualidad muy rara, una ensalada de derechos y obligaciones, que generan una sensación que en “Israel es dura la vida, que la vida acá es difícil”.

Y siguen las contradicciones o elementos de esa mixtura a veces inentendible de sensaciones y actitudes ante su país. El ciudadano da su vida por el Estado, o por otro israelí. No cambia a Israel por nada, aún cuando el gobierno no cumple con lo pactado de manera exacta. Y allí es cuando surge la expresión cruda pero muy popular: “Jara shel mediná”. “Jara” no tiene nada que ver con el poeta Chileno. Esta palabra significa mierda, es decir, un país de mierda y sigue la crítica sin fin: Al gobierno, a la policía, al sistema educativo, a los políticos corruptos, al sistema de salud, a los empleados públicos, a los religiosos, a los laicos, a los inmigrantes, a los emigrantes, a todo el mundo.

Y es difícil de entender como de tanto amor por el país, con tanta entrega y esfuerzo, surge la crítica sin fin, la bronca, o como dicen muchos “eretz ojelet toshveia” (un país que se come a sus ciudadanos).

Y para terminar  un cuento que me contó un amigo. Un policía escucha que un anciano, insulta a gritos quejándose que este es un país de mierda y el policía le dice “Usted no puede insultar así al país, cuide sus modales, y le impone una multa. El anciano va a juicio y el juez le pregunta por qué  se refirió al país de esa forma, y el anciano dice: “¡Dije país, no Israel. Me estaba refiriendo a otro país!”. Y entonces el juez anula la multa al anciano y le impone la multa al policía por haber incriminado a este ciudadano y haber molestado en vano a la justicia. Ambos, el policía y el anciano, salen del tribunal, y caminan en silencio. Allí el anciano lo mira al policía y le dice: “Te dije, te dije que este es un país de mierda”.

Esta relación tan rara me recuerda un poco a la relación entre padres e hijos. Los padres dan todo por sus hijos, quejándose muchas veces de ellos, que no estudiaron lo suficiente, no trabajaron lo suficiente, pero en otro momento dicen sin dudarlo “Mi hijo es el ser humano más dulce e inteligente del mundo”. Y del otro lado de la moneda están los hijos que se quejan de sus padres aunque cuando piensan seriamente, valoran lo que reciben de ellos.

Israel es como nuestros padres, Israel es como nuestros hijos, y aunque critiquemos o insultemos, la amamos desde lo más profundo del corazón. No la cambiamos por nada. Un país de rosas, pero un país de guerras y de misiles. Un país de mierda, pero inexplicablemente no lo cambiamos por todo el oro del mundo. Al fin y al cabo es nuestro hogar y no tenemos otro. Como el gato y el ratón, y la harina y el viento: Seguiremos adelante, tal como lo hemos hecho ya durante 63 años.

 

Mandamiento 5

 

"Nunca, pero nunca seas un Fraier": Los israelíes ven a los judíos de Europa como los fraiers. La mentalidad del “nunca jamás” se reafirma de vuelta en esta posición, lo que los lleva a demostrar a todo momentos que ellos son los más inteligentes y creativos en ganarle al sistema.

 

Marcelo KISILEVSKI

¡Atá Fráier!

En todo vuelo desde Nueva York a Tel Aviv se produce invariablemente el diálogo entre dos israelíes, luego de sus vacaciones o viaje de negocios en la Gran Manzana:

Shlomi: ¡Ey, Guidi! ¿Tú también por aquí? ¿Cómo te fue?

Guidi: Excelente, Shlomi. ¿Estuviste trabajando, como siempre? ¿Qué te compraste esta vez?

Shlomi: Nada, pavadas. Apenas el iPhone 7. (Es cierto, el último hasta ahora es el 5, pero el israelí siempre va por lo menos dos generaciones adelantado…)

Guidi: ¿En serio? ¡Qué casualidad, yo también! ¿Cuánto pagaste?

(Atención: no importa ahora qué número vaya a decir Shlomi, la respuesta de Guidi será la misma).

Shlomi: 250 dólares, una ganga, ahí por la 5ta Avenida.

