Detrás de toda gran mujer, hay una gran cartera

1.8.2016

Texto y Fotos: Dana Labaton

Nota publicada en PL79 - Julio/Agosto 2016

 

 

¿Vieron esos artículos en donde las famosas abren sus bolsos y tienen esos “ítems básicos infaltables”, sin los cuales no pueden salir de sus casas? Bueno, imagínense literalmente lo opuesto. Olvídense absolutamente de todo lo que leyeron sobre la frase “menos es más”. Los invito a ingresar a mi cartera, frente a la cual la de Mary Poppins es un poroto. 
Sí, lo sé. ¿Para qué cargar con tanto peso cuando podría evitarlo? Aunque en Israel es inútil justificar mi carterazo matador como herramienta de defensa personal ante un potencial ladrón; aún tengo razones para continuar cargándola. Podría comenzar por destacar que gracias a la costumbre en cuestión, el músculo del antebrazo es el único ejercitado y endurecido en todo mi cuerpo. Pero si vamos a analizar profundamente de dónde procede o qué significa semejante hábito, puedo confesar que la necesidad de salir de casa con todo lo que llegaría a necesitar en caso de una guerra nuclear; comenzó allá por la década del 80’. Era nuestro primer viaje familiar a Europa y recuerdo haber salido del hotel con cada uno de los mapas que decoraba la recepción, más el block con la dirección y número de teléfono del albergue; todo cargado en una abultada mochila mientras mis hermanos lucían manos y bolsillos libres de responsabilidad y preocupación alguna. Olvidé cómo fue que nos perdimos pero sí evoco que gracias a mi carga logramos encontrar el camino de regreso mucho antes de que Waze y las apps de hoy en día resuman en un dispositivo móvil todos los papeles y papelitos que tan orgullosamente transportaba. Esa sensación de heroína con súper-poderes es la que me convence que vale la pena acarrear a diario los frascos, maquillaje, botellitas y cuadernitos… todo muy lógicamente organizado en sub-bolsos que ahora catárticamente detallaré:

 

 -El de animal print: adentro del atractivo bolso de marca internacional hay todo tipo de remedios (alopáticos y homeopáticos) que cubren dolores tan alternativos como un clásico desarreglo estomacal hasta “los globulitos para trastornos emocionales”. Los tamaños y colores de los frascos varían acorde a su función y –salvo para el minus del banco (como me cargaba mi ex marido)- creo que tengo para toda necesidad: vómitos, dolor de cabeza, falta de autoestima, gotitas para cuando las chicas extrañan al papá que vive en el exterior y hasta para las piedras en la vesícula.

 

- El del maquillaje: vendría a ser para mí como el de primeros auxilios. Si me lo olvido, soy capaz de volver con el auto a buscarlo aunque esté ya llegando a la oficina. Incluye, por supuesto base, rubor, sombras y rimmel… así como otro tipo de ítems que nunca uso pero sigo cargando en caso de un imprevisto. Como la tijerita de uñas que terminé prestándole al pianista de Juanes antes del recital, porque era la única que tenía el cortante elemento en el anfiteatro de Raanana entre todos los empleados responsables del concierto.

 

-El clásico negro con cierre dorado: viene a incluir un poco de todo lo que no sé dónde poner, y que, a veces uso como cartera minimalista nocturna cuando viajo en moto y no puedo llevar todos mis elementos secretos con súper poderes de heroína. Ahí sí hago un mega esfuerzo y llevo solo el lip stick, las tarjetas de crédito y la braja ha derech (bendición para el viaje)… ah, sí y las llaves.

 

-El otro de animal print: ahí llevo el cepillo de dientes, la pasta dentífrica y elementos tan arbitrarios como tarjetas de restaurantes que algún día quisiera volver, fotos y facturas del vaad a bait.

 

-La billetera: nunca tiene efectivo ni monedas pero explota de fotos y papelitos que siempre me digo que tengo que ordenar y tirar. 

 

-La agenda: Sí. Sigo escribiendo a  pesar que el mundo digital lo invade todo. Me encanta hacerme listas y tachar los planes cuando los concretos. Me considero una chica analógica que se adapta a la nueva tecnología pero se formó antes de ella. Puedo incluir un evento en el calendario del teléfono, pero antes lo anoto en un papelito (esos que guardo en la billetera tan gorda que no cierra). 

 

Junto a todos estos bolsitos, en el fondo de mi cartera siempre conviven sueltos biromes, anteojos de sol, un head-phone todo enredado y llaves; también esmaltes y limas de uñas. 
Así y todo ya me pasó varias veces cuando estoy manejando y el sol me pega de frente, que no encuentro las gafas. Comienzo a sacar desesperada absolutamente todo en el asiento del acompañante,  hasta asumir que tengo medio Super Pharm pero olvidé mis anteojos en pleno verano israelí. Me consuelo por unos instantes pensando que compraré unos temporales y accesibles en el makolet de la esquina de la oficina;  antes de descubrir que también me olvidé el mini monedero donde guardo las tarjetas de crédito. Me bajo del auto resignada a pasar un día con los ojos expuestos al agujero de ozono y sin recursos económicos para pagar el almuerzo. El señor que trabaja en el estacionamiento me increpa sobre la gran cartera. Lo miro a contra luz y sin gafas pero con cara de heroína con súper poderes secretos y camino a la oficina con mi misteriosa carga, lista para auxiliar a un colega con una uña encarnada, o a un compañero con síndrome de renunciar y escaparse a la playa. Y esa sensación es la que me acompaña diariamente cuando cargo infalible mi gran cartera.

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