Las madres de la guerra

14.9.2014

Por Marcos Lion

Nota publicada en PL68 - Septiembre/Octubre 2014

 

 

A raíz de la reciente confrontación con el Hamás en Gaza, muchos soldados latinoamericanos estaban en el frente, y en la retaguardia, en sus casas, sus madres no descansaron hasta que los vieron de regreso. A continuación algunos testimonios.

 

Uno de los costados que paradójicamente es el más flaco y el más fuerte de las guerras, es aquél que abarca a las madres de los soldados. Absolutamente anónimas en su sufrimiento y con una profunda soledad  aunque acompañada, deben enfrentar un día a día para el cual no alcanza ninguna preparación previa. Entre ellas comparten claramente todo ese terremoto interno que significa escuchar que sus hijos están en el frente de batalla.

 

Con el mayor de los cuidados, y a raíz de la reciente guerra que acabamos de tener en Gaza, nos acercamos al tema con algunas madres latinoamericanas, intentando no remover situaciones difíciles, y quizás intentando también llevar algo de su sufrimiento en esos días de combate.  Por diferentes motivos, los nombres de ellas no son los reales, así como mantendremos en reserva los de sus hijos y las unidades de combate, pero pondremos sobre la mesa el corazón de ellas, que sin elegirlo, fueron a la guerra. Y esperamos que, en el futuro, ninguna más tenga que vivir lo que ellas, de forma más cruda, vivieron.

 

Estas fueron las preguntas que les hicimos:

  • ¿Cuánto hace que tu hijo/a está en el ejército?

  • ¿Recordás cuál fue tu sensación cuando lo viste por primera vez con el uniforme?

  • ¿Cómo te enteraste de la operación y cómo te enteraste que él tenía que estar allí?

  • ¿Qué comunicación tenías durante el conflicto?

  • ¿Cómo se pasaba tu día, en que cambió tu rutina?

  • ¿Qué cosas hacías pensando en él, cocinabas algo especial, rezabas, alguna cábala? 

  • ¿Cómo fue el reencuentro?

 

ALEJANDRA

Mi hijo entró hace casi tres años.

 

La primera vez que lo vi con el uniforme lo vi grande, un hombre. Sentí mucha emoción. Como que de un día para otro hizo un cambio, creció.

 

Me enteré una vez que ya participó. Me avisó que estuvo, que salió y que me quede tranquila…

 

Lo que pensé me revolvía el estómago, me dio miedo. Le dije que se cuide mucho, y que no se quede con la sensación de que nosotros somos más fuertes, que nosotros podemos

más...

 

El me decía “quedate tranquila, como vos decís, con juicio”.

 

Tuve bastante comunicación todo el tiempo.

 

Vivía con el teléfono pegado encima, conmigo siempre, salía con el cargador, cada noticia, cada ruidito, estaba pendiente absolutamente del teléfono. Feliz cuando recibía teléfonos de números que no conocía porque sabia que era él desde otro teléfono.

 

Trataba de no estar sola, tenía pánico de que sonara el timbre, así como el teléfono me daba felicidad. Hubo algún que otro timbre errante en horario, inesperado... Nos pasó que mi hija encargó Sushi de noche y no nos avisó y eso fue difícil. Y otra vez, el novio de una sobrina quiso venir a tomar un café a las once de la noche de un sábado y no nos avisaron que venía antes...fue duro.

 

Yo no rezaba pero todo aquél que preguntaba y quería, lo hacía. Encendí velitas, me ocupaba de que hubiera luz, dos o tres veces por día.

 

El reencuentro fue allá, lo fuimos a ver al sur, tuvimos un permiso y viajamos a verlo.

 

Fue un encuentro tranquilo, me dijeron que no lleve comida pero obviamente como buena ima polaniá llevé algo. Nos encontramos pensando que seguía, sabemos que hay temas que no hay que hablar. Cuando llegó a casa lo pude sentir más liviano, le volvió la risa fácil...ese día pudimos empezar a hablar del futuro sin hablar de lo que había pasado...como un acuerdo tácito.

 

 

LAURA

Mi hijo entró hace casi dos años.

 

Cuando lo vi especialmente sentí orgullo por un lado, pero por el otro lado sabiendo la tarea de un combatiente me dio miedo, aún antes de esta guerra.