Guidi: ¡Atá fráier! (¡Eres un fráier!) Yo lo pagué a 150, eso es porque no viniste conmigo por las calles laterales, se ve que tú te alejas tres cuadras del Central Park y ya te pierdes. Un amigo de Petaj Tikva con el que hicimos el ejército tiene un local por ahí y me llevó a los mejores lugares…

Guidi dedicará los próximos 15 minutos a demostrar académicamente que su amigo Shlomi es un estúpido, en inglés un "sucker", el tonto de siempre, al que le vieron la cara. Esto es así, menos que Shlomi logre extraer del relato de Guidi un dato que le permita dar vuelta la partida, y que el que termine siendo el fráier sea su cruel amigo Guidi. Pero alguien, alguien terminará siendo aquí, indefectiblemente, un fráier. Si no es uno de ellos, será un tercero, porque siempre habrá un israelí entrometido –dado que somos todos de la misma familia, y aquí vale meterse en las conversaciones ajenas- al que Guidi y Shlomi podrán hacer quedar como el fráier último, por metido.

Todas las culturas, en efecto, tienen su "sucker". Pero en ninguna como la israelí, el no serlo es una obsesión, al punto de ser un pilar de su idiosincrasia. El olé jadash lo sabe por experiencia. Cuando uno consigue su primer empleo, sus primeras charlas con israelíes serán penosas. El israelí lo felicitará a uno por el trabajo y le deseará suerte, pero a continuación vendrá la pregunta obligada: "¿Cuánto te pagan?" La pregunta en sí está prohibida en muchas otras culturas, pero aquí, aunque a uno lo descoloque al principio, es pan de todos los días. Y de nuevo, no importa qué número tire uno, la respuesta del amigo israelí no cambia: "¡Atá fráier!" Y durante los próximos 40 minutos le dará a uno consejos que nadie le solicitó, sobre cómo negociar un aumento mañana mismo. Lo más importante es que siempre haya un fráier que no sea él: eso le calma los nervios.

Es obvio, dada la obsesión que no lo deja dormir, que el israelí se siente un fráier de nacimiento. En los estudios sociológicos que se han hecho al respecto (sí, así como lo lee, estudios sociológicos sobre los orígenes del "fráier") se explica que los orígenes remontan al sufrimiento judío en Europa. Ellos y sus descendientes israelíes perciben la historia judía como una seguidilla de desgracias que los colocaron en el lugar del tonto fácil de perjudicar, la víctima propiciatoria ideal. En cuanto a los sefardim que hicieron aliá luego, en las décadas de los '50 y '60, bueno… ellos se sienten los fráierim de los ashkenazim, y su trauma y obsesión por dejar de serlo no son menores.

La respuesta del israelí, primero del pionero judío en Eretz Israel y luego su hijo el Sabra, es: "A nosotros no nos va a pasar". A veces, tanto entre ashkenazim como entre sefardim, dicha respuesta cobra ribetes agresivos, como el famoso "empujar en la cola", hablar a los gritos, detener su coche en medio del carril por donde uno viaja, o eludir impuestos. Sepa comprenderlo el inmigrante y el extranjero que observan y sufren el fenómeno: se trata de un mecanismo de defensa genético, instalado en el ADN israelí a fuerza de 2000 años de ser unos fráierim…

Los fráierim y la política

Las manifestaciones de los pasados meses que comenzaron por el precio del queso "cottage", siguieron por la crisis de la vivienda y las huelgas de los médicos, están impregnadas por la fuerte sensación de que el modelo neo-liberal israelí, que se impusiera en los años '80 al anterior modelo de estado de bienestar casi socialista, convirtió en fráierim a toda la clase media fundadora y sostenedora del país.

La gran pregunta es si la obsesión por no ser fráierim se refleja en la cultura política, e incluso en la toma de decisiones en el seno del gobierno. El primer ministro Biniamín Netanyahu dijo, en algún acto en un asentamiento en los territorios: "Nosotros no somos fráierim: no damos nada si no recibimos a cambio". Y por eso su gobierno puede autorizar la construcción de otras 1.500 unidades de vivienda en Jerusalem oriental, y restregárselo a Obama en las narices. Justamente, "davka", porque "¡Lama ma…!"

