Hacer bien, hace bien

30.5.2016

Texto: Dana Labaton / Foto: Elad Shoshan

Nota publicada PL78 - Mayo/Junio 2016

 

 

Dicen que ayudar al prójimo ayuda a uno mismo. Que las buenas acciones vuelven como un boomerang para abrazarte y hacerte sentir mejor persona.

Un poco por eso y otro poco porque la empresa donde trabajo siempre está incentivando a sus empleados a participar en proyectos de bien público; decidí que ya había dejado pasar demasiadas oportunidades para ser mejor persona. Permanentemente nos llega un email del departamento de Recursos Humanos para contactarnos con organizaciones sin fines de lucro, cuya misión es ayudar al necesitado: cocinar para familias carenciadas, rescatar a mascotas de los albergues para animales abandonados, o visitar asilos de ancianos cuyas familias olvidaron. Después de leer la vasta lista de actividades opcionales que despertaron mi conciencia en el último email, me voluntaricé para la cena de Pesaj dedicada a sobrevivientes del Holocausto.

Grande fue mi sorpresa al ver que no fui la única en buscar este boomerang de gratitud; y allí estaba yo con decenas de colegas preparándonos para recibir a los afortunados que vivieron para contar uno de los peores capítulos de la historia humana. Éramos tantos los voluntarios que el salón parecía lleno incluso antes de llegar los invitados. El dueño del salón donado y decorado como para un casamiento, nos organizó en grupos para no pisarnos los talones en la cocina. Mientras unos armaban los souvenirs en pequeñas bolsas de papel madera llenos de vinos, chocolates y anteojos (todos sponsors de la cena); otros se preparaban para servir las bebidas y primeros platos en la mesa. A una amiga le tocó acompañar a los viejitos en el ascensor y se asombró al descubrir que su ayuda era realmente necesaria, ya que muchos no sabían cómo activarlo. Por supuesto que también estaban aquellos que orgullosamente se negaban a ser asistidos; alardeando de mucha experiencia subiendo y bajando en elevador.

 

Cena de Pesaj dedicada a sobrevivientes del Holocausto.

 

Los primeros invitados llegaron puntuales a las cuatro de la tarde, vestidos elegantemente con ese estilo europeo que nunca abandonaron a pesar de los 40 grados de calor que diferenciaban esa tarde Israelí de las urbes que dejaron atrás. La mayoría de los señores lucían sombrero-saco y corbata; y se apoyaban en relucientes bastones que competían por el primer puesto en estilo. Las mujeres desfilaban peinados de peluquería combinados con una bijouterie que había hibernado demasiados otoños, y ahora brillaba acorde a la ocasión. Algunos llegaron de la mano de sus hijos, otros del brazo de los nietos y también estaban quienes traían a sus seres queridos en fotografías donde el tiempo no borró los recuerdos, a pesar de hacerlos color sepia.

La nostalgia se mezcló con la alegre música en vivo que surgía del acordeón de un voluntario -que supuse también llegaba en busca de un boomerang-  mientras el yiddish se enredaba con el inglés filipino de los acompañantes profesionales que disfrutaban del evento igual o más que los homenajeados.

Cuando la música dejó lugar al plato principal, descubrí que la mayoría de los comensales tenían hambre de charlar y ante la pregunta “¿pollo, carne o pescado?”; aprovechaban el contacto visual para compartir fotografías y relatos de juventud. Una señora en particular, se acercó con su andador hacia el bar donde se horneaba el pan para mostrarnos un artículo del diario (Di-s sabe hace cuántos años) que se refería a ella. Varios voluntarios se sacaron una foto junto a la heroína sin saber bien cuál era su mérito; y la compartieron rápidamente en sus redes sociales para hacer público ese instante donde hicieron una pausa en sus rutinas cotidianas para finalmente hacer algo por el prójimo.

Yo opté por mantener en privado el momento dónde, entre opulentos platos de comida y bastones que danzaban en ronda al ritmo de sus propietarios; algo me golpeó el hombro. Me voltee buscando un viejito confundido o una de las voluntarias con limitada experiencia para llevar una bandeja llena…pero no encontré nada ni nadie para justificar el impacto. Solo horas más tarde cuando mis hijas me preguntaron por qué estaba llegando a casa más tarde de lo habitual, comprendí qué era lo que me había golpeado. Había sido el boomerang.

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