Mucho más que una clase en español

31.3.2016

Texto y fotos: Pablo Duer

Entrevista publicada en PL77 - Marzo/Abril 2016

 

Una vez por semana, en el corazón de Tel Aviv, un grupo de mujeres toma clases de español que se alejan mucho de lo cotidiano. 15 años de estudio codo a codo y con la misma profesora resultaron una mezcla particular de códigos y complicidades generadores de un clima ideal de aprendizaje. 

 

La profesora Ivonne se ríe mientras las alumnas juegan divididas en dos grupos.

 

“El color rojo”, grita una, cómo queriendo anticiparse al resto porque su respuesta era demasiado obvia. “La madres”, agrega otra. “La homosexualidad”, “la música”, “historias raros”, siguen aportando una tras otra, con la velocidad como prioridad por sobre la gramática. Están decididas a demostrar que saben de lo que hablan. Ivonne va anotando en el pizarrón lo más rápido posible, pero algunas se le escapan. Sucede que sus alumnas están más preparadas de lo que esperaba.

 

La consigna parece sencilla: características del cine de Almodóvar. Sin embargo se vuelve compleja, complejísima, si se tiene en cuenta el contexto. 10 mujeres israelíes, un martes a las nueve de la mañana en un aula en pleno centro de Tel Aviv. ¿Una clase de cine? No. ¿De cultura española? Tampoco. Es nada más ni nada menos que una clase de español, que tras 15 años de estudio casi ininterrumpido ya tomó otras formas. Por momentos es una charla entre amigas y después se asemeja más a una reunión de académicas, que rápidamente se convierten en nenas revoltosas apenas la profesora propone un juego. “Un curso muy inusual”, describe Ivonne Lerner, argentina y con 11 años de experiencia en el Instituto Cervantes, donde tiene lugar la clase. 

 

“Es bueno para el cerebro”, responde una alumna ante la primera pregunta: ¿Por qué estudiar español durante 15 años? “Por la belleza de la lengua”, argumenta otra y se entusiasma: “Es una lengua maraviosa que va directo al corazón”. En esa última “z” deja entrever un acento español muy marcado, homogéneo en intención por parte de las 10 pero heterogéneo en el uso. Cada una tiene su propia tonada. Tikva, por ejemplo, usa muy pocas “s”. Tzipora, en cambio, marca mucho las consonantes, al modo de una abuela argentina aún en transición desde el Idish. La “r” es el escollo más difícil para todas, pero no se resignan.
Las respuestas al por qué lo estudian se encadenan una tras otra, tocando temas como la música, el cine, el sonido de las palabras y hasta las telenovelas. Judith, cuyos 70 años superan por poco el promedio de edad del grupo, da una respuesta tajante pero sincera: “No tenemos otra cosa que hacer”. De las 10 alumnas, todas están jubiladas salvo una, Alona, de 28 años, que trabaja horas extra los días que dedica la mañana a las clases de español. El resto, sin embargo, compensa la edad con una curiosidad infinita y una voluntad inquebrantable para perfeccionar hasta el más ínfimo detalle.

 

La clase comienza con una pequeña charla introductoria. En este caso, las miradas se posan sobre Jani, recién llegada de Madrid. Ivonne, que oscila entre el rol de profesora y el de moderadora de la conversación, les propone que le hagan una pregunta cada una. El intercambio entre las alumnas, entusiasmadas con el relato de la viajera, gira entonces en torno a temas como la comida, el clima y el fútbol. Se cuela una anécdota donde en el baño de un museo no había papel higiénico. “¡Qué papelón!”, bromea una para desencadenar una carcajada generalizada. Podrían haber pasado literalmente varias horas debatiendo sobre los distintos museos, de España y de toda Europa, pero el idioma era la temática predilecta.

 

“Estaba decepcionada de mi misma, porque mi acento me sonaba como primitiva”, reconoce Jani. Las compañeras no tardan en hacerle caer una lluvia de comentarios alentadores que hacen aparecer lo positivo de la experiencia: “Fue tan placer estar en un lugar escuchando todo el tiempo español. Hablaba en la tienda, en la caja de algún lugar, en todas partes”. 
El siguiente paso es revisar la tarea, que consiste en un cuento distinto todas las semanas. Esta vez tocó “Sábado de gloria”, de Mario Benedetti.  “Me gustó pero creo que esta punto de vista es un persona muy muy egoísta. Sobre todo piensa en él mismo. Hasta la muerte de su mujer piensa principal no sobre eia pero sobre su vida”, opina Nili. La que sigue, según el orden que va determinando Ivonne, es Iafit: “Al revés que Nili piensa, me gustó. Hay parágrafos en el cuento que leo, leo y leo porque me gustan mucho”.

