Relatos salvajes

26.3.2015

Por el Calamar del norte

Nota publicada en PL71 - Marzo/Abril 2015

 

Si algo ha salido a la luz en el seno de la sociedad israelí en este último mes son los “buenos modales” con que el público medio israelí se dirige a quienes generalmente cumplen funciones de servicios. Las redes sociales, los noticieros han instalado el caso del chocolate en el avión como un nuevo símbolo de la israelidad al palo, o se dirá la sabritud.

En este punto quiero establecer que soy de los que piensan que se puede criticar la sociedad en la que vivo, siempre que la intención sea tomar conciencia y mejorar, y es más, estoy absolutamente en contra de quienes establecen que criticar es un acto de traición a la patria. 

Como en toda historia hay dos partes, ambas sin saberlo padecen de la misma enfermedad y es la falta de cultura de servicio, tanto el que lo brinda como el que lo recibe.

No hay ciudadano israelí que no se haya topado con empleados entrenados para no darles soluciones y ponerlos nerviosos, cualquier intento de suspender un servicio contratado por cualquier motivo que fuera excepto falta de pago, son largas luchas desiguales, en las que el ciudadano común, por más que sea poseedor de un carácter especialmente tranquilo, puede ser víctima de un día de furia...

Hay cosas que no se pueden encontrar en Google, o comprar, ni en Ebay ni en Ali Express por Internet, y son las buenas costumbres y el buen trato.

Durante los últimos cinco años tuve la suerte de acompañar a un amigo que abre negocios para la venta de artículos relacionados con la fiesta de Purim. Felizmente su negocio avanza y la venta de disfraces y accesorios para todo el público llevaron a la creación de varias sucursales.

Teóricamente brindamos un servicio, con mi modesta experiencia de comerciante en mi tierra natal porteña, he intentado transmitir mis conocimientos a las circunstanciales vendedoras que me acompañan en la digna tarea, intentando corregir esa frase que me suena tan mal: “¿Necesita ayuda?”... la gente que entra a comprar disfraces necesita atención, compañía, ideas, etc., ayuda necesitan los damnificados de todo tipo.

No obstante, trabajar en un negocio en el país de los comerciantes por excelencia implica un entrenamiento que es muy difícil de adquirir si es que uno no ha nacido aquí y posee esa pequeña caradurez nativa típica.

Si pelear los precios, pedir atenciones y agregados fuera un deporte olímpico, el mundo estaría peleando año tras año por el segundo puesto ya que el primero es para el ciudadano israelí. Sabe que ya le han subido el precio de antemano, por eso debe utilizar sus armas naturales ante cualquier situación, y estas son: el llanto in creshendo, la comparación con otros comercios aunque sea ficticia (nosotros también sabemos los precios de la competencia), la odiosa y novedosa comparación con Internet, y el desprestigio de la calidad del producto (por ejemplo: “¿cuánto vale ?, ¿este pedazo de tela de porquería con colores vale eso..?, yo por eso no pago más de...”lo cual lo pone en una situación casi contradictoria porque ¿quién compraría algo pensando tan mal de ese producto? 

Escenas que van desde lo tenso a lo patético se producen en las cajas o puntos de pago. Allí se desarrolla la segunda batalla, después de haber conseguido venderle un producto, nunca podremos estar seguros de que finalmente lo pagarán. Y es allí, donde se concreta la venta, son capaces de dejar cualquier compra si no logran un mínimo, y no importa que tan mínimo sea, de descuento...la sola audición de que no se pueden otorgar más descuentos ya que esa mercadería está de oferta puede llevar el aire del negocio a un clima tan tenso que se puede cortar con el filo de una pita...las negociaciones de paz pueden resultar niñedades si no logramos calmar la ira de ese cliente insatisfecho...

Una vez lograda la venta, debemos acelerar el trámite y rogar que la tarjeta de crédito sea aprobada, que el efectivo no sea falso, y que tengamos cambio en la caja suficiente como para cerrar la tarea con una sonrisa...que dura poco porque ya está entrando un nuevo grito, perdón cliente, que desde la puerta masticando su chicle bocifera ,”¿quién trabaja en este lugar?”: hicimos un pequeño gesto para que nos identifiquen a pesar de que llevamos en la cabeza un sombrero llamativo, pero es en vano que intentemos explicar que estamos atendiendo a una familia y que cuando nos desocupemos estamos con ellos, nos seguirá hablando y preguntando como si no hubiéramos dicho nada, empezará a revolver todo sin saber donde están las cosas, y saldrá al grito “en este negocio no hay nada”, a pesar de los 150 metros cuadrados de negocio llenos de mercadería...

Ya hace su ingreso una señora que tiene un serio problema con el instalador de su casa que ha querido cambiarle un tramo del caño del baño, todo esto nos enteramos porque ella nos los transmite mientras habla por teléfono con vaya uno a saber quién... de la misma forma que entró con una mano sigue hablando por teléfono, con la otra gira los bastidores y revuelve las góndolas sin que logremos preguntarle siquiera si lo que busca es para varón o mujer, o de que edad necesita el disfraz, que son los ítems en los que se divide este rubro, sexo y edad...y allí la vemos alejándose, haciendo un gesto que presumimos puede ir desde un “ vengo más tarde”, hasta un simple “no encontré nada “...