 

El había estado en la operación anterior en Hebrón, buscando a los chicos secuestrados y de ahí pasó a la frontera directamente. Me llamó y me dijo “creo que es ahora porque me sacan el teléfono”. Le pedí que se cuide y me prometió que iba a volver, que no me preocupe, que iba a cumplir su promesa. (la voz se corta entre los llantos sólo de recordarlo)...le dije que lo amábamos y que cumpliera su promesa...fueron pocos minutos y tuvo que cortar.

 

Teníamos un grupo de Whatsapp. Había un papá del grupo que se ocupaba de llevarles todas las cosas que necesitaban. El llegaba a donde salía el transporte con la comida y llevaba nuestras cartas que les llegaban a ellos. Comían latas de atún, que ahora no lo puede ni ver.

Yo pensé que quizás de alguna manera por ser olim vivamos esto de manera diferente pero después nos dimos cuenta de que todos los papás estábamos con pánico...

 

La verdad es que no podía hacer nada, estaba casi paralizada, en el trabajo sabían la situación y no me exigían, obviamente. Estaba pendiente del teléfono pero si sonaba saltaba y si tocaban la puerta era peor, yo no quería ni ir a abrirla. Fueron días muy difíciles.

 

En casa se incorporaron las velas, por toda la casa, los Tehilím abiertos en varios lugares, y la foto de todo el grupo de él, del ejército, y obviamente enviándole energía y rezando y mirando las noticias.

 

Cuando sonó el teléfono desde un número desconocido y escuché su "hola"  después de casi dos semanas, oírlo, me devolvió el alma al cuerpo. Yo no lo escuchaba como siempre pero lo escuchaba bien. Eso fue una mañana de sábado y al mediodía me volvió a llamar y nos dijo si podíamos ir para allá. Volamos, preparamos las cosas y llegamos en el medio de los misiles porque todavía no había terminado todo, pero bueno, cuando lo vi fue sólo emoción, como en las películas. Tiré todos los bolsos y lo fui abrazar...estaba tan distinto, con el pelo y la barba más largos...en fin…una emoción enorme. Recién ahora el cuerpo me está pasando la factura de toda la tensión que viví, pero bueno, también esto va a pasar.

 

 

MARIELA

Mi hija entró hace dos años y tres meses. Le falta un año más.

 

Cuando la vi con el uniforme sentí mucho orgullo y emoción.

 

Ella estaba en el Norte y cuando secuestraron a los chicos fueron a Hebrón. Cuando empezó la guerra todo su grupo fue al sur. Sabíamos que cuando se entrara, ella iba a entrar.

 

Nos llamó por teléfono para avisarnos que le sacaban el celular. Fue una charla cortita, ella también estaba nerviosa, le dije que se cuidara y me agarró un retorcijón... Eso fue una horas antes de que el ejército entrara.

 

Todo el mes estuvo sin teléfono y pasaban periodos de cuatro días sin saber nada, fueron los días más largos de mi vida...

 

Se paró mi vida diaria. El cambio fundamental es que me traje el trabajo a casa y estaba todo el día prendida al televisor. Los días que trabajo afuera seguía haciéndolos, pero trataba de estar en casa.

 

Empecé a prender velas de Shabat, algo así como control mental, pensaba en ella y le mandaba energía. Las velas traen luz y eso es lo que nos dan nuestros chicos.

 

La volví a ver en el medio de la guerra. Le dieron medio día que salió a un Moshav a unos 7 km de la frontera para renovarse y nos llamó si podíamos ir a verla... Me volvió toda la energía y me puse a cocinar como una loca para todo el grupo. Nos fuimos con todas las cosas a verla y la verdad fue hermoso. Nos quedamos toda la tarde y en el momento que nos tuvimos que ir fue horrible...pero bueno, disfrutamos de ese momento.

 

Después pasaron otras cuatro semanas sin verla...estuvo casi 50 días fuera de casa, y cuando volvió nos dimos un abrazo enorme y sentí una felicidad única, todos muy contentos de tenerla con nosotros.

 

Todavía las energías no terminaron de volverme al cuerpo, estoy como si me hubiera pasado un tren por encima, pero bueno, de a poquito.

 

 

NATALIA

Mi hijo mayor entró al ejército en 2008, el mediano terminó hace unos meses y la más chica está ahora, en una unidad combatiente.

