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  • Marcela Fritzler

Mi relato bilingüe

Actualizado: 12 jul

Creo en el relato personal, en la historia construida con las palabras, las imágenes y los sonidos propios y de la gente que te acompaña en ese quehacer.

Los humanos somos seres narradores desde siempre, es una forma de apropiarse de los saberes e interpretar, en la medida de lo posible, el mundo que nos rodea.



Con el propósito de escribir nuestro relato como familia, recomenzó mi vida en Israel hace 27 años.

Buscábamos un futuro distinto para nuestros hijos. No nos gustaban las cosas que estaban pasando en la Argentina. Los dos ya éramos profesionales, teníamos trabajo, pero veíamos que las cosas no funcionaban.

Tuve la suerte de salvarme del atentado a la AMIA. En aquel momento, aparte de ser profesora de lengua y literatura, estaba trabajando como diseñadora de ropa y le vendía algunas tiendas del barrio de Once. Esa mañana no me sentía bien, estaba en tratamiento para tener a mi hijo que hoy tiene 27 años y me quedé en casa.

La historia hubiera sido distinta, se me permitió dar vuelta la página…

Así fue como nos acercamos a la Agencia Judía y nos ofrecieron venir a Israel, donde podía trabajar en un kibutz como maestra y mi marido como tambero. Fue el inicio de nuestro relato bilingüe.

Vinimos a vivir como familia, mi esposo, un hijo de nueve años y otro de cinco meses. Con el correr de los años, nació el menor, que ya tiene 19 años.

Llegamos en diciembre de 1995, en un tiempo en que el hebreo era una barrera importante para comunicarnos, pero sentíamos que más lo eran los hechos vividos en Israel. Y sin idioma conocido ni historia compartida, entramos en el siempre bien recordado, Centro de absorción de Ashkelon.

Allí conocimos gente de todo el mundo, muchos de ellos siguen siendo nuestra familia inventada. Historias de esos meses, miles. Las más significativas tienen que ver con los hijos. Algunas, todavía, nos dibujan una sonrisa.

Un día gris, de “niebla” israelí, obligué a mi hijo de 9 años a llevar un paraguas a la escuela porque “iba a llover”. Menuda broma le hicieron sus compañeros, no llovería, era simplemente una tormenta del desierto, sharav/jamzim.

O llevar al bebé a una guardería “internacional”, 20 niños de 1 a 3 años, nadie hablaba hebreo, solo la maestra. Las manos, las sonrisas, el abrazo y las ganas de ayudarnos convirtieron esos meses en un grupete de esperanzas.

Sin embargo, no todo fue color de rosa, como decía la familia al llegar a Argentina, desde una Europa de finales de guerra.

Llevar a los nenes al médico era todo un “escape room”. Decir la frase adecuada para que el profesional te entienda y te dé un diagnóstico apropiado. Y llegar a la farmacia con las indicaciones claras. ¡Lo habíamos conseguido!

El relato continuaba. Un nuevo capítulo vendría: buscar casa y trabajo.

Un kibutz fue nuestra segunda casa, en el sur. Fue una experiencia muy importante para nuestra familia por muchos motivos, pero fundamentalmente porque nos dimos cuenta de que los relatos tejidos entre cercos no era la manera de vivir que planeábamos. Por eso, con unas cuantas palabras en hebreo y la valija de nuevos proyectos, nos fuimos a otro mundo.

Y llegó la ciudad, con nuevos vecinos, los primeros desafíos laborales, la escuela para los hijos, un sitio para instalarse.

Mi marido continuó inventándonos un futuro mejor, día a día, sin bajar los brazos. Con más o menos hebreo, su empresa de paisajismo y jardinería continúa sembrando verde en este floreciente desierto.

Nuestros hijos conocieron nuevos amigos, se fueron integrando y nos acompañaron en cada una de las decisiones tomadas.

Quizás, la más importante: continuar hablando castellano. La decisión familiar de mantener el idioma y su cultura, de criar y educar a los hijos como bilingües nos ayudó, ante todo, a sentirnos mejor, a reconstruir el rompecabezas de nuestra identidad. Nos trasplantamos, había que crear raíces.



Como señala Ian Chambers, “la migración implica habitar en un lenguaje, en historias, en identidades que están en un proceso constante de mutación”. Es que el andamiaje creado entre la cultura y las experiencias de vida en sitio de llegada y las historias y vivencias traídas del país de origen, graba en las familias un sello identitario con signos de lo heredado y lo adquirido.

Y yo, buscaba mi sello.

No se trataba de negar la lengua mayoritaria, si no de aprender hebreo para integrar a los míos y a mí misma.

