Un espacio de pertenencia

31.5.2016

Texto: Pablo Duer / Foto: cedidas por los entrevistados

Nota publicada en PL78 - Mayo/Junio 2016

 

 

Entre tantas organizaciones sociales y solidarias en Israel, existe una, chiquita pero efectiva, que pone el foco en los trabajadores extranjeros. En su rol tanto integrador y conservador, alterna clases de hebreo con festivales latinos. Bienvenidos a La Escuelita.

 

“Tienes que levantar dos cartas”, le dice Sarah a Eric, que ya tiene como 15 en la mano. Él la mira, esboza una sonrisa que aparenta comprensión y juega un seis rojo. Ella no insiste y el juego sigue como si nada. Sucede que en este espacio las reglas del TAKI son menos importantes que la intención de que todos se sientan parte. Si Sarah no insistió es también porque desde que se mudó de Colombia a Israel está acostumbrada a lidiar cotidianamente con la barrera idiomática, que de a poco va superando en el espacio de apoyo escolar de los lunes. Eric, de madre boliviana y criado en Israel, domina el hebreo pero no maneja el español con fluidez. Por eso su espacio es este, el taller de arte y de español, donde lo lúdico se fusiona con lo pedagógico al mismo tiempo que le permite tener contacto con otros chicos de origen latino.

Este lugar, su lugar, combina dibujos y palabras en hebreo en las paredes con las obras completas de Borges, potes con restos de dulce de leche en la heladera con humus del Super Cofix, una partida bilingüe de TAKI con un cuento sobre Frida Kahlo. La lucha por la integración y el apego a la identidad, y un nombre: La Escuelita.

“Entrá y doblá a la izquierda. Caminá por el pasillo largo, pasá el negocio de celulares, subí al primer piso por la escalera grande y… No, pará. Encontrame en el Mc Donalds de abajo y vamos juntos”, se resigna Zelda, la profe de arte. Podría decirse que La Escuelita está escondida, detrás de una puerta a la que se accede por una pequeña escalera de caracol que huele a abandono, y tras transitar los grandes corredores y oscuros pasillos de la Tajaná Mercazit, en la zona sur de Tel Aviv. Suena paradójico si se la piensa como un lugar de inclusión que disfruta al ver como en sus aulas se mezclan padres e hijos, parejas, primos y tíos. Básicamente familias enteras. Pero hace ya mucho tiempo que La Escuelita dejó de ser sólo un lugar físico para tomar en cambio la forma de una pequeña comunidad, que gustosa ayudaría a todos, pero que, en el escenario actual, se ve obligada a focalizarse en unos pocos.

Sucede que La Escuelita es de todos pero no es para cualquiera. Todos pueden ir, pero tiene un público definido, que lejos está de ser privilegiado. Es el segmento de la comunidad latina en Israel que más ayuda necesita: las familias de trabajadores extranjeros; en otras palabras, quienes no son plenamente legales en Israel. “La Escuelita es más un marco para el que lo necesita”, explica Julieta Kriger, directora de este espacio que, si tuviese un rótulo, sería el de ONG. “Todo arrancó en el año 2000, en el marco de una fuerte inmigración de gente no judía que vino con el objetivo de trabajar. La idea era mantener la cultura latina, las costumbres, no apuntaba a la integración a la sociedad israelí”, sigue.

Tiempo más tarde y tras una deportación muy grande de hombres, el panorama cambió. Las comunidades de trabajadores extranjeros pasaron a pedir por los derechos de sus niños, en muchos casos únicamente a cargo de sus madres, que trabajaban todo el día. En ese momento, La Escuelita, cual camaleón, se adaptó a las nuevas circunstancias y se convirtió en una herramienta de integración a la sociedad israelí para esos chicos. Así, de la mano de voluntarios latinos e israelíes, y bajo el formato de un centro de apoyo escolar, comenzó a asistirlos con el hebreo.

 

La Escuelita, un espacio social y de ayuda mutua.

 

“Acá no hay preguntas ni se juzga por la nacionalidad. Hay una aceptación del chico como tal, con sus dos identidades”, se enorgullece Julieta, que describe el espacio como un nexo entre la sociedad Israelí y la comunidad latina. Cuando usa la palabra “comunidad”, no lo hace en vano ni la elige al azar; no es una palabra más para ella. Por eso tal vez se le escapa una sonrisa cada vez que la dice, haciendo referencia, no a los 80 mil latinos en Israel, sino a este grupo de inmigrantes que ella, aunque su humildad se oponga, ayudó a consolidar.

