Mi personaje inolvidable, en Israel

31.5.2015

Correo

Carta publicada en PL72 - Mayo/Junio 2015

 

Hace muchos años atrás, en la Argentina, yo solía leer con avidez las ediciones mensuales del “Reader Digest” en castellano. Apenas lo recibía, buscaba ansiosamente uno de los artículos permanentes de selecciones, titulado “Mi personaje inolvidable”. Historias basadas en personas reales, contadas en forma amena. Todos los relatos eran frescos, sencillos y llenos de humanidad.

Hoy me siguen emocionando las historias de los seres humanos, sus dramas y sus alegrías. Historias que pueden ser relatadas mirándose a los ojos, y lo más importante, las que pueden ser visualizadas y comprendidas con los ojos del alma.

Cuando llegué a Israel, todo me emocionaba. Los árboles, aunque no eran tan frondosos como los de Argentina, los pájaros, las flores. Pero sobre todo la “gente”. Era un mundo desconocido y por conocer para mí, lleno de sorpresas, repleto de almas que me invitaban a bucear en ellas.

A los dos meses de mi llegada, el país se sacudió con la llamada Guerra del Golfo, 1991. Máscaras antigas, horribles… advertencias por radio y televisión, órdenes, prohibiciones, miedos terribles. Los días y las noches se sucedían bajo el avance de los misiles. Los tiempos eran largos, lentos, llenos de ansiedad. Risas nerviosas y muchas veces lágrimas o llantos histéricos. Pánico. Aprendí la palabra en Israel.

Pero aún así, entre ataque y ataque, y entre café caliente y golosinas que repartíamos, surgían las historias, cuentos y relatos que nos hacían olvidar por un momento el horror de los ataques.

Tuve mi personaje inolvidable. Se llamaba Miriam. Vatiká en el Kibutz Nir Am, pisaba sus 75 más o menos, nunca confesados.

Miriam era pequeña, creo que no pasaba el 1,55 mts, ojos claros y cabello muy blanco, siempre pulcramente vestida. Aunque ya jubilada en el kibutz, todavía ayudaba por las mañanas en lo que fuera necesario.

Miriam leía mucho, y para mi sorpresa, lo hacía en hebreo, idish y castellano por igual. Libros, revistas, diarios, cubrían los estantes de su biblioteca.

Su pequeñísima casa en el barrio de los abuelos, brillaba. La casita albergaba sus recuerdos y su inteligencia por igual. 

Fuerte, espartana, de convicciones irrefutables, era un verdadero placer compartir un mate o un café con mi personaje inolvidable.

Miriam llegó al país desde Entre Ríos natal en las filas del Hashomer Ha-tzair y su cáustica ideología.

Se casó muy joven en el kibutz, en un casamiento simultáneo de varias parejas. No había tiempo para grandes ceremonias. Todo se compartía. El trabajo era duro y solo el nacimiento de los hijos permitía pequeñas pausas y dibujaba sonrisas en los rostros de aquellos jóvenes, curtidos por el sol y el viento israelí. Cada ben kibutz era una bendición.

La anciana solía contarme que le había costado mucho adaptarse al duro clima, al silencio de las noches de campo y las comidas frugales aunque substanciosas. Pero jamás eludió ningún trabajo, por más duro que fuese. Sólo los viernes a la noche se permitían agregar algo al menú diario. Luego cantaban y bailaban hasta tarde.

Siempre fui bienvenida a su minúsculo palacio. Solo me pedía que le avisara con antelación, por si estaba ocupada.

Yo llevaba mi cámara fotográfica y mi deseo de conocerla más y mejor, y ahondar en su historia personal.

Ella me esperaba con tortas, dulces caseros y un café recién hecho, todo servido sobre un mantel blanquísimo y almidonado. Su aún más pequeña sala de estar parecía o me parecía a mí, el más hermoso salón de fiestas. 

Sus padres, europeos, radicados en Entre Ríos, la habían despedido en el puerto de Buenos Aires, muchos años atrás. No sabían si volverían a verse.

En Israel las guerras se sucedían. ¡Fueron tantas!  Para mí, era la primera experiencia. Para Miriam, quizás la última. Yo no le temía a la muerte, sólo pensaba en la vida de sus hijos y nietos, desparramados por todo el kibutz.

Sus relatos me estremecían. Se me hacía un nudo en la garganta. Yo, tan nueva en el país, sentada allí, en ese legendario Neguev, escuchando con lágrimas en los ojos, toda la historia de Eretz Israel y su gente. Y aunque a veces se repetía, u olvidaba detalles, todo su relato tenía la coherencia del que ha vivido muy fuerte, todo.

Un día le pregunté si podía tomarle unas fotos, a ella, a la casa, al pequeño jardín que ella cuidaba personalmente. 

¿A mí?, preguntó. ¿Por qué?, y se sonrojó. 

Sonreí, sin responderle.

Me pidió unos minutos para arreglarse. Yo la veía tan hermosa en su vejez. Por supuesto, la esperé mientras miraba fotos y pinturas sobre las paredes. Los minutos pasaban. Cuando salió de su dormitorio, no noté nada distinto en su atuendo. Con delicadeza le pregunté por qué había tardado tanto.

Me respondió: “No encontraba mi perfume…””Me lo regalaron mis nietos”. “Ahora ya puedes sacarme las fotos”. Ese perfume. No sé si percibí su fragancia, pero me conmovió su increíble candidez. Le saqué varias fotos y al irme, elogié las tortas, el café y el perfume.

Pasó el tiempo. Ya había quedado atrás la Guerra del Golfo. Yo comenzaba a sentirme parte de esas historias. La gente sonreía, contaba sus experiencias, los niños retozaban por los senderos del kibutz. El trabajo tomaba su ritmo normal. Los árboles ya me parecían más esbeltos, las hojas más verdes y los pájaros chillones saltaban de rama en rama, gozando de su libertad. Y pensé que los pájaros se habían asustado de los misiles y quién sabe donde se habían refugiado durante los ataques.

Una mañana yo caminaba por el kibutz disfrutando del sol. Me encontré de pronto con Miriam y uno de sus nietos, ya un hombre. Me acerqué a ellos, los saludé con afecto, me saludaron y volvieron a su diálogo interrumpido.

¿Sabta, cómo estás? quiero saber como te sentís.

Bien, respondió Miriam. ¿Acaso no me vez?

Te veo, claro, pero ¿estás resfriada? Pregunto, por ese pañuelito con que te cubres la nariz.

No estoy resfriada, contestó Miriam. “Me protejo de los restos de gas que hayan podido quedar en el aire”

Muy bien, sabta. Ahora estoy más tranquilo. No dejes de cuidarte. Te queremos. ¿Nos vemos en el jadar haojel?

Yo alcancé a ver una mal disimulada sonrisa, comprensiva, sobre el rostro del joven, que se alejó rápidamente.

Mucha gente en Israel aún sigue dudando de la eficacia de aquellas espantosas máscaras antigas, pero jamás dudaron del efecto mágico del pañuelito de Miriam.

 

Aquella pequeña gran mujer, una de las miles heroínas anónimas en Israel, falleció hace tiempo. Yo conservo sus fotos. Y a veces creo percibir en el aire un tenue perfume que llega y se aleja. Puedo imaginar que ese perfume vuelve al kibutz, juguetea entre los ahora añosos árboles, y se desliza suavemente entre flores y plantas, hasta posarse cual mariposa sobre la puerta de la casita de Miriam, la Miriam de mis recuerdos, uno de mis personajes inolvidables y queridos en Eretz Israel. 

Raquel Faerman.

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