Esto, del otro lado, coloca a Rabin como el fráier de la historia israelí. No sólo (para algunos) por los Acuerdos de Oslo, sino porque renunció a su gobierno en 1977 por una cuenta en dólares que tenía su esposa Leah en EE.UU., cuando ello estaba prohibido. Hoy, no ser fráier es aferrarse al sillón, porque renunciar si lo juzgan a uno por violación (Katzav) o corrupción (Liberman y tantos otros) es "agachar", admitir la responsabilidad, y sólo los fráierim agachan.

Muchos israelíes, por contrapartida, utilizan este concepto de "fráier" a mucha honra, como sinónimo de contribución al colectivo israelí: ir a miluim cuando muchos "no fráierim" se escapan con todo tipo de excusas; pagar los impuestos enteros y sin protestar; ser los primeros en enrolarse en misiones nacionales de alta prioridad. El concepto de "trumá", de contribución y aporte a la sociedad, es tan fuerte como la del fráier: "Yo quiero contribuir, quiero una sociedad mejor, y si eso me convierte en fráier, entonces eso soy", dicen sin avergonzarse.

Israel es el país con más alto índice de voluntariado en el mundo. Sólo la Guardia Civil (Mishmar Ezrají) cuenta con cerca de 120.000 voluntarios en todo el país. Las miles de organizaciones de ayuda al prójimo en Israel, se acercan a la suma de un millón de voluntarios. Y si lo miramos desde esta perspectiva,  en un país de siete millones de habitantes, ese número conviertiría a Israel en la capital mundial del fráier…

 

Mandamiento 6

 

"Siempre ten una opinión": Los israelíes son bastante “opinadores”. Siempre tienen formas de sustentar sus posiciones, aunque no sepan de qué están hablando. Y siempre tienen que tener la razón.

 

Julio BIRCZ

Donde hay dos judíos siempre hay tres opiniones

Los que nacimos en América Latina tuvimos la fortuna de conocer algunos valores que no existen juntos, en forma combinada, en otros países. La modestia, el fútbol, la buena comida, la simpatía, buenos modales y el ritmo para bailar son parte de nuestro acervo cultural. Han venido incorporados en nuestros genes y los llevamos puestos a donde quiera que vayamos. Es cierto que hay en otras culturas alguno de estos valores y que, en muchísimos casos son superados en calidad. Lo que es imposible es encontrar nuestro bagaje en forma unificada o sea todo junto en un mismo lugar. Así somos en forma natural y no siempre nos ha servido para nuestro bien.

Los israelíes son distintos, no hay duda alguna. Gustan de destacarse y decir que son los mejores, son muy poco simpáticos aunque creen que sí lo son, aman la comida oriental y cuando la comparan dicen que “no hay en el mundo una cocina como la nuestra”, se apasionan con el fútbol local y se dan cuenta del mal nivel que tienen sus jugadores sólo cuando llega la clasificación a un campeonato mundial y vuelven a quedar eliminados. Les encanta ir a bailar pero son lo mas parecido a un tronco en movimiento (se destacan haciendo un rikud de cualquier canción en la que, aquí sí, todos bailan de la misma manera siguiéndose los pasos unos a otros). Y por último, fallan terriblemente en el ítem “buenos modales” con sus gritos al hablar o la forma prepotente de ocupar lugares en las colas de los bancos, con la forma de atendernos en cualquier negocio o de ofrecernos algún servicio por medio del teléfono.

Somos distintos. Nos incorporamos, nos integramos y somos parte de la cultura israelí que nos contagia por nuestro afán de adaptarnos pero no somos iguales.

Los latinos aprendimos desde niños que es mejor escuchar que hablar. Sabemos que no es bueno opinar sobre todo y que, por otra parte, es imposible. Los israelíes no tienen complejo alguno por opinar sobre lo que sea y donde sea. Son obstinados, caraduras y no acostumbran a medir las situaciones. Ellos opinan. Se mandan y opinan. Se tiran a la pileta sin mirar si hay trampolín y opinan. Parecería que todo lo saben porque opinan como si tuvieran autoridad para todo.

Es parte de nuestra cultura, la de los iehudim, que donde hay dos judíos hay tres opiniones.

