Mis rulos impacientes

15.11.2014

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL69 - Noviembre/Diciembre 2014

 

No es la primera vez que durante una estadía en Sudamérica y entre mis pares latinos, me encuentro con observaciones del tipo “Te hiciste israelí”…Nunca sé si es un piropo o un insulto, dependiendo de quién, dónde y cuándo lo digan. La primera vez que me lo dijeron fue en Colombia, Cartagena, tres años atrás. Compartiendo el día en la pileta del hotel con otras familias judías colombianas, fui la única que tuve el “tupé” de pedirle a otro huésped una mesa que no estaba usando cuando nosotros no teníamos ninguna. Y la última vez que escuché el mismo comentario fue hace un par de semanas, de la boca de mi propio marido. ¿La causa? Mi supuesta reacción desproporcionada frente a la nueva maestra de mi hija. Teóricamente es una virtud saber decir las cosas de frente, pero no tan frontal y sin anestesia como el sabra way. Evitando los detalles de por qué me encontré recomendándole a la docente en cuestión, que deje de revisarle la cabeza a mi hija en busca de cadáveres de piojos; tengo que confesar que me descubrí hace unos días sacando medio cuerpo por la ventana con la impaciencia erizándome los rulos, mientras amenazaba al que me quería robar el estacionamiento con un “cuidadito con robarme el parking porque yo lo estaba esperando desde antes”. Otra supuesta reacción un poquito sabralizada en comparación con las delicadas brasileñas, que se resignarían a perder el lugar aunque en realidad ellas tuvieran prioridad.
Esto me lleva a la siguiente pregunta: ¿Puede ser que después de vivir 13 años en Israel, me hice más impaciente?  Intento analizar semejante veredicto, comparando mi realidad en Medio Oriente con mi día a día en Latinoamérica;  y considerando mis ex corridas de allá (y las de la mayoría de mis pares sabras) versus la tranquilidad de una mamá promedio con las que me trato en mi nuevo capítulo Made in Brazil.  Mientras que mi jornada laboral en Hertzlía era una carrera de obstáculos comenzando por salir de la casa sin ni siquiera mirarme al espejo, con escala en el gan y escuela; para usar el lunch break como tiempo para depilarme y/o hacerme las manos; y/o ir al dentista y/o ir a la Compañía Telefónica para arreglar el teléfono que se cayó en el inodoro (yo no fui); para luego volver de la oficina a casa sin olvidarme de recoger a las chicas por el gan y la escuela y llevarlas al curso semanal de Hip Hop; llegar al hogar y encontrarme con la casa en el mismo estado que la dejé a las 7 de la mañana cuando salí corriendo sin mirarme al espejo… Acá en San Pablo, en cambio, me sobra el tiempo. Y lo mismo para la mayoría de las mamás a las que me encuentro saludando a la mañana en la escuela envestidas en ropa de gimnasia y con cara de “tengo tiempo para charlar sobre el dibujo que tenemos que hacer para el Día del Niño, ¿antes o después de mi clase de Pilates?”. Es una realidad social que en Brasil la mujer de clase media (y para arriba) corre menos - considerando  entre otros factores la ayuda doméstica y el día extra de fin de semana. Esa falta de “apuro” se expresa en un hecho concreto y para mí esencial: casi no hay en las confiterías, la opción de hacer un café “take away” con la debida tapa protectora con pico para poder tomar camino a donde uno quiera; aunque no esté corriendo como en Israel. En cambio, hay una tapa sólo para que no se enfríe pero para tomar el café hay que abrir la bebida; cosa que arruina la experiencia y generalmente me vuelco toda. 
Otra gran diferencia entre la sociedad israelí y la brasileña es que cualquier servicio local - desde el joven que te instala el cable para la tele, hasta la chica que te ofrece un paquete de Internet - comienza  con las palabras “por gentileza…” y concluye con un “¿tudo bon?”; pero tarda un promedio de 7 millones de horas en concretar lo que los servicios israelíes definen (quizás menos cordialmente) en 40 minutos. Consecuentemente, lo que allá hacía en vez de almorzar y/o ir al dentista; acá se convierte en la Misión (Imposible) del día. Cada llamado comienza con preguntas identificatorias que respondo impaciente mientras los rulos se me erizan; para luego continuar con cientos de números de protocolo que  me dicta cada nueva voz que se suma a la cadena de personas que participan del llamado. Finalmente me dan un segundo número de teléfono para llamar y concretar lo que me había propuesto lograr en la llamada original…no sin antes recordarme que la llamada esta siendo grabada y que el número de protocolo (que by the way tiene quince dígitos), lo guarde bien porque nunca más me lo van a pedir y si lo digo igual no sirve de nada. 
Sí… debería asumir a esta altura que aunque son más eficientes, los israelíes tienen fama de duros y/o frontales o menos “politically correct” para decir las cosas sin vueltas. Pero considero necesario evaluar el origen de tal carácter (acepto sugerencias) para entender de donde viene ese temperamento.  Mientras algunos aluden a la metáfora del desierto y al fruto conocido como “sabra” para simbolizar poéticamente la personalidad del susodicho - duro por fuera y dulce por dentro -  yo opto por creer que los factores surreales que hacen al día a día en Medio Oriente (léase cohetes, atentados suicidas, guerras, sirenas, refugios, ejército, etc.) ayudan a incrementar la hostilidad y minimizar la docilidad en cualquier hijo de vecino. Apuesto a que si habría paz en Israel de ahora en adelante, la falta de stress lograría no solo que las próximas generaciones de hombres israelíes fueran menos calvos; sino que se suavizarían características de su personalidad. Y lo mismo a la inversa: imagínense a  los latinoamericanos - que gracias a D-os no tienen una guerra desde la época en que los Héroes Nacionales usaban patillas y andaban a caballo - si tendrían que sumarle a los útiles escolares de sus hijos, la máscara de gas. O les sonaría la sirena camino al trabajo para informarles que tienen dos minutos para buscar un refugio porque hay un cohete disparado en su dirección con un objetivo no muy grato. Supongo, sin ser antropóloga ni socióloga, que muchos de estos latinoamericanos súper gentiles y pacientes que acusan a los israelíes de rudos también serian un poquito más estresados (¿y quizás calvos?) si a las preocupaciones del minus del banco y el deadline para el jefe; tendrían que sumarles las noticias- bomba que atentan literalmente contra la salud mental de cualquiera. 
Lo más parecido a mi idea de “transfer psico-geográfico” son las comunidades asiáticas - principalmente japonesa - que viven en Brasil desde comienzos del 1900; y que con el pasar de los años reemplazaron los kimonos por la samba, y el sushi por la tapioca para personificar un siglo después al nipo-brasileño: obviamente más desestructurado, cálido e informal que sus antepasados. Pero como por ahora no lograré comprobar mi teoría tan fácilmente, voy a comenzar por ponerme un producto anti-frizz en el pelo -ahora que tengo tiempo de mirarme al espejo antes de salir de casa - para evitar reacciones exageradas mientras manejo buscando un lugar para estacionar tomando mi café sin tapa y tratando de no volcarme. Y la próxima vez que me digan que me hice israelí, voy a responderles con una sonrisa y sin vueltas, “Gracias”.

 

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