La cámara de la vida

15.1.2013

Texto: Romina Reisin / Fotos: Gustavo Hochman

 

Nota publicada en PL58 - Enero/Febrero 2013

 

 

 

 

Es fácil relacionar la pasión con una ideología o un fin. En el caso de Gustavo Hochman, la pasión es por el medio. Lo que sea, pero a través de la cámara: “Si me preguntan si la fotografía es un modo de vida, una profesión o una expresión artística, respondo que en mi vida todas esas respuestas son correctas”.

“Soy un poco ‘sarut´ (…….)”, me dice Gustavo mostrándome una de sus doce remeras que usa a diario, siempre con estampas de cámara de fotos. “La fotografía me dio y me sacó todo en la vida. Incluso mi vida sentimental: mis dos ex mujeres se cansaron de la vida que yo llevaba como fotógrafo y a mi nueva mujer la conocí por ser modelo de desnudos”.

Gustavo está en Israel desde hace 23 años, aunque la fotografía lo acompaña desde que nació, con su padre fotógrafo de casamientos en Argentina. Además de emocionarse con el recuerdo de las ceremonias familiares en las que se hacía el ritual de la toma de fotos con la cámara que aún conserva y expone, a Gustavo se le pone la piel de gallina cuando nombra a Henri Cartier-Bresson, su maestro. “Desde chico pensé que si había algo que quería perfeccionar y quizás algún día enseñar era eso: la mirada humana. Yo tengo un gurú que en vida se llamó Henri Cartier-Bresson, el padre de la fotografía de prensa, quien me guió en un camino. Su idea era que aún sin la cámara encima el fotógrafo pudiera tener la suficiente sensibilidad de ver la posición de la luz y el efecto que hace en las personas… En realidad, el fotógrafo solamente debe estar presente en la escena y poder alinear ojo, mente y corazón en el momento correcto. Tiene que ser sensible a la situación (corazón), poder verla (actuar técnicamente, usar la mente) y buscar el ojo preciso (la composición: eliminar lo que molesta y sumar las partes interesantes de la foto)”.

 

El fotoperiodismo y el sello propio

“A mí lo que me formó es la fotografía de prensa”, dice Gustavo ya alejado de ese mundo, sentado en un aula del Instituto Tiltan en Haifa donde dirige el Departamento de Fotografía. “Se trata de tomar una foto en la que no hace falta contar nada más, porque la imagen sola cuenta una historia y da cuenta de que el fotógrafo estuvo en el lugar preciso y supo tomar la foto en el instante preciso también”.

 

Desde muy joven Gustavo pudo desarrollar un estilo propio, la gente reconocía sus fotos por el toque grotesco. “No era el tipo de foto que le hacía quedar bien a la persona, sino encontrar a una persona que está desprevenida, está en sí misma y no tiene en cuenta lo que ocurre en su derredor, ni siquiera el fondo donde está ubicada. Además, por mi baja estatura, mi punto de vista ya era diferente. Yo tenía que competir con fotógrafos de otras agencias que no solamente medían un metro ochenta, sino que llegaban a la conferencia de prensa o al lugar del hecho con un asistente y una escalera. Yo medía menos y llegaba sin ayudas externas: tenía que encontrar otra forma y por eso también mis fotos se diferenciaban”, confiesa Gustavo.

 

James Bond fotográfico

La vida en el mundo del fotoperiodismo no es fácil. “En un diario, valés por la foto que sacás, y si no la sacás te quedás sin trabajo”, explica Gustavo. “Eso me ayudó mucho a moldear el carácter pero me obligó a ser rebelde a la ética. Yo jamás pedí permiso a alguien para sacar una foto. Si una persona está en la vía pública, quiera o no quiera, a la foto se la saco igual, aunque después tenga que salir corriendo”. En los años 90 Gustavo ganó un concurso cuyo premio fue un reloj de mano con cámara incorporada. En esa época muy pocos tenían un instrumento de esas características y sumado a la desfachatez de Gustavo de subir tapias y cruzar portones cerrados, el super reloj le permitió acceder a muchos trabajos que nadie lograba concretar. “Esto también me llevó a recibir amenazas, golpes y largas investigaciones sobre cómo había conseguido cada foto. Por eso, a mis alumnos no les recomiendo ser tan rebeldes. Sin embargo, esa época me quedó como un hermoso recuerdo, porque el saldo es positivo”.

 

Gustavo trabajó desde Israel para agencias internacionales durante muchos años, viviendo con la cámara preparada siempre al lado de la puerta, subiéndose al auto en el medio de la noche y viajando a cubrir todo tipo de eventos, incluidas guerras en Gaza o en el Líbano, sin saber cuándo volvía a casa. “Me di cuenta que no iba a poder hacer eso toda la vida. Así que me puse a estudiar fotografía de estudio, que es lo opuesto total a lo que venía haciendo, el día y la noche. Preparar detalles, dirigir las tomas y demás. Esos estudios me permitieron hacer otro tipo de trabajos y ahora que soy independiente gané una libertad que antes no tenía y me dedico a formar la nueva generación de fotógrafos con cursos y talleres acá y en el exterior.”

 

El cambio de mirada

“Un día me llamaron del Servicio Social del Hospital Rambam en Haifa, que se dedica a ofrecer talleres de diferentes contenidos para personas afectadas por el terrorismo o guerras. Gente que quedó herida o que perdió familia. Entonces les propuse un taller como el de cualquier grupo, tratándolos de igual a igual, con el objetivo de ver cómo ven ellos la vida. Los resultados tuvieron mucha repercusión, porque mostraron otra faceta de  una persona cuya vida no tiene casi ningún tipo de sorpresa, porque sienten que lo malo que había ya lo vivió y nada de lo bueno que queda por vivir le podría devolver lo que perdió.  Los participantes tomaron una flor y explicaban que aunque para muchos eso sea solamente una flor, para ellos después del curso, esa flor representaba la vida que se abre, que crece.”

 

Por las repercusiones de este taller, invitaron a Gustavo a trabajar con los niños de Sderot, bajo la amenaza de los cohetes. “Eran chicos de 12 o 13 años, que nunca habían manejado una cámara. Y lo primero que me llamó la atención era la altura desde donde sacaban las fotos. Cuando le preguntaba a alguno: ‘¿Cómo hiciste para ver eso?’, me respondía que ese es el paisaje que ve todos los días, desde ese lugar lo ve.  Una de las fotos era un parque de juegos visto desde el agujero de un kasam que había quedado tirado en la calle. No es una foto desde un agujero cualquiera. Para ese chico se trata de un boquete que podría haber sido en él mismo; si hubiera estado ahí cuando cayó, lo hubiera perforado a él”.

 

 

Para ver más de las fotografías de Gustavo Hochman, entra a http://www.photo-workshops.co.il/

 

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