Nosotros, los latinos, llegados a estas tierras no podemos creer que para ser israelí siempre hay que tener una opinión, siempre hay que tratar de justificar nuestra posición (inclusive cuando hacemos un reclamo o cuando discutimos sobre algún tópico del que no tenemos la más mínima idea). Los especialistas dicen que “en los hechos no es importante el tema porque los israelíes viven en una permanente guerra de identidad en la que tienen que ganar independientemente del conocimiento o de la verdad”.

El tiempo, y la adaptación, siempre juega a favor de ellos y nosotros (los latinos, los que éramos distintos al principio) terminamos copiando la característica israelí aunque no lo quisiéramos en forma consciente. Así salimos a pasear por el mundo y los que nos reconocen como latinos nos dicen que llevamos encima la forma agresiva israelí para hablar o para opinar. Nos hemos transformado, también nosotros, en opinadores generales. Y añoramos, cuando estamos lejos, el hummus y el falafel como si fueran manjares de la mejor cocina gourmet francesa.

Sólo nos falta soñar con que algún día el fútbol israelí llegue hasta la final de un campeonato mundial para transformarnos en sabras verdaderos.

Hasta la web está llena de opiniones israelíes. Existe un sinfín de blogs de temas judaicos donde discutir, aprobar, rechazar o cambiar ideas propias y ajenas. Sólo hay que buscar “Jewish Blogs” en Google para encontrar más de 4 millones de sitios con temas relacionados a la comunidad con 28 categorías distintas o ir por JBlog (www.israelforum.com/blog_home.php) una red de blogs israelíes que ordena los blogs suscritos según popularidad, por la nota que le ponen los mismos lectores que, por supuesto, también opinan.

Otro ejemplo de “opiniones y judaísmo” tiene que ver con la religión y la forma de interpretarla (los judíos tenemos varias formas distintas, varias sectas distintas y varias diferencias entre nosotros mismos). Para cada judío la forma de vivir su religión es la correcta, la única y la que desautoriza a las demás formas. Sólo un shulján aruj pudo lograr algún acuerdo ya que las opiniones de todos los rabinos no lograban coincidir jamás. Dos judíos, tres opiniones. Imaginemos una reunión con varios judíos opinando !!Oi veiz!!

Ahora usted, lector, podrá finalmente comprender por qué los gobiernos israelíes no tienen casi nunca asegurados su permanencia hasta el final de la cadencia para la que fueron elegidos. Es por el espíritu de opinión de los israelíes que viven criticando las acciones de los primeros ministros para bien o para mal. Todos, también en este caso, opinan y todos saben.

¡Qué se le va a hacer! Así son los israelíes y también nosotros que acabamos de hacer una nota de opinión como si nuestra opinión fuera tan importante para que usted, señor lector, la pueda leer sin emitir opinión alguna.

 

Mandamiento 7

 

"Improvisa y sé creativo": La sensación de inminente catástrofe le ha enseñado a los israelíes que no hay beneficio en planificar. El ser abierto a las circunstancias y a la improvisación, parecen ser mejores para la supervivencia y el éxito (“los americanos tienen una cabeza cuadriculada”).

 

Alberto HAYÓN

 

Hacer virtud la testarudez

 

¿Que los israelíes improvisan, son creativos y no planifican? No podría estar más de acuerdo con el autor aunque con ciertos matices. Es cierto que improvisar y ser creativo da pie a pensar muchas veces que existe acierto en ello, pero tampoco es menos cierto que cuando no se planifica lo que hay son desaciertos, y nuestro pequeño país es un ejemplo vivo de ello, de desafortunadas decisiones que aún sufrimos en carne propia. Pongamos como ejemplo el recurrente tema del ejército (esta vez no ha sido la religión). La guerra de independencia de 1948 está plagada de episodios de improvisación en el campo de batalla en la que una población poco organizada, aunque muy voluntariosa, se las ingenia para repeler al enemigo como si de una guerrilla anti-napoleónica se tratara. Un acierto. Veinticinco años después, por mucha voluntad que tuviéramos, la improvisación en la guerra de Yom Kipur nos costó muy cara. Un desacierto.

