Como siempre, Oz

15.1.2015

Por Adriana Cooper

Enero 2015

 

La mayoría de mis sábados por la mañana transcurren en la sinagoga local. Desde que amanece, comienza el operativo de desplazamiento que nos llevará hasta el club, a la Unión Israelita de Beneficencia. Y digo operativo porque cuando uno tiene más de un hijo, no hay minutos que desperdiciar si uno quiere llegar a tiempo y a veces se necesita la fuerza moral de un batallón para convencer a los más pequeños de salir de la casa.

La mayoría de mis sábados por la mañana transcurren en la sinagoga. Y no porque crea que es la única forma de salvarnos sino porque es una forma de conexión con Israel, con el judaísmo. Allí escuchamos hebreo, participamos de las celebraciones ajenas, seguimos el rezo en esas sillas de terciopelo rojo que han sido ocupadas por decenas de inmigrantes, cantamos, mis hijas reciben los chocolates que el jazán Mijael les entrega, corren por el parque exterior y yo puedo saludar y conversar con personas con las que tengo cosas en común. Y a veces hay sorpresas.

Como la que ocurrió hace unas semanas cuando la sinagoga estaba más llena que de costumbre. Días atrás había fallecido Abraham Kertzman, más conocido como “Buma” y uno de los hombres reconocidos de la familia. Después de rezar Kadish y al salir del recinto, su hijo Salomón me contó que me regalaría un libro de Amos Oz: Los judíos y las palabras que publicó en español la editorial Siruela y que el reconocido escritor escribió junto a su hija. En este libro, el autor y su hija analiza la tradición académica judía, por qué somos llamados el Pueblo del Libro y por qué las palabras son tan importantes para nosotros.

Aunque Oz y su hija se consideran laicos, conocen la tradición judía, estudian el Talmud, la Torá y los textos centrales de la tradición. También identifican la influencia que han tenido otras culturas sobre esos textos. Como lo dijo Jonathan Safran Foer, el texto recoge más de cinco mil años de plegarias, canciones, historias, argumentaciones, maldiciones y bromas.

Encontrarme con este libro ha sido un regalo de vida literal por las enseñanzas que transmite. Una de ellas es confirmar que no importa qué creencias uno profese, debe saber de qué está hablando. Y aunque Oz y su hija sean laicos, conocen la tradición y el aporte de los sabios. Y esto les otorga respeto hacia lo que no comparten y autoridad para hablar de lo ajeno.

Este texto también es un regalo porque lo leo justo en un momento en que el mundo está convulsionado: al cierre de esta edición, un grupo de terroristas propició un ataque contra la revista Charles Hebdo después de gritar “Alá es grande”. En el atentado murieron varios caricaturistas que publicaron dibujos contra el profeta Mahoma en los últimos años. Y aquí, entre el impacto de saber lo ocurrido y la lectura de un libro, las palabras y el pensamiento de Amos Oz vuelven a ser relevantes.

Hace un tiempo, este hombre que cada año suele sonar entre la lista de favoritos para recibir el premio Nóbel dijo hace un tiempo en un ensayo titulado “Contra el fanatismo”, que la esencia del fanatismo está en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. En el caso del Islam y del atentado en París, es el deseo de convertir a Occidente. Pero quizás lo que más me ha impactado de Oz es algo que dijo y hace parte de ese ensayo: “Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor”. Después de revisar textos, leer de forma incansable, Oz llega a esta conclusión impresionante que aplica para el caso de Paris y también para decenas de situaciones que se viven en Israel y en la diáspora. Y es esa forma suya de ver el mundo y estudiar los textos judíos y de otros mundos, lo que da esperanza y devuelve la fe en la sabiduría, en el intelecto humano. Como siempre Oz.

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