Okupas

29.11.2015

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL75 - Noviembre/Diciembre 2015

 

 

Mi primer encuentro con ellos fue allá por los 80’, cuando los rulos estaban de moda incluso para quienes tenían pelo lacio y se ponían ruleros o hacían la permanente. Siempre tuvieron especial interés por mí, algunos lo aducían a mi tipo de sangre…otros a mi personalidad. La cuestión es que on & off, estuvieron continuamente presentes durante mi vida. Por eso no me sorprendí al reencontrármelos en Israel cuando mi hija mayor empezó a quedarse a dormir en el gan
Esta vez mi relación con ellos fue diferente, yo era la madre de la víctima y tenía la posibilidad de combatirlos desde otra posición estratégica. Pero velozmente comprendí el poder que todavía ejercían sobre mí y sin poder hacer nada al respecto; volví a caer en sus redes. Así fue como mi hija y yo tuvimos piojos juntas por primera vez. Con la ayuda de mi mamá y de varios tratamientos con productos que mi tía tuvo que mandar desde Argentina (con veneno de verdad, porque los que se venden en Israel son “naturales”); logramos deshacernos de la epidemia sin grandes trastornos. Diferente fue la contagiada que nos agarramos con mi segunda hija las tres juntas. Corría el año 2013 e Israel estaba en pleno conflicto bélico (una Operación llamada Pilar de Defensa), en la cual sonaron las sirenas por primera vez en Tel Aviv. Me acuerdo porque para variar, estaba sola con mis hijas haciendo el tratamiento de los piojos cuando mi cuñada se vino histérica debido a que en Ramat Aviv su abuela reinauguraba el refugio inutilizado desde la guerra del 91’. 
Muchas cosas pasaron desde esa operación militar hace casi 3 años: nos mudamos a un nuevo departamento en Hertzlía, luego nos trasladamos a otro país (Brasil), me divorcié y compramos un perro; nos volvimos a Israel con mis hijas y encontramos un nuevo hogar en Neve Amirim…y en todos esos momentos, estuvimos acompañadas por los piojos. Esos inquilinos que no pagan alquiler y cuan okupas militantes, se instalan contra viento y marea con una fidelidad inquebrantable (hasta envidiable podría decirse).
No importa que en San Pablo recurrimos a unas comadronas que tenían un sistema tipo querosén y que después de casi quemarnos el cabello, nos pasaron la planchita con la excusa de aniquilar las liendres. Todo fue en vano. Retornamos a Israel en Abril del 2015 sin trabajo, ni hogar ni muebles pero con piojos. Rápidamente las chicas volvieron a la rutina escolar y yo encontré un nuevo empleo…Y pasaron los meses y los peines finos. Primos, hermanas y amigos contagiados de una nueva estirpe de piojos resistentes a todo. Hasta que un día ya desesperada me contaron de un lugar donde es posible lo imposible, incluso sin peleas, gritos ni amenazas de corte de pelo rapado a lo militar. 
El lugar se llama Wish & Wash: muy buen nombre considerando la desesperación de ver los piojos  caminando _vivitos y coleando_ cuan panchos por su casa, después de pelearte contra el cabello de tus hijas y solo desear que alguien venga a socorrerte. Ese alguien existe y se llama Keren Furman. Yo aluciné verla con traje y capa de súper héroe, pero lo que vestía en realidad era un uniforme tipo de enfermera. Llevaba el cabello recogido (obvio) para evitar contagiarse de sus pacientes, y me miró sonriente sabiendo que mi historia se unía a las tantas madres desesperadas que viajan desde Beer Sheva y Ramat Ha Golán hasta Tel Aviv, desahuciadas de tanto rascarse. Incluso me confesó que durante la guerra el verano pasado, el teléfono no dejó de sonar y que una clienta viajó desde Afula en plena época de misiles; aduciendo que le tenía más miedo a los piojos que a las sirenas del Iron Dome.
Mientras sus empleadas distraían simpáticamente a mis hijas con ipads y programas de televisión infantiles, Keren se dedicó a mis piojos. Entre liendre y liendre, me contó que su idea surgió luego de que una amiga que vive en Los Ángeles le describiera su experiencia con las “hadas del pelo”; concepto instalado exitosamente hace años en  Estados Unidos, donde los padres ni intentan lidiar con la pediculosis y van directamente a las “hadas”. Corría el año 2012 y Keren abrió sus puertas a las primeras clientas cerca de Kikar Rabin. Desde entonces nunca bajó de un promedio de 15 citas diarias, mayormente madres e hijos; pero también abuelas, babysitters y docentes. Los hombres, por una cuestión hormonal, son menos propensos a contagiarse; me explica mientras la interrumpe por el celular otra empresa farmacéutica (la segunda del día) para pedirle los cadáveres de los piojos con propósitos de investigación. Mientras mi heroína le describe en detalle cómo le entregará el solicitado botín; admiro anonadada la docilidad con la que mis hijas aceptan el tratamiento sin chistar. Después de colgar el teléfono, Keren me comenta que tenemos que pedir un segundo turno después de una semana para estar seguros que no quedaron “sobrevivientes” _el  segundo tratamiento no tiene costo- y que al llegar a casa, debo cambiar y lavar las sábanas y toallas y tirar todas las hebillas y accesorios del cabello; así como renovar el cepillo. 
Nos despedimos de Keren y sus asistentes como si fuéramos amigas de toda la vida, y nos sentamos con mis hijas a comer algo en el café de la entrada de la galería. Descubro que todos a mí alrededor están prolijamente peinados con trenzas cocidas (broche de oro del tratamiento). Algunas mamás comparten la buena noticia mediante las redes sociales, otras con mensajes de texto personalizados a abuelas, parejas y docentes: ¡“Libres de Piojos!” comunican orgullosas y planificando nuevos cursos de feng shui y clases de gimnasia para hacer durante esas tardes antes dedicadas  a combatir los okupas.  Por mi parte me limito a contarle la buena nueva a mi mamá, mientras disfrutamos unas horas de idilio optimista pero realista: sé que lo que me separa de mis futuros inquilinos no es un Adiós (donde la nostalgia me hará recordar solo los buenos momentos compartidos como las vacaciones y mis hijas riéndose de cómo me queda la gorra de baño); sino más bien un simple Hasta Pronto.

 

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