Aprender a soñar

7.2.2016

Texto: Dana Labaton / Fotos: cedidas por los entrevistados

Entrevista publicada en PL76 - Enero/Febrero 2016

 

 

Me preparo para encontrarme con un atípico grupo salido de un cuento de Julio Verne, pero en cambio, descubro sorprendida que a pesar de lo surreal de sus vivencias; todo en ellos es natural y convencional.

 

 

¿Qué se necesita para dar la vuelta al mundo en un auto antiguo con 4 hijos durante 15 años?
“Solo soñarlo”, contesta sonriente Candelaria Zapp. Así de fácil y concreto lo explica esta aventurera nacida en el campo, de novia con su actual marido desde los 14 años y a quien conoce desde los 8. Supuestamente todo lo demás -léase trabajo, dinero (o falta del mismo),
casa, hijos y perro entre otros motivos que pienso sin decir- son excusas y miedos a los que uno recurre para evitar salir de su zona de confort; y abandonar todo eso que ellos dejaron atrás al arrancar su auto modelo 1928 con destino a Alaska.

 

El lugar de encuentro es el Namal de Tel Aviv en la cúspide de las vacaciones de Januca. No hay lugar para estacionar ni siquiera para ellos que vienen con el auto tatuado literalmente de aventuras por África, Canadá, Alaska y Oceanía entre otros destinos. Candelaria se baja del automóvil junto a los chicos, y Herman busca un lugar en el atestado parking. Veo a la única
niña -Paloma- vistiendo una remera con una princesa de Disney, rodeada de sus 3 hermanos (Pampa, Tehue y Wallaby) que juegan sin pelearse medio en inglés y medio en español. Candelaria me saluda como si nos conociéramos de toda la vida, mientras lucha con el teléfono
celular por un desencuentro tecnológico.

Pronto se nos suma su media naranja, seguido de un israelí que lo persigue mientras le explica que reconoció a la familia y al inconfundible vehículo por la entrevista en la televisión. Se acerca junto a Herman para regalarle a los chicos una reproducción del popular simio israelí parlante, quienes le agradecen felices el muñeco con el cual jugarán mientras organizo la lluvia de preguntas que brota de mi boca: ¿Cómo hacés para ponerlos en penitencia adentro del auto? ¿Cuándo tenés tiempo para vos y tu marido a solas? Tus hijos ¿no toman clases de karate, teatro y hip hop? ¿Dónde se bañan? ¿Cómo duermen?” Y así siguen los interrogantes hasta el infinito ida y vuelta…

Descarto todas las preguntas mundanas sobre la falta de tiempo para una misma, ir a la peluquería, pilates y el café con las amigas; porque veo que Candelaria es ese tipo de mujer que se levanta a cara lavada y tomando mate para verse espectacular, tanto en medio de la selva africana o en el hard core Tel Aviv. Puedo oler sus tortas fritas, escuchar su paciencia a la hora de educar a sus hijos con el sistema de Home-Schooling (o mejor dicho Car-Schooling), y admirar la practicidad con la que lleva adelante sus roles de madre y esposa literalmente sobre ruedas.

Empiezo por lo básico, incluso la primera pregunta que me hizo mi hija de 9 años, cuando le conté que iba a entrevistar a una familia argentina que está dando la vuelta al mundo desde el 25 de enero del 2000 en un auto viejo con ruedas de madera.

 

-“¿De qué viven?”

Su manera de responder no es directa, así como quienes necesitan explicar con una moraleja para que el receptor de la historia sienta que no le impusieron una verdad…sino más bien que la descubrió solo. Y así me cuentan que ellos viven de la venta de su libro, un manual donde comparten su propio sueño y donde invitan a todos a soñar. Y que obviamente hubo veces donde Candelaria se puso a pintar y vender sus obras para comer y/o cargar nafta y así seguir adelante. Pero que nunca aceptaron las ofertas comerciales de tipo sponsor, como cuando les ofrecieron US$35.000 en Kenya para ser la imagen de marca de un agua española. Ellos desistieron porque quieren enseñarle a todo quien quiera escuchar, que se puede soñar sin dinero, y que la falta del mismo no es motivo para dejar de llevar adelante el plan onírico. Lo aprendieron en las islas flotantes del lago Titicaca: los locales viven en pequeñas chozas construidas con junco y en su interior tienen lo mínimo indispensable porque, como les explicó uno de sus habitantes: “Si tenés mucho te hundís”.

Herman nos saca del interior de la pequeña choza minimalista y nos vuelve al Namal con una pregunta.

 

-“¿Cuál es el opuesto de guerra?”
Respondo: Paz.

