Sin una palabra de hebreo sembró su cuota de amor

25.3.2015

 Correo

Carta publicada en PL71 - Marzo/Abril 2015

 

Shalom. Vuelvo a leer con mucha atención e interés las notas de Piedra Libre Nro. 70. Me siento ligada a la historia de los argentinos, veteranos en Israel, que se postularon como

candidatos en los diferentes partidos políticos.

A cada uno lo movió distintas ideologías para realizar su aliá y lo movilizan distintos objetivos, hoy, para trabajar en cargos públicos, a nivel nacional.

Además, me conmueve y me mueve la aliá de la Sra. Rebeca Kahanoff, que a sus 98 años aún puede gozar de su judaísmo junto a parte de su familia en Israel. Las poesías que recita me hicieron recordar a mi maestra de primaria en Rosario, leyéndonos a Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral y tantos más, todo ligado a nuestra niñez e infancia en la Argentina.

Como todo judío, cada tanto me replanteo los motivos que me trajeron al “paisito”, como yo lo llamo. Y siempre la respuesta es la misma: amor al judaísmo, su historia, la idea

de realización. Los artífices de arte y cultura, la educación, la gente del esfuerzo cotidiano, el luchador político, el soldado y el herrero, el Premio Israel y el dueño del makolet. Todos

me conmueven y me alegra ser parte de este fenómeno ancestral, llamado pueblo judío.

Quiero contarles otra historia de una “jovencita” que a sus 80 años hizo aliá, con el consecuente aporte al país. Me refiero a Dorita Daitch. 

Llegó hace 10 años impregnada de su porte porteño, aires de ciudad grande, avasalladora. Se instaló en nuestro barrio, en Jerusalem. Su vitalidad y ganas de vivir desbordaban.

Dorita alquilaba una habitación en la casa de otra argentina, Perla, enfrente del centro comercial de Neve Yacov. Ella hablaba en “porteño”, los israelíes no le entendían, pero se las ingeniaba para lograr lo que quería o necesitaba.

Luego contaba en rueda de latinos todo lo que había conversado con “los distintos proveedores”. Sus aventuras nos hacían sonreír.

Un día nos sorprendió al relatar su última aventura. Cuando Dorita era una recién llegada al grupo de latinos que formábamos en ese entonces, se presentó diciendo: “Yo soy Dorita,

de capital. Entre otras cosas me gusta sentarme a tomar café en los bares de la peatonal y mirar pasar a la gente”. Le explicamos que en este barrio no había confitería, ni nadie acostumbraba a sentarse a tomar café como ella deseaba.

Por ese entonces se abrió en el Centro Comercial un pequeño boliche que vendía burekas, falafel y algunas gaseosas, “todo de parado”.

Ella, muy decidida, en su porteño más recalcitrante le pidió al dueño del local que pusiera una mesa afuera. Para que le entendiera, le dibujó en una servilleta una mesa y una silla. Luego le explicó lo del café. Finalmente el hombre entendió y abrió una pequeña mesa plegable fuera del boliche, bajo el solcito.

Pero Dorita quería más: mantelito blanco, servilleta y café en vaso de vidrio. ¡Todo lo obtuvo! 

Resueltos los problemas técnicos, logró su sueño de sentarse al sol, tomando café y mirar el paso de la gente en la peatonal en Jerusalem.

Nosotros, los del grupo latino, supimos toda la historia cuando hubo logrado su objetivo final. Nunca pidió ayuda.

Tras muchos otros dibujos, Dorita logró explicarle al dueño del bar, donde quedaba Argentina. Entonces, contento, el hombre exclamó:” Argentina, Maradona”. Se convirtieron en buenos amigos, muchos ademanes y pocas palabras. Dorita sonreía mientras decía: El entendió lo que yo necesitaba.

Y Dorita siguió con sus aventuras. En ese entonces, el Banco Hapoalim tenía una importante sucursal en el barrio, enfrente del “bar de Dorita”. Un muchacho también rosarino, olé jadash, en ese momento, trabajaba de shomer en el banco.

Dorita lo adoptó y todas las mañanas le hacía preparar un sándwich caliente y envuelto, se lo alcanzaba a Gabriel, que lo devoraba, y estaba super agradecido. ¡Sandwich y abuela

Juntos! A veces, Dorita se quedaba parada al lado de Gabriel durante un rato y le contaba sus andanzas.

El tiempo llevó a la familia de Dorita a otra ciudad y con ella a nuestra heroína. Gabriel, a punto de casarse, la buscó para invitarla a su boda pero no la halló. Si vive, ojalá así sea,

andará por los 95. Ella no necesitó ulpan para sembrar su cuota de amor y buena voluntad en Israel. Llegó al paisito buscando gente joven para compartir un café.

Nunca pregunté por sus ideas políticas. Me bastó ver su hechura de buena judía, de buena persona, en su largo trayecto de Buenos Aires a Neve Yacov.

A Dorita con admiración y afecto,

Raquel Faerman.

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