Aventuras de una Princesa Judía

14.9.2014

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL68 - Septiembre/Octubre 2014

 

El concepto de “Princesa Judía” define (según el diccionario de mitología urbana basado en las películas de Woody Allen y los comentarios de mi papá) a una joven sobre-protegida, acostumbrada al confort y de alto nivel adquisitivo. Estas princesas crecen con las ventajas (desventajas para el que trabaja) de tener personal de servicio doméstico que le haga el café con leche y/o el té con tostadas; entre otras tantas cosas. Este tipo de criaturas comúnmente conocidas como “malcriadas”_ habita generalmente en la Diáspora, casi siempre en países del tercer mundo donde las abismales diferencias económicas les permiten a unos privilegiados, acceder a la ayuda doméstica que en el primer mundo es costosa e inaccesible. Son seres que raramente ingresan a la cocina, no cierran los cajones después de abrirlos; y ni hablar de limpiar algo que no sea su propia ropa interior. Yo las conozco muy bien porque podría decirse que fui una de ellas. Acepto que soy una Princesa recuperada con 13 años de desintoxicación en Israel; a quien las vueltas de la vida la llevaron nuevamente a vivir rodeada de esta especie en extinción.

 

Durante más de una década hice catarsis con amigas, mi psicóloga y hasta la manicura; sobre la sorpresa de descubrir que en la “Tierra Prometida” el plomero no sólo se fuma un cigarrillo en el balcón (antes de no limpiar los escombros que hizo al arreglar el inodoro) sino que también pide un café y _como no toma instantáneo_ tiene la confianza de hacerse él mismo uno shajor mientras pregunta “¿Cuánto pagas de alquiler?”

Fueron muchas las situaciones donde el título nobiliario de malcriada se fue debilitando, en una sociedad con raíces socialistas donde los chicos aprenden desde muy temprana edad a que nadie les hace el desayuno ni se lo lleva a la cama, a excepción de sus papás y sólo si el niño tiene fiebre. Podría decirse que me fue un desafío aprender a usar el lavarropas y demás electrodomésticos a una edad relativamente avanzada. Pero el ultimátum o mega-challenge, como lo bautice allá por el 2006, fue sin duda la maternidad. Comenzando por parir sin tu obstetra ni conocer las caras de las enfermeras que te van a ayudar a dar a luz; para luego compartir la habitación con por lo menos dos desconocidas que parieron la noche anterior. Y para culminar, una vuelve al hogar con un ser vivo colgado del pecho y es bienvenida por una acumulación de platos y tazas sucias, que dejaste cuando saliste corriendo espantada por las contracciones y rezando que haya un anestesista de turno.  Las ya mencionadas limitaciones como ama de casa, se complementan con la carencia de sueño nocturno para crear una zombie malhumorada, con aun menos capacidad de ordenar y limpiar un caos que supera altamente el famoso balagan

 

Pero esta columna no pretende compartir las vicisitudes de una ex-princesa que sobrevivió con marido, dos hijas y sin empleada, sino que aspira a desarrollar el regreso a Latinoamérica. La vuelta al “Tupperware”, a la vida comunitaria, a ser una Judía de la Diáspora con muchacha que le limpia la casa después de haberme  "sacbalizado" (alias asimilarse a una israelí).  En síntesis, recuperar las comodidades que extrañe hasta idealizar, para poder justamente ahora apreciar y valorar  todo lo que Israel brinda a los judíos del mundo… que a veces con las corridas del día a día, uno olvida.

 

Porque a veces uno tiene que alejarse para ver lo que tiene cerca.  Y justamente en mi primer mes fuera de Israel, pude ver claramente cuan único y especial es sentirse ciudadano de primera…no tener que explicar qué es ser judío en un país ajeno, ni tener miedo cuando un Policía te pide los documentos (aunque en este caso, él mismo terminó contándome que su abuela era judía pero que se casó con un goy).  Esta columna quiere ser una voz a la distancia dedicada a los olim Latinoamericanos. No sé si los voy a convencer que vale la pena “sacrificar” la falta de comodidades y modales que uno guarda en el corazón, como ese ex novio mitológico que el correr de los años lo hicieron más alto, lindo y bueno. Pero prometo divertirlos con anécdotas de esta princesa judía sabralizada, que ahora extraña los café afuj, los plomeros jutspanim, el poder caminar a las 3 de la mañana sin miedo por cualquier calle, que se sienta el comienzo del Shabat en el aire; y todas esas cositas que hacen de Israel no un país perfecto, pero sí nuestro lugar en el mundo.

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