El reconocimiento de los títulos y estudios en Argentina no fue fácil y nunca ha sido completo. Si bien había una selección estricta para participar en esos cursos, tuve la suerte de quedar entre los veinte seleccionados. Fue toda una aventura idiomática. Cursábamos materias como lengua, filosofía, historia, educación cívica, todo en hebreo. Ahí conocí gente que enseñaba mi lengua en escuelas israelíes y que existían las bagruiot en español.

Sin poder creerlo, en septiembre de 1997 empecé a dar clases de español en la Universidad Abierta, y luego, al crearse el Instituto Cervantes de Tel Aviv en 1998, me incorporé como profesora colaboradora hasta el año 2019, dando clases de español a extranjeros -israelíes o no- que estudian para viajar, por trabajo, porque quieren presentarse en una universidad, etc.

Más tarde me incorporé al equipo de docentes que imparten bagruiot. Daba clases en los secundarios para chicos israelíes o hispanohablantes que querían estudiar español como lengua extranjera.

Un relato profesional largo, interesante y poblado de metáforas humanas que me enriquecieron y acompañaron.



Sigo siendo profesora de español, ahora para adultos de más de 60 años. El tiempo me ha confirmado que conservar mi lengua me regala hablar, cantar, cocinar, ver películas y hasta leer literatura con mis estudiantes, son mi energía para escribir la historia día a día.

Cada capítulo de mi historia incorpora nuevos diálogos que me acercan a otros inmigrantes, en otras tierras en las que viven sus propios desafíos. Así nacieron los primeros talleres de formación docente. La satisfacción de compartir experiencias e intercambiar aprendizajes con otros profesores de diferentes países, hoy por hoy, es una de mis mayores alegrías profesionales. Y paso a paso, las horas de trabajo trajeron libros para aprender castellano y cuentos de aquí y de allá, proyectos increíbles y en especial, la posibilidad de ayudar a transmitir nuestra identidad etnolingüística.


Profesora de español de adultos de más de 60 años. Foto cedida por Marcela Fritzler.
Profesora de español de adultos de más de 60 años. Foto cedida por Marcela Fritzler.

Creo en el relato del afecto. Cada familia, viva donde viva, tiene el derecho de conservar el bagaje cultural de su país de origen, con su identidad y su lengua, tratando de sentirlo como un medio para vivir en tolerancia y respeto hacia el país de residencia.



El bilingüismo respetuoso siempre será como un regalo para nuestros niños y jóvenes. Hablar la lengua de sus padres y de sus abuelos no solo le permitirá comunicarse con quienes no hablen el hebreo, por ejemplo, sino un medio para conocer el mundo, entender la otredad y abrirse caminos en su futuro.

Quizás en cierto momento tengan más o menos palabras en uno u otro idioma o de repente, construyan frases mezclando las lenguas. A pesar de eso, si sumaras todas las palabras de cada uno de los idiomas, serían más que las de un hablante nativo monolingüe.

Entonces, en el caso de los “olim” que precisan aprender hebreo cuentan con los amigos israelíes, la escuela, la televisión y el internet y hasta un partido de fútbol en hebreo para incorporar la lengua de Israel. Su mente buscará la solución para expresarse y dependerá de los adultos con un lenguaje más sólido, entenderlos, proporcionarles herramientas para comunicarse y aprender las distintas lenguas.

Está demostrado que favorecer la lengua de herencia y enriquecer la cultura del país de origen no va en detrimento del hebreo. En el momento que un niño o un joven conoce la lengua familia y conoce el relato de sus raíces, se siente más acompañado, más seguro, con su propia personalidad, su propia identidad, crece con una visión intercultural y puede desarrollar con mayor libertad sus expectativas de vida.

Aprender otras lenguas se convierte en un regalo para nuestra persona. Son gemas para valorar y cuidar. Siento que nosotros, como familias, necesitamos facilitarles a nuestros hijos y nietos momentos para hablar en español, negociar con ellos sobre cómo mantener la lengua, apoyar a los docentes y la escuela en su recorrido hacia el multilingüismo y en especial, ser parte de una comunidad de práctica concreta del idioma.

En Israel tenemos escuelas tanto primarias como secundarias oficiales que enseñan español, institutos y academias privadas, centros culturales que brindan cursos, medios de prensa como Piedra Libre, librerías especializadas que nos ofrecen puntos de encuentro con la lengua. La cuestión es ser parte, acompañarnos y escribir el relato del inmigrante hispanohablante en Israel.


Llevo la mitad de mi existencia aquí. Aprendí a contar mi historia en español y en hebreo. Tengo hijos multilingües, una profesión que me apasiona y una responsabilidad como latinoamericana, conservar la lengua de mis afectos.

Creo en el relato del inmigrante, “no es de aquí ni de allá”. Es como una semilla que germinó en una tierra, fue trasplantada a otro jardín y desea llegar a ser un árbol con flores y frutos en su otra tierra.

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