Prestemos ahora atención a algo que me llama la atención: la planificación urbanística y arquitectónica. Que en los primeros estadios de existencia del estado de Israel (o incluso antes de la independencia) se proyectaran ciudades como si de una ciudad Lego se tratara y se construyeran edificios (ya saben, los conocidos cubos que se apoyan en diez pilares) a toda velocidad para absorber a las masas de inmigrantes que llegaban, nos guste o no, entonces fue un acierto. Cincuenta años después nos hemos dado cuenta en muchos de esos edificios la patente ausencia del sentido de la estética y de una distribución lógica de las estancias (o al menos a mí me lo parece) y muchas deficiencias. Un desacierto.

¿Y qué me dicen de Jerusalem? Aunque me ha robado el corazón, en sus 150 años de historia moderna me parece una de las ciudades más desordenadas urbanísticamente hablando. Y seguramente habrá otros cientos de ejemplos más que por mi ignorancia se me escapan.

Y es curioso, que un país cuyos padres fundadores mamaron una forma de pensar, trabajar y metodología de raíces europeas, haya recurrido demasiado a esa improvisación cuando lo lógico sería pensar lo contrario. Pero la verdad es que el autor del estudio acierta bastante aludiendo a esa sensación de inminente fatalidad o catástrofe como el origen de esa improvisación, aunque creo que exagera. Hay mucho de cierto en su tesis, pero yo prefiero llamarlo, si acaso, incertidumbre, y es normal que la haya con tanto vecino hostil a nuestro alrededor. Pero parece que es algo que no hemos superado. Y digo esto porque que resulta increíble que con 3000 años de historia como pueblo, aún seamos incapaces de asumir y admitir que por más que han intentado aniquilarnos, destruirnos y eliminarnos, hemos conseguido hacer virtud, nuestro mayor defecto: la testarudez. Y es que como diría alguno, seguimos siendo hombre de poca fe…

 

 

 

Mandamiento 8

 

"Nunca respetes jerarquía, ama la igualdad": Los israelíes no respetan a reyes, aristócratas o comandantes o jefes. El “nunca jamás” se combina con la idea sionista de igualdad, y por eso el israelí desobedece la autoridad y se siente cómodo en situaciones igualitarias.

 

Jessica WEBER

Criticar a la crítica

Ser israelí, es enfrentar cualquier obstáculo que se cruce en el camino con toda la fuerza y seguir adelante con orgullo, para bien y para mal. En realidad, muchos israelíes ven a la jerarquía como un obstáculo que hay que enfrentar. Miran la autoridad con ojos críticos y se sienten "poca cosa" por trabajar o vivir bajo supervisión de cualquier elemento.

Puede que se trate de una situación complicada como resultado de años de supresión al judaísmo en la historia y pasada de generación a generación. Puede que se trate de orgullo y ego por sentirse representante de "el" pueblo elegido, síndrome de la "religión divina" que deja poco espacio a la crítica o autoridad de otra persona. De todos modos, creo que la razón central y directa de la dificultad en aceptar autoridad está relacionada a la educación primaria que reciben los hijos de sus padres.

Primero que nada, Israel no tolera, bajo ninguna circunstancia, el abuso y maltrato infantil. En cualquier otra ocasión no dudaría en decir que es una de las características más positivas que tiene el país, pero cuando la definición exacta de "abuso y maltrato" se desvanece, el límite entre maltrato y malcriadez desaparece. Cuando crece el niño israelí y se transforma en hombre o mujer, lleva en sí la idea que él es autosuficiente. Al encontrarse con alguien de mayor jerarquía, inmediatamente comienza un proceso de "eliminación de esta autoridad". En otras palabras, tratará de reducir la superioridad de esa persona y volver a obtener la mayor autoridad. Puede que este proceso sea inconsciente pero creo que es inevitable. El israelí disminuye la autoridad de otra persona muy fácilmente y tiene varias formas de hacerlo. Una es comunicarse con el superior a la persona quien quiera desautorizar y quejarse de ella, cancelando de esta manera su autoridad. Otra forma es "criticar a la crítica", en este caso, hablará con su superior inmediato y tratará de criticar las observaciones que tiene este sobre él. La manera más frecuente es mezclar buenas relaciones de trabajo con amistad, o sea, abusar de las buenas relaciones con su superior para confundir el límite entre la autoridad y la igualdad. Este proceso no llevará al resultado deseado, pero el israelí se sentirá satisfecho sabiendo que sigue luchando contra la jerarquía la cual le parece injusta en cualquier lugar que se encuentre, sea el ejército, el trabajo, el colegio, o la universidad.