Lentamente y en silencio entra alguien con ojos abiertos que intimida el acercamiento...sin dirigirnos la palabra ni contestarnos el cordial saludo, va recorriendo el negocio despacio, con todo el tiempo del mundo, rechaza asesoramiento, solo está mirando, y se va argumentando que no encontró lo que buscaba, que en definitiva presumimos que era hacer tiempo antes del turno del médico que está en el piso de arriba del Shopping.

Progenitores enérgicos revisan cada uno de los percheros, con aire decidido, nos alegra saber que algo se va a llevar, por eso con entusiasmo les sacamos cada disfraz, lo medimos, lo volvemos a guardar, así con uno dos tres, cuatro y llegando al catorce mira el reloj y nos dice alegremente...” lo mejor es que venga con los chicos directamente...”

Si algo se aprende en los negocios es a tomar contacto con la diversidad étnica que conforma nuestra sociedad. Desde aquellos que buscan el disfraz de Papa Noel para el 24 de diciembre, hasta los que no saben para cuándo, pero igual les compran a sus hijos disfraces aunque sea que lo usen en Ramadam. Hay que tener el mínimo de conocimiento y tacto para no ofrecerle por ejemplo a un árabe un disfraz de Iehuda Macabbi, o a un religioso/a judío/a el disfraz de un médico asesino, y mucho menos una colegiala sexy...

Pero algo hace que sigamos en pie soportando los embates de elementos que hacen de la agresión y el mal trato su desayuno, merienda y cena....ellos no necesitan que les digan el cliente tiene siempre razón, ellos ya nacieron con la razón en todo...

Dentro nuestro crece un otro yo como aquel del Dr. Merengue, un niño desaforado que contiene cada una de las respuestas que le surgen de solo ver a sus futuros clientes y elabora inmediatamente una amable respuesta acorde a nuestra prosapia cultural...muchas veces estas respuestas son en hebreo por lo cual quizás el traducirlas le hagan perder espontaneidad o gracia, a su vez estas respuestas no apuntan a sentimientos discriminatorios o sectarios, muchas situaciones me han pasado con gente de peso pesado y yo mismo estoy en esa categoría, claro no todos asumimos nuestros kilos de la misma manera, algunos directamente no son concientes de la limitación que poseemos los que tememos a la balanza, por eso también me permito reírme de algunos de ellos, en las fantasías, nunca lo haría en la realidad, en un negocio de disfraces cuando alguien pregunta se refiere, a disfraces, pero claro muchos personajes o animales o profesiones pueden interpretarse de otra manera, esa doble interpretación quedaría más o menos así...

Si hubiera podido contestar lo primero que me surgía en un ejercicio de imaginación que comparto con ustedes, hubiera habido algunos de los siguientes diálogos:

 

Vendedor: Hola, ¿cómo está?

Clienta 1: (mujer joven pero de un tamaño para Medigrant) Hola, ¿hay gatas de mi talle?...

Vendedor: No creo, pero si las encontráramos, habría que registrarlas en los Guiness...

 

Clienta 2: (señor no tan joven pero de tamaño muchas X) Buenas, ¿qué hay para mí?...

Vendedor: Dieta urgente si quiere entrar en algún disfraz.

 

Cliente 3: Me gustaría ser bruja…

Vendedor: ¿No le gustaría cambiar un poco aprovechando la fiesta y ser algo distinto?, escobas tercer piso...

 

Clienta 4: ¿Qué tiene de médico?

Vendedor: cuarto año incompleto....

 

Clienta 5: (entra alguien que ha pasado un día trajinado y se lo huele...) me gustaría algo para que no me reconozcan...

Vendedor: No es acá, la perfumería es en el piso de abajo...

 

Clienta 6: (sexo femenino, vestida en forma desarreglada, los pelos desordenados) ¿me podría decir que hay adecuado para mí?

Vendedor: Sí, como no. Sírvase el teléfono del neuropsiquiátrico más cercano...

 

Clienta 7: Probándose una máscara...Dígame, ¿esto me ayuda?

Vendedor: A usted no sé, a nosotros nos saca un poco el susto que nos dio al verla entrar...

 

Clienta 8: No sé que pasa con los diseñadores, todos los disfraces me engordan

Vendedor: No son los disfraces, lo que te engorda son los chocolates!

 

Clienta 9: (Señor tamaño gigante) ¿Le parece que podré ser Batman?

Vendedor: Sí, usted podría ser Batman, Robin, Alfred y el comisionado Fierro todos juntos...

 

Todos los años guardo y guardo respuestas que en definitiva son las que me permiten evadir, esquivar ese mal ánimo que está muy a flor de piel de mis compatriotas de origen nativo en especial, aunque por supuesto los inmigrantes se van adaptando, para mal y sin darse cuenta se embrutecen y los reproducen  en un intento fallido de sentirse más nativos...

Otro año a guardar los disfraces que no se vendieron en las cajas, los accesorios en otras, y a escuchar al nana Serrat diciendo... “Nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio”... ¿O sí?

Y ahora, ¿de qué me disfrazo para terminar la nota?... 

 

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