 

Son muy pocas las veces que se escucha otro idioma más allá del español en la clase. De hecho, cuando conocen una palabra nueva (poco común dado el enorme vocabulario que manejan), no buscan traducirla al hebreo sino que le buscan sinónimos en español. “¿Cómo se dice ‘entre lignes?’”, se le escapa a una, tal vez sin darse cuenta que estaba hablando francés. Como también sucede con otra cuando en medio de una explicación agrega un “because of”. Sucede que lo tienen naturalizado. Y a nadie le sorprende. El nivel de conocimientos y cultura general que manejan parece inagotable, cuando por ejemplo se enredan en una charla de unos 10 minutos sobre un artículo sobre los salarios de los docentes en Japón o una conferencia sobre los Samaritanos en Holón.

 

 Es esa misma curiosidad y hambre de conocimientos lo que las motiva a adentrarse cada vez un poco más en el idioma y cultura hispanos. Así, se sonríen, prácticamente se relamen, cuando les pregunto por autores o artistas que les gusten. Isabel Allende, García Márquez, Benedetti, Alejandro Sanz, Vargas Llosa, “el de ‘La salud de los enfermos’” (Cortázar), y no van a parar hasta que les diga. Más allá de su interés particular, todas coinciden en que existe una tendencia en la sociedad israelí a estudiar español. Los motivos, sin embargo, excederían viajes por Sudamérica o resabios de telenovelas de la adolescencia, sino que tienen un sentido más práctico y teleológico: obtener la nacionalidad española. Se refieren a una ley española que le otorgaría la nacionalidad a descendientes de judíos sefardíes expulsados del país hace cientos de años. El proceso para obtenerla incluye, por fuera de la parte burocrática, un examen de idioma, cultura e historia. “Hay algo en Israel que cada uno quiere tener otro pasaporte”, explica Einat. “Acá no sabemos qué vamos a tener mañana”, cierra Iafit mientras sus compañeras asienten.

 

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>> ENTREVISTA CON IVONNE LERNER >>

Son las 8:30 e Ivonne aprovecha la tranquilidad para esparcir sus papeles por el escritorio de la sala de profesores. Está cortando unos cuadraditos chiquititos para un juego que planificó para la clase que está por empezar. Sonríe mientras lo hace, ya se imagina la reacción de sus alumnas. Mientras tanto, me va contando sobre su vida, el Instituto y lo particular de sus alumnas.

 

¿Cuánto dura el curso? 
Este curso termina la primera semana de marzo y empezó en octubre. Es una vez por semana, tres horas. En total son 20 clases, durante cinco meses. Hacemos un descanso y después de Pesaj hacemos otro, cortito, de 10 clases de dos horas. Ese va a ser un curso de conversación, todo igual pero sin el libro. Tengo que pensar 10 temas distintos uno para cada clase y atacarlos de distintas maneras. Ya sea con un video, un artículo, un juego, actividades, todo que las haga hablar.

 

¿Hace cuánto estás en el Cervantes?
El Instituto se abrió en el 98 y fui la primera contratada. Antes había trabajado en la Universidad Abierta enseñando español, en clases presenciales. Fue mi primer trabajo en Israel, en el 87. En Argentina, trabajé en una escuela como maestra y después ya me fui. Trabajé 18 años en la universidad, un año trabajé en los dos lugares pero era como trabajar en Pepsi y en Coca a la vez, así que dije ‘no, hay que decidir’, entonces me quedé aquí. Hoy es mi único trabajo, me encanta y me mato de la risa. 
¿La parte cultural se las das vos o te la piden ellas?
Yo la doy, el libro que usamos también trae, pero es en español. Pensá que acá la gente viaja mucho y es muy curiosa. A mí me encanta y a ellas también y eso enriquece cualquier curso. También le da un marco social. Es una parte importante y es el lujo que te podés dar en niveles altos: literatura, cine, lo que se te ocurra… esa es una parte importante. Ahora por ejemplo estamos en una parte del libro que es la del tiempo libre y ocio. Como es un libro tan rico, nos está rindiendo un montón.

 

¿Qué significa para vos este trabajo?
Yo tomo este trabajo como embajadora del mundo hispanohablante. El profe tiene el papel de mediar, como si fuera un mediador cultural. Por ejemplo, hoy me enteré que salió el tráiler de la nueva película de Almodóvar, entonces vamos a ver el tráiler y leer un artículo que salió en El País. Yo siempre les digo ‘ustedes van a ser las primeras que van a saber, cuando se estrene la película, ustedes ya van a saber de qué se trata porque lo vieron en clase de español’. Por supuesto, con cada película en español que se da acá, en el cine, hacemos alguna actividad.

 

 

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