Qué desagradables

10.1.2014

Por Romina Reisin

Nota publicada en PL64 - Enero/Febrero 2014

 

 

Los sapos me acechan desde la infancia. Desde los seis años me dan tanto asco como miedo (a pesar de ser pequeños e inofensivos, buenos para el medio ambiente y de que se comen los insectos). Ellos son mi fobia preferida, si es que así puede llamársele. Inaugurando el verano en las sierras de Córdoba (Argentina) mi hermana publicó en Facebook que “Si los sapos se convirtieran en príncipes, tendría el patio ocupado por la realeza”, confirmando que las lluvias veraniegas hacen florecer cada año una nueva camada de renacuajos cordobeses. En un paseo por el norte de Israel, verifiqué que el fenómeno de proliferación anfibia se da acá en el invierno, por las lluvias. Eso me hizo llegar a la terrible conclusión de que durante los meses de enero y febrero ambos hemisferios del planeta Tierra están colmados de pequeños seres saltarines, pegajosos y verdes. (Ijjss!). 

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