Por supuesto, estoy generalizando para poder explicar el tema. Pero en realidad, me cuesta decir que los israelíes son todos iguales, siendo una sociedad construida por muchas culturas y caracteres, formada por individuos distintos e independientes.

No puedo dejar de sentirme un poco hipócrita al criticar tal naturaleza, creo que a nadie le es fácil ser supervisado y criticado por lo que hace, como lo hace o cuando decide hacerlo. Llevo viviendo en Israel ya más de 14 años y puedo (en parte) identificarme como Israeli, pero no dejo de preguntarme si solo a él le cuesta aceptar jerarquía y autoridad o simplemente tiene suficiente atrevimiento para confrontarla y mostrar  directamente que se siente incómodo siendo criticado.

 

 

 

Mandamiento 9

 

"Crea intimidad cercana, pero no te enamores": Los israelíes –sintiendo una sensación de inminente catástrofe-, crean límites para bajar la ansiedad. Hacen preguntas muy íntimas, pero al mismo tiempo casi no se les ve demostrando emociones eróticas y de amor en público.

 

Adriana COOPER

Cerca pero no del todo

 

Cuando escuché al profesor Gad Yair hablar del noveno mandamiento, sentí un poco de tranquilidad: "Establece cercanía pero no te enamores". De repente entendí la actitud de varios israelíes que conocí. Aunque fueron amables y entretenidos, resultaron ser un fiasco a la hora de pensar en ellos como compañeros de vida. Terminé casándome con un joven de Estados Unidos con el que sin duda, encontré más temas en común que con un Sabra. Y es que aunque no se puede generalizar, a aquellos que conocí les faltaba tacto, buenas maneras, calidez y talento para el romance. Al menos en mi opinión.

Uno de ellos fue David, un simpático compañero de trabajo que me invitó a cenar en uno de los restaurantes más bonitos y costosos de Jerusalén. Al final y para mi sorpresa, pagué gran parte de la suntuosa cuenta en esa primera y última cita en la que el comensal ordenó todo un banquete. Un final así, hubiera sidoimprobable en varios sitios de Suramérica.

Lior fue otro de esos seres. A pesar de su físico impresionante, inteligencia y gusto por la diversión, este misterioso comandante del Ejército, llamaba a horas inusuales, aparecía y desaparecía de forma imprevisible. Cuando daba consecutivas muestras de cercanía se alejaba de nuevo.

Tampoco puedo olvidar a aquel ser que en unos cuantos minutos, habló de política, dijo qué periódicos leer y me preguntó cuántos hijos quería que tuviéramos. Tan práctico y directo que asustaba.

Dice el profesor Yair que para muchos israelíes no hay diferencia entre sexos. Para ellos, ambos son iguales y "no hay princesas para apreciar". Por eso es muy extraño que un hombre le abra la puerta a una mujer o muestre la cortesía que se ve en otras tierras.

Según él, los israelíes tienden a crear lazos cercanos con otros para disminuir su ansiedad. Por eso no es extraño que un desconocido o compañero de asiento te pregunte si estás casado, cuánto dinero pagas de alquiler, cómo te va en el amor o con tu pareja. Tampoco es raro que en cuestión de minutos, esa misma persona comparta contigo varios detalles de su vida privada. Esta es una de las cosas que me sigue impresionando y me hace sonreír en los años que llevo en este país: la capacidad de hacer todo tipo de preguntas sin una gota de vergüenza. Algunas tan íntimas que ni mi mamá se ha atrevido a hacerlas.

Sin embargo y a pesar de esa tendencia a la cercanía que se ve en las calles, autobuses, aviones o incluso en otros países a los que llegan grupos de israelíes, es difícil ver a los Sabras expresando su afecto emotivamente en las calles. "A diferencia de otros países del mundo, en Israel no se ven besos franceses o fuertes abrazos en público", afirma el profesor Gad Yair.

Tampoco parece haber gusto por el contacto físico con extraños y conocidos. Por eso, ya me parece raro saludar a las personas con un beso cuando voy a Latinoamérica o estoy con españoles en Israel.