-“¿Y el opuesto de Blanco?”
-Contesto: Negro.
-“¿Y el opuesto de Sueño”?
-“…”
Me dice. “No hay. Porque no se puede dejar de soñar. ¿Quién es más loco? ¿El que va por su sueño o el que lo deja morir?”
Y ahí continúa Candelaria, contando que lo mejor que les pasó en el viaje fue quedarse sin dinero. Porque una vez que se les agotaron los ahorros, comprendieron que nada ni nadie va a despertarlos de esta aventura. Si durante algunos instantes parecía que seguir soñando era imposible, la magia de la gente a su alrededor los sorprendió generosamente con todo lo que necesitaban para continuar. Como cuando luego de esperar 3 meses al borde de darse por vencidos por falta de medios para cruzar el Amazonas; decidieron armar la embarcación necesaria ellos mismos. Gracias a los indígenas (que nunca antes habían visto un automóvil) y a todos quienes se acercaron anónimamente; consiguieron absolutamente cada pieza de motor, cable y tornillo que necesitaban para construir la balsa. Todo está documentado con fotografías y videos en su increíble página web y en su maravilloso libro…simplemente porque si te lo cuentan, no lo podés creer.

 

Desde despertarse rodeada de una manada de elefantes sin moverse para evitar llamar su atención (y no hablamos de los safaris 5 estrellas organizados en zonas de animales acostumbrados a los turistas); hasta comer cocodrilo y pirañas en el Amazonas; para finalmente pasar la Navidad en Belén en un orfanato de monjas. Cada nuevo capítulo de su viaje es una hoja en blanco que los llena de adrenalina y los hace sentir vivos.

 

Educando en el camino

 

En un intento por bajarlos a la realidad y que sufran como todos nosotros el aburrimiento de la rutina en la oficina, los deberes de la escuela y todo eso que hace a la vida diaria de la mayoría de los seres humanos, les pregunto:
-“¿Y cómo hacen con el colegio de los chicos?”
Se ríen entre ellos y comparten una mirada cómplice, divertidos de explicar nuevamente que es mucho más didáctico aprender geografía sentados bajo el Everest y deslumbrados en vivo y en directo por sus picos nevados; que frente a un pizarrón. Complementando el know how de una madre maestra y el programa académico argentino, los chicos dan libre las materias cada vez que pasan más de tres meses seguidos en un mismo país. De 13,10, 7 y 6 años respectivamente, los pequeños Zapp están al día con los conocimientos acorde a su edad, pero tienen la imaginación y el kilometraje de un viajero status Gold. Nacieron cada uno en un país diferente: Pampa en Estados Unidos, Tehue en Argentina, Paloma en Canadá y Wallaby en Australia. Los video juegos, la computadora y toda esa tecnología que tenemos en nuestras casas con una sobredosis de cables que uno nunca sabe dónde esconder; ellos lo viven al estacionar en un nuevo destino y hospedarse en casas de familias. Gracias al ruido mediático que generan en las redes sociales, les llueven invitaciones de gente que busca contagiarse de su espíritu y desean aprender a soñar. Así también los chicos descubren nuevas culturas, costumbres, colores y sabores. Y disimuladamente todos disfrutan de una cama como Dios manda. Las vueltas de la vida a bordo de su fiel auto les enseñó que algunas cosas no son como la sociedad o el sistema (no sé a quién culpar) nos quiere hacer creer: que justamente los hoteles más lujosos del mundo se hallan en Tanzania. Y que la fiebre de la gripe que Herman tuvo en Argentina fue peor que la malaria que se agarró en Mozambique. Los escucho y les creo que el mejor plan es no tener planes. Que tenemos que despertar todos esos sueños que guardamos en la mesita de luz entre cartas de ex novios y fotos de cuando éramos chiquitos, porque lo único que se necesita para atrapar un sueño es tenerlo.

 

Trato de controlar unas ganas locas de renunciar a mi trabajo y subirme a algo con ruedas, porque me doy cuenta que ese no es mi sueño. Si me preguntarían en este mismo instante cual es el mío, sé que definitivamente no incluye elefantes, malaria ni glaciares…pero no estoy muy segura de poder describirlo claramente. Y es que no sé a qué edad uno deja de soñar. ¿O simplemente nunca aprendió? Pero como dice el refrán, mejor tarde que nunca. Así que en principio ya aprendí que soñar como sueñan los Zapp no tiene que ver con contar ovejas, ni tener dinero o tiempo suficiente. Y eso ya es un gran paso camino a no sé dónde pero algún día, ojalá muy pronto, lo descubriré.

 

La familia Zapp quiere a todo quien quiera escuchar que se puede soñar sin dinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

www.argentinaalaska.com

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