Después de un cuchillo. O dos.

29.11.2015

Por Adriana Cooper

Nota publicada en PL75 - Noviembre/Diciembre 2015

 

 

No pude ni he podido. Desde que comenzaron estos días violentos en Israel, no he podido ver ningún video en el que se ataca con cuchillo a Israelíes. No tengo la fortaleza para verlo. Con sólo imaginarlo ya me parece lo suficientemente fuerte. Y el impacto está no sólo por el contenido de las imágenes sino por todo lo que pasa por la cabeza: ¿dónde estarán los amigos y personas queridas? ¿A dónde va a parar todo esto? ¿Qué están haciendo las familias con hijos pequeños que van a aquel “gan” de Jerusalem que no tiene guardia? ¿Y qué pasará con aquel amigo que está buscando un compañero de apartamento y está justo en aquel barrio donde sucedió el último atentado? ¿Qué haría yo si en este momento estuviera caminando en la calle de aquel barrio y viera a un árabe-israelí que se me acerca en la calle en plena noche?
A los videos y pensamientos propios se suman las historias que uno escucha de cercanos o ve en las redes sociales. Por ejemplo, recuerdo el relato de una niña de siete años a quienes sus padres descubrieron con insomnio por temor a que la casa entrara un “terrorista”. O el relato de aquel niño que duerme y sale al jardín a jugar con cuchillos que usa para comer por si le toca defenderse de un agresor. Tampoco se me olvida aquella amiga embarazada que teme enviar a su hijo pequeño al jardín de infantes porque desde hace días están sin vigilante y el sitio de juegos está muy cerca de un vecindario árabe. También he visto amigos tomarse fotografías en redes sociales con su nueva arma pegada al cuerpo. 
Armarse, defenderse o implementar estrategias nuevas de defensa son las acciones naturales que aplicará Israel para garantizarle la seguridad a sus ciudadanos. Pero además de esto, hay algo que me interesa o me tiene pensando: ¿Hay algo que pueden hacer los israelíes para volver a confiar en aquellos árabes-israelíes que tienen cerca?  ¿Qué van a hacer los árabes-israelíes que no quieren agredir para volver a ganarse la confianza de los vecinos? ¿Qué van a hacer judíos e israelíes para darle seguridad a los hijos y sobretodo, no transmitir el odio hacia los otros que consideran agresores?  ¿Hay salida o vía de regreso después de esta crisis?
Una de las cosas que me impactó durante los casi diez años que viví en Israel fue el nerviosismo y la paranoia de muchos. Y con toda razón. Pero ¿y qué hacer para lograr que los israelíes se liberen de miedos y estén un poco más tranquilos? ¿Qué estrategias se pueden implementar en las escuelas o universidades para lograr educar niños inteligentes, tolerantes y también tranquilos? ¿Será posible volver a confiar en un árabe-israelí que nos encontremos en la calle?
En medio de las tormentas y las tensiones, surgen voces polémicas. Una de ellas es la del escritor israelí Amos Oz quien hace poco en declaraciones recientes al diario ABC de España dijo que es necesario llegar a un acuerdo en el proceso de paz y condenar la ocupación. Esto lo ha llevado a ganarse amenazas y opiniones incómodas porque hay israelíes que creen que no es el momento.
Más que las piedras y monumentos. Más que los avances científicos. Más que los sucesos históricos del pasado y que nos llenan de grandeza y orgullo, ahora nos toca a los judíos del mundo pensar cómo vamos a salir de esto. ¿Cómo vamos a lograr vivir en nuestro país sin miedo? ¿Qué vamos a hacer para que nuestros niños crezcan sin el peso de tantos temores?  Y menciono los niños porque ellos serán quienes garanticen nuestra permanencia en Oriente Medio. Cuando pienso en ellos siempre viene a mi mente aquel documental llamado “Promesas” que se estrenó en el 2002 y en el que se entrevistaron a siente niños judíos y palestinos de diferentes orientaciones y tendencias religiosas. La mayoría de ellos no conocía a un niño del otro bando y hacerlo les otorgó un poco de humanidad y menos miedo a lo diferente.
Al final del documental, los realizadores de aquel entonces dijeron tener la esperanza de que las fronteras entre ambos grupos se cerrarían en unos años. Hoy, más de una década después, israelíes y palestinos están cada vez más lejos. Y los responsables son los fanáticos, los amigos de balas, odios y cuchillos. Aquellos que creen que un cuchillo o dos van a resolverlo todo cuando justo es lo contrario. Y a nosotros, los sensatos, nos corresponde pensar, ver cómo haremos la diferencia para salvar este país con el que tanto soñamos.

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