Una escuela diferente

30.5.2016

Texto: Pablo Duer / Fotos: cedidas por los entrevistados

Entrevista publicada en PL78 - Mayo/Junio 2016

 

En un contexto donde la educación tradicional lucha por seguirle el ritmo a los alumnos del siglo XXI, surgen distintas alternativas para captar a quienes quieren un cambio. Kehilá, una de las 30 escuelas democráticas de Israel, confirma la potencia innovadora del país, con una currícula sin materias obligatorias y un sistema en que los alumnos no sólo votan para elegir a la directora sino también para definir la cuota.

 

Naama estaba sentada en su silla, hablando de sí misma, de su vocación por la docencia, de su currículum y su experiencia, de sus proyectos y sus cualidades. Si una cámara se hubiera posado sobre ella, habría entregado la imagen de una entrevista de trabajo común y corriente. Del otro lado, sin embargo, no tenía a una directora o a un rector. Tenía frente a ella a tres personas: un profesor de la escuela, un padre y una niña de 12 años.  Los tres tuvieron el mismo rol y preguntaron por igual, en calidad de pares. “Cuando salí de mi primera entrevista acá, sentí que había algo especial, me llamó mucho la atención”, recuerda quien hoy hace ocho meses enseña en esta escuela de Tel Aviv, que podría simplificarse como “diferente”, pero que a fuerza de valores y mecanismos específicos no da lugar a la discusión de que su título es el de “beit sefer democrático”.

 

Alumnos protestando contra una jugetería por dividir sus juguetes por género, en el marco de una clase activismo.

 

Naama Grinstein es israelí pero sus padres son argentinos. Cuenta, en un español fluido aunque un poco oxidado, que llegó de casualidad a la entrevista y que nunca se pudo ir. “Me parece que los niños estudian mejor cuando eligen estudiar. Cuando uno entra a la clase porque piensa que lo que estudia es importante o interesante, lo hace mejor”, argumenta y empieza, de a poco, a desentrañar la compleja estructura de este colegio, uno de los 30 regidos por este sistema en todo el país. Esta estructura consiste en niños que eligen a qué clases entrar, a qué hora comer, quién será su tutor y quién los representará en el parlamento que ocupa el rol de la autoridad de la escuela. Que no están divididos sólo por edad sino también por nivel y que asisten a todas y cada una de las reuniones de padres. Los profesores, en un rol que por momentos se asemeja al de un madrij y por otros al de un padre y hasta un amigo, funcionan como guías en una educación que se jacta de fomentar un aprendizaje activo y un pensamiento crítico y creativo por parte de sus alumnos.

“Nosotros ofrecemos una currícula básica que el chico a principio de año tiene en cuenta para armar su propio programa, a su gusto. Todos estudian distintas cosas, desde lectura y escritura hasta cine, yoga y salsa”, describe Dina Ramot, directora del colegio, que explica: “Tenemos chicos de cuarto grado que no estudiaron lengua ni aprendieron a leer con un libro, y aún así saben leer. ¿Acaso no juegan a la computadora? ¿Acaso no leen los cereales que desayunan? Yo no tengo que darle clases organizadas a todos. Algunos necesitan, pero la mayoría va a aprender simplemente de la vida”.

Más allá de su sistema académico, la cualidad más característica del colegio es su sistema democrático. Existen distintos comités, integrados por padres, docentes y alumnos. Uno de ellos, por ejemplo, se encarga de los tiulim; otro, de los eventos en la escuela y otro del presupuesto. Hay uno dedicado específicamente al patio, que coordina, entre otras cosas, la construcción de todos los juegos, aros, canchas y distintos espacios verdes de los que disponen los chicos durante el recreo. El año pasado, los alumnos presentaron ante el parlamento un pedido para poder trepar un árbol del patio. Para esto necesitaban una ley que, tras largas discusiones, se votó con la condición de que se coloquen colchones debajo, sólo dos chicos puedan trepar al mismo tiempo y no puedan empujarse.

“El hecho de que ellos trabajen sobre sus propias reglas incentiva a que las cumplan”, opina Dina, que no quiere dejar pasar la existencia de una corte de la escuela, compuesta por un docente y dos alumnos, que resuelve todos los conflictos entre alumnos. En primera instancia, se apela a una mediación y, de fallar, se aplican sanciones educativas que van desde escribir una presentación sobre el respeto entre pares a empapelar la escuela con consignas sobre el cuidado del agua.

“La educación democrática se parece mucho, en mi opinión, a la escuela de los kibutzim”, sostiene Madai Sokol, nacido y criado en Givat Oz, donde sus padres se instalaron en 1974 luego de hacer aliá desde Argentina. Allá, ella en Córdoba y él en Rosario, participaban de tnuot socialistas. Madai, que en su formación como docente se especializó en educación democrática, reconoce que el pensamiento de sus padres tuvo influencia en su acercamiento a una escuela como ésta, a la que vincula no sólo a ideologías de izquierda sino a valores democráticos y humanos.

 

Padres, alumnos y docentes votan juntos en el Parlamento escolar.

 

Aunque cuente con pilares claros, la educación democrática dista de ser uniforme. De hecho, existen marcadas diferencias entre los 30 colegios que utilizan este sistema en Israel y que educan a más de 4000 chicos. La escuela Kanaf, en Ramat Ha Golán, es la más libre de todas. No tiene maestros sino educadores y cuando los chicos llegan a la mañana no hay un programa previsto para ellos. Si quieren aprender matemática, lo plantean frente al parlamento que se encarga de buscar un docente y elaborar un plan y un presupuesto. El otro extremo es Pardes Hanna, que cada día brinda tres clases obligatorias a sus alumnos, que tienen potestad para elegir la cuarta y la quinta. Kehilá cuenta con un programa, que ofrece pero no fuerza. 

