Relatos solidarios

11.9.2015

Texto: Dana Labaton

Nota publicada en PL74 - Septiembre/Octubre 2015

 

Todos ya hemos visto o escuchado acerca de la exitosa película argentina Relatos Salvajes, donde el hilo conductor entre las diferentes historias es el salvajismo (implícito o explícito); latente en el piloto deprimido, en un Darín vengativo (alias Bombita) a quien le llevó el auto la grúa, o en la novia despechada. 
En Israel -donde se escuchan historias de violencia, terrorismo y conflictos bélicos casi diariamente- vale la pena hacer “zoom in” a estos pequeños relatos donde descubrimos el alma solidaria de un pueblo que creció con el dogma de pioneros y soldados, pero que bajo la piel de cactus se esconde un alma sensible y siempre dispuesta a ayudar. Ambos relatos están basados en hechos y personajes reales.

 

 

LA HOLANDESA


Tengo una compañera holandesa, obviamente no de la colectividad, que aterrizó en Israel como tantas rubias oji-celestes enamorada de un sabra. Hay muchas de ellas en mi trabajo (empresa internacional de High Tech) donde mis vecinas de escritorio son de Dinamarca, Alemania o Noruega. Yo las llamo “souvenirs” (que los israelíes se traen de sus viajes por el mundo). A la mayoría de dichas especímenes les cuesta un ojo (celeste o verde) y la mitad del otro, acostumbrarse a vivir con el clima y las costumbres de Medio Oriente; y se quejan -entre muchas cosas- por la falta de modales o el volumen de voz con que los israelíes hablan. Habituada a sus reclamos diarios sobre sus dificultades para sobrevivir en Tel Aviv, me sorprendió gratamente oír lo que le sucedió el lunes pasado. 
Alrededor de las 2 de la tarde y en plena ola de calor de Agosto, la llamaron del jardín de infantes al cual va su hija de un año y medio para que la venga a buscar porque la niña tenía mucha fiebre. Llamó rápidamente a su marido para que él la busque, porque ella tenía en la próxima hora una importante reunión a la que no podía faltar. Efectivamente el israelí que se trajo a la holandesa buscó rápido a su hija del gan, y manejó en dirección al doctor en Ramat Aviv sin considerar el inminente tanque de nafta vacío que se negó a llevarlos a destino. Con 45 grados de sensación térmica, otro tanto de fiebre de la menor y sin aire acondicionado ni nafta, abrió las puertas del vehículo en plena Ayalon para llamar a su mujer. Después de recuperarse de la noticia, mi compañera salió en busca de un taxi sin siquiera avisarle al jefe -que entendió el holandés sin subtítulos por el movimiento histérico de sus manos- y se embarcó con destino desconocido hacia algún lugar de la Ayalon; con la intención de salvar a su hija y decapitar a su marido. Pero todo su enojo se disipó al descubrir 5 vehículos estacionados detrás del carro sin nafta. Una pareja había parado para que el marido y la niña entren al auto con aire acondicionado, mientras otro señor estacionó su camioneta detrás del segundo para ofrecer su ayuda, y terminó por ir a comprarle agua a la afiebrada. Un tercer auto también se ofreció a ayudar, y lo mandaron a comprar nafta…y así mi amiga se sorprendió felizmente al descubrir que esos israelíes que hablan en voz alta y no saben que primero hay que dejar salir a la gente del ascensor antes de entrar; son solidarios.  Toda su intención de asesinar a su marido ante la falta de organización por no cargar nafta a tiempo - hacía 3 días que manejaba con la alarma avisando que el tanque estaba vacío- se desvaneció en un beso interrumpido por los solidarios desconocidos que la abrazaron para luego mandarla al médico en el taxi que aguardaba impaciente. Ella alcanzó a decir “rega” con su mano derecha, no sin antes agradecer  a los conductores de los 5 vehículos que continuaban estacionados en fila india en plena Ayalon y con 45 grados de sensación térmica.

 

 

EL SEÑOR DE BARBA

 

Finalmente me llegó la primera visita al hospital con una de mis hijas. Lo venía evitando milagrosamente durante 9 años de maternidad, con médicos a domicilio, molestando a amigos y familiares pediatras a las 3 de la mañana; y el siempre eficiente moked de Maccabi más cercano. Pero esta vuelta no tuve opción.  Luego que en el moked de Ramat Ha Sharon me dijeron que la mostacilla que mi hija se introdujo en la nariz se había metido demasiado adentro; no tuve más alternativa que dirigirme al Miun  de otorrinolaringología del Hijilov para acceder a la infraestructura necesaria. Apenas llegué al hospital, el de seguridad me explicó cómo llegar a la sección de Emergencia para niños, donde “tiré” el auto exactamente en la puerta donde leí en mi precario hebreo “solo para Ambulancias”. Y ahí estaba yo junto a mi hija con su mostacilla en la nariz, dándole a la señorita de la recepción los documentos necesarios; cuando apareció un señor barbudo que muy simpáticamente preguntó quién estacionó el auto donde no se debía.  Yo vi por su uniforme que trabajaba en el hospital (no me importaba exactamente de qué), y rápidamente le contesté sin vergüenza que yo había sido la desobediente y le extendí mi mano con la llave del auto para pedirle que me lo estacione donde se debe. Nos miramos en silencio y el comprendió que yo confiaba en él, que ni se me había ocurrido la opción de que me robe el vehículo; y que no me importaba nada más que la famosa mostacilla verde manzana. Con la misma mirada cómplice me contestó que él me haría el favor para luego darle las llaves del carro a la señorita que seguía preguntándome mi dirección actualizada y mi correo electrónico para no sé qué. Esa confianza absoluta, disfrazada de familiaridad, fue la misma que me sorprendió abrazando a la enfermera que le sacó la mostacilla a mi hija; mientras nos preguntaba curiosa donde había comprado los zapatos y (casi) cuanto pagaba de alquiler. Solo al salir del hospital con la mostacilla envuelta en algodón y dentro de una bolsita (como trofeo), me di cuenta que no sabía dónde estaba estacionado el auto.

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