Jugando por un sueño

31.3.2016

Texto: Pablo Duer / Foto: cedida por las entrevistadas

Nota publicada en PL77 - Marzo/Abril 2016

 

 

Fany y Stefany son dos jóvenes que llegaron a Israel de una manera poco habitual. Vinieron hace cuatro meses a jugar al fútbol en Maccabi Holón, en la primera división del fútbol femenino israelí. Con una larga trayectoria en sus respectivas selecciones, cuentan cómo es jugar en este país, describen su experiencia y hablan de su futuro. 

 

“Los israelíes no nos creen”, se queja Stefany Castaño Cardozo, de 22 años y arquera de la selección colombiana, mientras esboza una sonrisa inocente con un dejo de resignación. Fany Gauto, de 23 y mediocampista de la selección de Paraguay, asiente y agrega: “Me llamaron de mi Embajada para ver si era verdad, no lo podían creer”. La sorpresa que generan en la gente no es más que la que se generó en ellas cuando les surgió la posibilidad de venir a jugar a Maccabi Holón. Hoy, cuando todavía les quedan tres meses de contrato, aún no terminan de naturalizar el lugar en el que están y el rumbo que tomaron sus carreras. 
“No sabía mucho de Israel, menos aún que existía el futbol femenino”, reconoce Fany y cuenta que sus familiares y amigos temían por la guerra y le aconsejaron que no viniera. Sin embargo, su deseo de crecer profesionalmente y salir de su país fue más fuerte y no demoró en aceptar la propuesta, convirtiéndose en la primera paraguaya en jugar fuera de su tierra.

 

“Normalmente lo que uno escucha en las noticias, son en su mayoría cosas malas. Pero bueno, como todo país tiene cosas buenas y malas”, opina la arquera, que llegó a Israel tras cinco años en Estados Unidos. Allí se graduó en Entrenamiento Deportivo mientras jugaba al fútbol para su universidad, en el Estado de Iowa. A diferencia de Fany, que jugaba en Sportivo Luqueño, un equipo importante de su país, la carrera de Stefany había sido sólo amateur: “Acepté la propuesta de Holón porque quería empezar a jugar profesionalmente y vivir otra experiencia”. Igualmente, ambas piensan esta etapa como una escala antes de desembarcar en el fútbol europeo, de mayor nivel e infraestructura.
Ese paso previo, sin embargo, es mucho más que la espera por la llegada de una oferta desde el viejo continente. Es el desafío de la cotidianidad sin idioma, donde hasta la caja del supermercado se convierte en un escollo. Es un vínculo casi de hermandad entre dos chicas que sólo se conocían de haberse cruzado en un partido entre selecciones hace años y que hoy comparten no sólo la camiseta, los entrenamientos y el vestuario, sino también un departamento, la comida y los ratos de ocio. “Yo con israelíes no hablo porque no hablo bien inglés. No tengo casi amigos de acá”, aclara Fany, con la mirada puesta en su amiga, como agradeciéndole por estar. “La diferencia cultural es muy grande, pero nos tratamos de comunicar”, explica Stefany.
Igualmente, esa barrera no les impide salir, recorrer, ir a la playa y conocer la ciudad, sobre todo entre ellas y con algunas amigas latinas. “Por ahora estamos solteras”, cuenta la colombiana, mientras busca complicidad en su amiga antes de continuar: “Los israelíes son muy lindos -ríe-, pero no conocemos muchos”.
Cuando el tema de conversación es la tierra natal, la charla toma otro tono. “Acá vivimos muy bien, el sueldo alcanza y además nos pagan prácticamente todo, hasta el departamento”, menciona Stefany, como anticipando un “pero”, que Fany toma como un centro y no tarda en cabecearlo: “La adaptación cuesta, no podemos dormir temprano de noche por ejemplo” y sigue: “El fútbol también se vive de otra manera, en Paraguay venía más gente al estadio, aquí muy poca”. Dentro de la cancha, las diferencias también se hacen sentir: “No entendemos nada de lo que hablan nuestras compañeras”, describe la mediocampista, que a pesar de las dificultades es la goleadora de su equipo con 12 tantos en nueve partidos.
Más allá del idioma, hay algo que ambas jugadoras comparten y es la añoranza de la comida de su tierra. “Y la familia”, agregan casi al unísono. Saben que el extrañar es un factor inevitable de la ecuación pero ponen sus sueños por delante: “Ahora me estoy preparando para los Juegos Olímpicos de agosto en Río aunque mi meta es ganar un Mundial”, comenta Stefany, con una sonrisa que le desborda la cara. “Yo con jugar un Mundial con Paraguay me conformo”, se ríe su amiga, que eventualmente, si las cosas no salen como espera, no descarta retornar a su país y terminar sus estudios en kinesiología. 

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