Y pensé en esto, la última vez que estuve en Colombia y visité a mi nueva nutricionista, una mujer exitosa, profesora universitaria y con una excelente reputación. Al final de la primera consulta, la mujer se levantó de su silla, sonrió y se despidió con un abrazo fuerte y sentido para desearme buena suerte en el viaje de regreso y en la vida. Algo así aún no me ha ocurrido en Israel.

 

 

Mandamiento 10

 

 

“Todos estamos juntos ahora”: Después de dos milenios de exilio, separación en tribus y una multitud de culturas, los israelíes sufren sus ancestros comunes (el Israel bíblico) y su futuro en común (una bomba de Irán). Esto crea una fuerte sensación de solidaridad en espacios públicos, pero al mismo tiempo, no dando respeto al espacio público de todos. Ellos te ayudarán a cargar tu maleta, pero también van a mirar tu clave en el cajero automático. Como estamos todos juntos, compartimos todo.

 

Clody PLOTNITKY

ALL TOGETHER NOW

No de casualidad, la palabra hebrea kadima (adelante) viene de la raíz kedem (Oriente, ancestral)...

Y sólo recordando de dónde venimos, a veces con el "inconsciente colectivo" que llevamos secretamente dentro nuestro, y otras veces después de que la vida nos susurra "el secreto" mientras estamos del otro lado del rio, nos subimos a la Balsa de la Oportunidad y llegamos (volvemos) a esta Tierra del Oriente Medio.

Los sueños que soñás sólo son sueños, pero los sueños que soñás junto a alguien “ya son realidad”, cantaba mi amigo John Lennon. Y justamente es esa fuerza de la amistad la que logra convertir sueños en realidad.

La palabra “amigo” en hebreo se dice iedid, que es la unión de dos palabras (Iad + Iad) y si lo miramos gemátricamente donde iad (mano) equivale a 14, la palabra “amigo” (que semánticamente sería el estrechar de dos manos) equivaldría a 28, exactamente como la palabra koaj (fuerza).

Y esa fue sin dudas la fuerza de la amistad que ayudó a convertir milagrosamente pantanos, arena y montes huérfanos de flora en este joven/ancestral país, donde compartimos hoy este presente que no de casualidad es sinónimo de regalo.

Tal vez la gematría o las matemáticas sean "ciencias perfectas", aunque yo creo que existe un punto donde "las paralelas se juntan, y ese es el punto de la coexistencia¨.

Y en "El ombligo del Mundo" nos reencontramos y coexistimos todos con "nuestros hermanos, cuya cara no hemos visto nunca" (citando a Jorge Luis Borges en su bello poema "Israel 1969"), De distinta raza, idioma, costumbres, y hasta diferente religión en algunos casos, pero sin embargo todos juntos ahora construimos nuestra casa, sabiendo que no sólo hay derechos sino también deberes tal como lo sentenciaba Borges en la última frase de aquél poema; "Una sola cosa te prometemos: Tu puesto en la batalla".

Dicen que en el medio del universo está el Mundo, y que en el medio del Mundo está Israel. Y que en el medio de Israel está Jerusalem. Y que en el medio de Jerusalem está El Monte del Templo. Y que en el medio de El Monte del Templo está la Piedra Fundamental.

Y aquí estamos “All together now”. Por fin reencontrados después de milenios dispersados por el mundo, construyendo nuestra casa "Piedra a Piedra¨ (Eben a Eben). Palabra que tiene las siguientes letras: Alef, Bet y Nun, que son las iniciales de “aba” (padre), “ben” (hijo) y “nejed” (nieto). En este jardín donde Di’s nunca nos prometió un jardín de rosas, pero nos prometió la tierra para trabajarla y nos regaló este "pardés" (campo)  para regarlo. Para que juntos lo convirtamos otra vez en lo que El imaginó, aun cuando todo era nada y nada era el principio: ¡Un Paraíso!

 

 

 

La foto de Piedra Libre:

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Como parte de la celebración de los 10 años de nuestra revista Piedra Libre en junio 2013, hemos decidido festejarlo haciendo un bosque en asocio con el KKL. Lo haremos con las donaciones de todos los hispanoparlantes en Israel y en el mundo. Para ser parte del bosque: piedralibre@gmail.com / 972-74-7036444

 

 

 

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