El sentido de la memoria

15.1.2015

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL70 - Enero/Febrero 2015

 

Creo que el sentido del oído es el primero en importancia. Después el tacto, tercero  la visión, cuarto al gustativo y último el olfato…esa es mi humilde opinión. 

 

Mi ranking se basa en tres factores; dos de tipo científico y el tercero personal. El primero. Parece que el surgimiento del sentido de la audición es tan temprano, que les recomiendan a las mujeres embarazadas hablarles a sus bebes todavía dentro de la panza. Está confirmado que desde las primeras semanas de gestación ya las escuchan y con ese estímulo, podrán (una vez fuera) identificar y diferenciar la voz de su mamá del resto de las tías y abuelas que se pelean por hacerle upa al recién nacido.  Asimismo, el sentido del oído no sólo implica poder escuchar; sino que afecta al balance de una persona. Y en mi caso personal, el sentido en cuestión incide y mucho en mi balance no sólo del equilibrio, sino del tipo emocional. 

 

Una canción específica me puede hacer llorar, reír o incluso amar con más intensidad. Hasta afirmaría que la melodía correcta puede generarme artificialmente la sensación de enamoramiento. O sea, creer que amo a la persona con quien estoy compartiendo el momento musical… aunque a veces sea necesario complementar la situación con el sentido del gusto; y tomar un poquito de alcohol para lograr el efecto deseado ¿Cuál es la melodía correcta? ¡Nunca la voy a revelar! 

 

Sí, está claro que de todos los sentidos, mi cuerpo y alma reaccionan con el de la audición…

Por ejemplo, el cantar de un determinado pajarito me puede transportar en un minuto a la casa de mi infancia -en el barrio de Martínez, Buenos Aires. Muchas veces, todavía medio dormida, escucho ese piar y esté donde esté; puedo visualizar la ventana blanca de madera de mi entonces dormitorio, la vista hacia el jardín y el nunca descubierto nido cuyos huéspedes todos los días nos hacían de despertador. 

 

Pero dentro de la amplia variedad de “Ruidos y Ruiditos” (como diría María Elena Walsh) que hacen al sentido del oído, tengo que confesar que la música me puede. Me puede hacer olvidar penas o recordarlas. Despertar recuerdos que creía dormidos y que ni siquiera había registrado en uno de mis tantos diarios íntimos. Porque ante una determinada canción, mi memoria reacciona como una radio, y sincroniza un año específico para transportarme en tiempo y espacio. Eso me pasa con las canciones de Lionel Richie y todos sus coetáneos. Cualquiera de esos cantantes con hombreras y cabellera abundante de los años 80’, me lanzan tipo boomerang a la casa de una amiga del colegio primario y visualizo su cuarto de Little Twin Stars; hasta casi tocar su colección de Snoopies de peluche; oler los brownies de chocolate blanco que solo sabía hacer su empleada, y sentir el sabor de volver a ser chiquita.

 

¿Otro ejemplo? Las canciones de Gal Costa, Rita Lee o Gilberto Gil,  me transportan a las playas de Buzios…a posadas íntimas, con mesitas de luz hechas a mano (o así lo recuerdo yo) donde disfrutábamos de las dos semanas de “vacaciones de invierno” familiares en el eterno verano carioca. Ya de adulta, mis últimos años de working-mom-full -time en Israel, me la pasaba en la oficina escuchando online la radio brasileña para sentirme de mejor humor, y olvidarme de mi “querido jefe” inglés que pobrecito era insoportable; quizás porque nunca había escuchado la canción Lança Perfume ni saboreado un brigadeiro. O sea, siempre me aproveché de esa función extra de la música Brasileña que para mí era, como decِía Marcelo Tinelli cuando empezó en la televisión, un "¡Pum para arriba!".

 

Curiosamente, a diferencia del Bossa Nova, la música argentina me genera totalmente otra cosa. Durante la década y pico que viví en Israel, insistí en que no extrañaba nada de “mi Buenos Aires querido”. Pero sí me sorprendía una canción de Fito Páez o los que se escuchaban allá por los 90’, no podía evitar extrañar hasta al guía de mi Viaje de Egresados de Bariloche 1992. Juraría que observar una foto de dicho viaje no me moviliza en lo más mínimo, sino sería por las cejas tupidas y el volumen de los rulos que cuando los veo me dan ganas de llorar. Pero oír las melodías que escuchaba de adolescente, es como si me reencontrase con todos mis ex compañeros del secundario -ex noviecito incluido- ¡y nos daríamos un abrazo de aquellos! Lo mismo con la música nacional de los 70’: si me agarra una de Los Abuelos de la Nada, es como si hiciera meditación y me comunicara con una vida anterior que tuve durante la Dictadura Militar. Con el tema "Sin Gamulán", surgen incluso emociones y recuerdos que debo haber tomado prestado de películas sobre los desaparecidos; pero que con la canción en cuestión los siento como totalmente míos. 

 

Finalmente, desde que me mudé a Sao Paulo en mi tercer y última mudanza de país (espero), es la música Israelí la que me más me moviliza; sorprendiéndome con lágrimas de nostalgias por autores que descubrí recién a los veinti-largos: cuando manejaba horas sin saber que un recital de Rita y Rami (en los tiempos que eran pareja y cantaban juntos) en el kibutz Ein Guedi no era lo más estratégico para conocer menores de 70 años. Hoy en día, con tan solo dos notas de piano de una partitura de Aviv Guefen, puedo trasladarme sin escalas de la Avenida Paulista al Ayalón, con un viernes a la tardecita y cielo nublado de fondo. Y si escucho “Shoshana” de Abraham Tal, aparezco calcada en pleno Jerusalem, más específicamente en el restaurante Machane Yehuda, con marido, amigos y unas copas de vino de más. 

 

Hace un par de domingos, nos quedamos en casa en vez de ir a pasear por San Pablo; y mi marido optó por entretener a las chicas con el iPad para dormirse una siesta. De pronto las canciones del canal Hop Israelí entraron por todas las ventanas como si fueran un Huracán y tuve que correr al baño para disimular las lágrimas que se me asomaron sin invitación. Nunca pensé que iba a extrañar a Yuval Ha Mevulval y a Rinat. Pero bueno, a la distancia, hasta la voz del ídolo infantil sabra suena menos ronca y su mirada menos desorbitada…

 

En conclusión. Creo fervientemente en ese slogan que leí en Pinterest y cita: “Cada memoria con su soundtrack”. A esta altura de mi vida, sé que disco escuchar cuando quiero levantar mi ánimo, y cuál evitar cuando no quiero extrañar a todos los que extraño. Y si continúo con la metáfora de la música como máquina del tiempo, está claro que melodía sintonizar para trasladarme a una capítulo específico del pasado.  La pregunta del millón es… ¿qué canción puedo oír para visualizar, oler, saborear y tocar lo que me depara el futuro?

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