 

La primera vez que lo vi con uniforme sentí muchísimo orgullo, pero al mismo tiempo sentí miedo. Vi cómo, poco a poco, al mismo tiempo que perdía peso, iba madurando y convirtiéndose en un hombre. 

 

Cuando escuché que llamaban a los reservistas llamé a mi hijo, no para preguntarle si lo llamaron sino para confirmar, ya sabía que se tenía que ir, lo podía sentir. Me dijo que estaba en la casa preparando sus cosas para irse, que recibió el llamado estando en la biblioteca de la universidad, mientras preparaba un examen que teóricamente sería al día siguiente. Me prometió llamar o mandar mensajes cada vez que pudiera y me dijo que tenía que apurarse, porque le habían dado 20 minutos para estar listo.

 

Con la más chica supe enseguida, porque la frontera con Gaza es el lugar habitual para su unidad y estaba claro que se quedaría allí.

 

La verdad es que durante esos 50 días la vida se vivía entre mensaje y mensaje. En cuanto recibían el teléfono, los chicos llamaban si podían o mandaban mensajes. Con el mayor teníamos una especie de mensaje en clave: tb, quería decir que estaba bien pero demasiado ocupado o cansado como para poder hablar, o sin energías o ganas de contar lo que veía y vivía. 

 

La rutina cambió muchísimo, todo el tiempo estás con la radio y la televisión, vivís pendiente de las noticias y tratando de encontrarlos en las imágenes de soldados que pasan a veces en los programas de TV. En Galei Tzáhal grabaron saludos de soldados en el terreno y los pasaban después de las noticias. El día que escuché a mi hija mandándome saludos (a mí y a todos), lloré junto a la radio un buen rato. Trabajé muchísimo en esos días, le puse mucha energía al trabajo, pero no conseguía dormir, cuando me dormía tenía pesadillas y prácticamente no comí durante un mes. Era imposible, la comida no pasaba...

 

Hacía todo pensando en ellos, pero me mantuve tranquila y optimista. La experiencia de estos años me enseñó que uno les transmite a los hijos esos sentimientos, aunque sea desde lejos, incluso sin hablar. Y también les transmite los nervios y por supuesto la histeria. Por eso traté de mantener mi ritmo de vida habitual y cuando hablábamos trataba de evitar convertirme en una preocupación más para ellos. De todos modos, el día del secuestro de Hadar Goldin (z"l), mi hijo me mandó un mensaje unos minutos antes de que se conociera la noticia, que decía: "Acordate que yo estoy bien, no importa lo que escuches a partir de ahora". Y cinco minutos después, cuando escuché la noticia, lloré por partida doble: por Goldin y su familia, y por la emoción de tener los hijos que tengo. Nunca voy a dejar de agradecerle a mi hijo ese mensaje.

 

En los dos casos el reencuentro fue hermoso, con un gran abrazo y una cantidad de cosas ricas impresionante. A cada uno le preparé sus comidas favoritas y todo lo que se me ocurrió que les podía gustar. Largas charlas, largos silencios. A ambos se les nota que pasaron momentos muy difíciles, mucho más de lo que cuentan, sé que hay cosas que no me dirán nunca, porque no solo yo trato de protegerlos a ellos, también ellos a mí.

 

Una de las madres escribió un poema para su hijo cuando este se incorporó al ejército y él lo llevó todo el tiempo en su mochila. Representa a todas las madres que comparten la vida de sus hijos en el ejército, mezcla de orgullo y miedo, junto con ese inmenso amor que solo una madre puede dar.

 

Mi querido

Mi nene chiquitito de rulitos rubios

Mi nene grandote, de corazón enorme y modales rudos

Llegó el momento y elegiste hacerlo

Llegó, y elegiste cumplir tu responsabilidad como lo hacés siempre, a lo grande, como un grande.

Supongo que sabés cuánto orgullo siento. Supongo que sabés que en igual medida siento miedo.

Sólo te pido que te cuides mucho, pero no sólo el cuerpo. Que las vivencias de estos próximos 3 años te cambien sólo algunas malas costumbres, pero que no logren alterar tu esencia, tu alma. Que no cambien a ese gran tipo que sos, ese gran corazón que llevás dentro.

Pensá que, como dijo el poeta, “todo pasa y todo queda”, y aunque parezca muy muy lejano, también esta experiencia algún día será un recuerdo.

Yo me quedo acá, con todos los demás, esperando…

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