“Hace seis años se generó otra situación donde la mayoría de los chicos, por una serie de leyes, obtuvieron status y marcos más consolidados. Decidimos entonces que La Escuelita fuese un marco más comunitario, que fuera el lugar de todos”, relata Julieta. En ese momento, que coincidió con la obtención de la Tajaná como lugar fijo, fue cuando La Escuelita comenzó a poblarse de caras un poco más arrugadas, más serias y menos juguetonas. Eran los adultos, ahora tan parte como los chicos, que pasaron de padres a alumnos de la mano de clases de hebreo dictadas especialmente para ellos. Hoy alternan con charlas con entidades como Kav LaObed sobre los derechos del trabajador o con torneos de fútbol o fiestas de Purim.

Siempre con la comida latina como acompañante incondicional, ya sea el dulce de leche que se cuela hasta en los tostados de queso o las arepas que pueden interrumpir hasta la clase más importante, La Escuelita se transformó en un espacio social y de ayuda mutua. Así, es esperable que Patricia cuente con el apoyo de Julieta para buscar una casa para mudarse. O que Felipe encuentre jugadores para sus partidos de fútbol de los viernes. O que Ilan, esposo Israelí de Patricia, venga todas las semanas desde

Ashdod para dar, en calidad de voluntario, una clase de hebreo a cuatro personas.

Al centro de apoyo escolar de los chicos se sumó otro espacio, más informal y dinámico. El taller de arte funciona en una de las dos aulas que, junto con el comedor, componen el área de La Escuelita en el tercer piso de la Tajaná. “Es un taller donde los chicos vienen a aprender bases de dibujo y pintura. La idea es que se animen a hacer arte, dibujar sin juzgarse, jugar y aprender al mismo tiempo”, describe Zelda, voluntaria desde hace casi un año. Los miércoles, además de ser el día de ensuciarse las manos, paredes, sillas y mesas, es también el día de las clases de español, con Ana, una voluntaria de España. “Entendimos que era importante seguir cuidando el español. Antes en el apoyo escolar se hablaba en hebreo y los viernes en español; ahora se habla como hablan ellos, mezclado, porque hay niños que hablan español y niños que no”, comenta Julieta, que se entusiasma y sigue: “La idea es brindarles un marco de acompañamiento, un lugar donde marcar que uno puede ser latino e Israelí y está bien. No hay que ser solamente Israelí para ser aceptado”.

“La Escuelita para mí es mucho más que una clase de hebreo”, señala Patricia, que llegó hace ocho años desde Perú, a trabajar como metapelet. Hace tres años conoció a Ilan, cuyo trabajo como fabricante de toallitas húmedas no le permite venir más de una vez por semana. “La comunidad necesitaba un lugar así. Hay aquí en esta ciudad comunidades de todos los países: de Sudan, de Eritrea, filipinos, tailandeses, pero los trabajadores extranjeros latinos antes no tenían una organización como esta”, opina el moré

Leonardo y Felipe trabajan, como la mayoría, en limpieza, y vienen por las clases de hebreo, que son “buenas y baratas”. El primero de Cali, el otro de Bogotá, ambos describen su llegada a Israel como un intento de “probar suerte”. “Yo ahora salgo con una israelí y estoy haciendo los papeles para casarme”, cuenta Leonardo que, al igual que el resto de los que asisten a La Escuelita, no es judío. “Ahora voy a recibir un permiso para quedarme en el país y estar con ella, y de aquí a un tiempo ser ciudadano”, agrega.

En el interín, interrumpe Julieta, que abre la puerta del aula con una leche en una mano y un paquete de café en la otra: “Ves, esto es La Escuelita, traen sin que se les pida”. Su sonrisa al sostener esa leche y ese café dista de ser inocente, o simplemente agradecida. Es la alegría por el esfuerzo y la generosidad en la adversidad. “Yo antes decía que yo entendía a los inmigrantes porque yo había estado en ese lugar, pero no, porque yo hice aliá, la historia es diferente”, cierra, e invita a todos a merendar.

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