“Hay una ideología que es una base, que el 99% comparte”, describe Naamá. “La diferencia no está en el fondo sino en la forma. Lo que varía son cuestiones como la obligatoriedad de las clases, los horarios o si abren los viernes”, detalla esta morá, que hoy, además de estar a cargo de las clases de Yoga, Hebreo y Cine y Derechos Humanos, es tutora de 18 niños con los que mantiene encuentros diarios para, simplemente, “charlar”.

Todo parecería ser color de rosas en esta escuela pero… ¿Qué pasa con las Bagruiot? ¿Cómo hace un chico que nunca estudió matemática para aprobar? “Nosotros ofrecemos clases especiales para las Bagruiot, y solemos tener muy buenos resultados. Les enseñamos a responder las preguntas y las estrategias para dar bien un examen. No hace falta preparar a un chico desde los 5 años para un examen”, menciona Dina. Inmediatamente, como en respuesta al cuestionamiento, saca lo mejor que tiene: Hitmaktzeut es un programa que permite a los chicos, a partir de 8vo grado, exponerse al mundo del trabajo. Así, tienen charlas sobre distintos temas e invitan a profesionales de diversos rubros para orientarlos. A partir del 11mo grado los alumnos van una vez por semana a trabajar a un lugar a elección. “Tengo una nena en una peluquería, uno en una panadería, otra ensayando con una cantante…”, la directora podría seguir alimentando el orgullo por horas, pero se detiene y reconoce: “Igual, somos un secundario en crecimiento”. La escuela tiene sólo 11 años, en 2015 recién egresó la primera camada y hoy, sobre casi 400 chicos, son sólo 45 los que cursan el secundario. Las explicaciones las encuentran en padres preocupados por las Bagruiot o en el simple hecho de cambiar.

“La educación tradicional –arremete Dina–, mantiene estrategias de enseñanza de hace 50 años. Los colegios de hoy se parecen mucho a fábricas, con timbres que dicen cuando ir a comer. ¿Por qué tienen que esperar a las 10:25 para ir a comer? ¿Y si tienen hambre a las 10? ¿Por qué yo tengo que darle permiso a alguien para ir al baño?”. Estas pautas, sin embargo, tienen consecuencias. Quiérase o no, este sistema no es para cualquiera: “Hay casos en que, junto con la familia, concluimos que este colegio no es la mejor opción para sus hijos”, advierte la directora y sigue: “Si un chico requiere mucha estructura o tranquilidad para estudiar, Kehilá no es el colegio para él”.

“No es que acá viven en una anarquía. Sí hay reglas y sí hay cosas que son obligatorias, como la asistencia y el tratarse con respeto”, aclara Naama que se entusiasma ante la pregunta por el eventual contraste al comenzar la Tzavá: “Si decimos que los chicos en las otras escuelas se preparan para obedecer como lo hacen en la Tzavá, creo que algo no está bien. Yo tengo que preparar a estos niños para ser personas fuertes, que creen en sí mismos y que tienen la fuerza de entender situaciones. Y creo que van a entender la situación del ejército”.

Este sistema, que ya tiene más de 30 años en el país, cuenta con plena aprobación y reconocimiento por parte del Ministerio de Educación. De hecho, Israel, que encabeza la lista de países con más colegios de este tipo, es el único lugar del mundo en que la mayoría son públicos. Kehilá, en cambio, depende de la Municipalidad de Tel Aviv, que los aprueba y convalida su título pero no les brinda un espacio físico ni ayuda económica. Por ese motivo es privado y son los padres los que pagan el edificio y el salario de los docentes. A diferencia de una escuela convencional, el precio –que en 2016 es de 1265 ₪ –  es decidido año a año, en una votación en la que participan, además de los padres, los docentes y todos los alumnos que sepan leer.

 

Todas las excursiones son organizadas por el comité de tiulim.

 

 

UNA VOZ LATINA DESDE ADENTRO

Fernando Gueller, argentino cuyas tres hijas asisten al colegio, utiliza la palabra “alternativa” para argumentar la decisión de optar por la educación democrática. “Mi esposa y yo ambos trabajamos en colegios normales y decidimos que no es lo que queríamos para nuestras hijas. La educación de hace 250 años que nació con la Revolución Industrial ya está muerta, es una cuestión de avance”, sostiene.

A cinco años de la elección cuenta, orgulloso, que su hija mayor le pidió por favor que, si en algún momento piensan cambiarla de colegio, sea sí o sí a uno democrático. Sus dos hijas más chicas, de ocho y seis años, también aprueban este sistema, que hoy las encuentra compartiendo el aula en las clases de música y filosofía.

Aunque él tenga un rol activo en el colegio, Fernando aclara que no son tantos los padres que asisten a las reuniones mensuales del parlamento: “Cuando hay temas muy calientes va hasta un 30% de las familias. Cuando se tratan temas más tranquilos, hay de 20 a 30 padres”. Como ejemplo de tema caliente menciona una de las últimas comisiones creadas, destinada a elegir una nueva directora para el año que viene, en la que participaron no sólo padres sino también chicos y staff de la escuela.

“Hay algo de latino en el colegio y es la parte social. Como una atmósfera particular, muy cálida y muy familiar”, agrega Fernando que traza un paralelismo con su hogar, donde “la tendencia es de mucho diálogo y decisiones en conjunto. Las chicas nos consultan muchas cosas a nosotros y nosotros a ellas, es un aprendizaje común entre toda la familia, un poco como Kehilá”.

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