La chica danesa: Una prehistoria de los nuevos géneros

11.8.2016

Por Fernando Yurman *

Nota publicada en PL web - Agosto 2016

 

El tema de "La chica Danesa", llega rodeado de controversias que exceden la película, como sucede con todo lo que atañe a géneros y sexualidad. Se trata del primer caso quirúrgico de cambio de sexo de la historia, lo que ya le otorga el atractivo que tienen las biografías. En este caso la fidelidad documental es modificada por un guión que ilustra el vínculo singular de la pareja involucrada. Aparte de este episodio fundamental en la crónica de los cambios culturales, el film respira esa época temprana de vanguardia y libertad que siguió a la primera guerra.
El director de "La chica Danesa", Tom Hopper, contaba ya con una refinada vocación estética y un consumado oficio dramático, ilustrado en algunos films anteriores como "El discurso del Rey" o "Los miserables". A esas virtudes había sumado actores en el apogeo del talento, como Alicia Viklander, que recibió un Oscar por este desempeño, y Eddye Redmayne, que ya venía oscarizado. Disponía de una historia real, que tiene todos los rasgos de una ficción por su ajustado simbolismo, y la precedía la versión del novelista David Ebershoff, que había sido un bestseller desde comienzos del siglo XXI.
Todos los hados estaban a favor, pero también lo benefició la diversidad anacrónica del presente, el aprovechado encuentro de dos tiempos a través de un túnel de 80 años. La sociedad multicultural, la generación de "millenians", las heterogéneas experiencias amorosas de la postmodernidad, la multiplicación de los géneros, parpadean incesantes en este film sobre una escena transgresora que viene del pasado, como una prehistoria de la nueva subjetividad.
Con una inteligencia narrativa que no puede ser planificada, solamente sembrada por la intuición creativa, despliega el film una vida que concierne al centro de nuestro tiempo. El suceso dista mucho de veracidad emotiva, no digamos clínica, pero ilumina de manera verosímil la complejidad dramática de los cambios en una región olvidada de la microhistoria. Es el núcleo de una inquietud sobre la 
identidad, alrededor de la que giran hoy las órbitas del arte y la cultura, pero también de la política, como indican los síntomas de un Donald Trump o el Brexit de los ingleses, ya que la identidad de género y las identidades sociales están siempre involucradas. La revisión actual de identidades, una de las causas y efectos de la globalización, indica el desasosiego de un cambio en la identidad social. En esa transformación general se incluyen las otras, ideológicas y culturales. Y en una de sus dimensiones, también los vínculos amorosos. Con la antigua vena del expresionismo alemán, este film permite entrever el debate de ambos planos. El suceso indica, como lo particular y psicológico se trama fluidamente con el aspecto cultural y político. El ámbito del novedoso debate era esa fuerte vanguardia de los "locos" años veinte, que se intensificó precisamente en el norte de Europa (como había ilustrado 
el film "Cabaret"), antes que descendiese el telón nazi para aplanar la inquietante heterogeneidad. 
El contrapunto que existía entre el desvío artístico y el sexual, el surrealismo o el dadaísmo y el
disolvente universo freudiano, solían organizar aquellas tensiones. No casualmente la exposición de "arte degenerado", que se hizo en Berlín en la década del treinta, se acompañó del envío de homosexuales alemanes a los campos de concentración. Esa impronta de intolerancia, que simplificaba las diferencias y sumaba homosexuales, bisexuales, travestis, transformistas, transexuales, hermafroditas y "cross dressing", aplastó por largo tiempo aquellas vísperas de la diversidad que atraviesa esta historia. Se sabe que la vocación de certeza identificatoria del nazismo excomulgó también el Jazz, el cosmopolitismo, los judíos, los gitanos, y las vanguardias. Pero el rechazo de esta diversidad particular, también atravesó la guerra y persistió con una mala salud de hierro. En los años cincuenta, Ed Wood, un "genial" director marginal, hizo "Glend o Glenda", como un film excéntrico que pudo rescatar Tim Burton recién cuarenta años más tarde. Hace casi cuatro décadas, "Una giornata Particulare" de Ettore Scola, con Marcelo Mastroiani y Sofía Loren, ilustraba la diferencia sexual y su relación con el fascismo, a través del vínculo de un homosexual y una de las "madres vientres" glorificadas por Mussolini.
El personaje de la historia real de "La chica danesa" fue el pintor paisajista Eynar Wegener, el primero que intentó transformar anatómicamente su identidad. En el film adquiere relevancia su esposa Gerda, talentosa pintora de retratos de vanguardia. Aquí se abre la primer especulación que atraviesa la superficie del tema y lo ahonda más allá de la anécdota. La pintura de retratos fue sustituida en el siglo XIX por la fotografía como testigo de la memoria, pero la idea de plasmar un carácter visual para que la identidad emerja en una mirada, continuó siempre en el arte, y hubo incluso retratos cubistas y surrealistas porque la pulsión que desemboca en la identidad es perpetua. Gerda hace del retrato de su esposo la expresión mayor de una identidad pujante y contenida, en lo que también expresa su propio autoretrato. Captar lo íntimo bajo la superficie es uno de los desafíos del retrato que nos muestra el film. Estos rebotes de la mirada tienen su contraparte en la pintura paisajista del esposo, que busca un paisaje interior perdido. Los trueques del "adentro" y el "afuera", que la pintura nunca ignoró (Paisajista ingleses como Turner, o alemanes como Friedrich, ya mostraron que el afuera está adentro), se complementa con la emergencia del género en el vestuario, el contacto fetichista con la ropa, y como una extensión, con el esteticismo insistente de las imágenes del film. Esos cruces, que tampoco la literatura romántica ignoraba, indican las fuentes heterogéneas y ajenas de la identidad. Son las imágenes que nos marcan, los fetichismos que nos configuran. Claro que esa reveladora señal esta aquí simplificada en exceso. El "descubrimiento" de "Lili", la mujer que llevaba adentro Eynar, sucede de manera algo pueril, motivada por un juego de disfraces, y no discierne una diferencia entre intersexuales, travestis o "Cross Dressing" como se denomina actualmente el cambio de indumentaria sin cambio de objeto sexual. El lesbianismo reconocido de Gerda (que en la realidad histórica estaba en Marruecos con un nuevo marido cuando operaban a Eynar), es olímpicamente silenciado y sustituido por una ternura filial masiva, sin desconocer tampoco un triángulo nunca explicitado. Son errores de toda trama que pretende redondearse, lo que también es testimonio de la dificultad frente a la diversidad actual.
El médico que operó a Eynar fue pionero reconocido de estos cambios, pero tiene una aparición muy breve en el film. Se sabe que fue judío, defendió activamente la diversidad, que murió exiliado en Niza en 1935, y la quema pública de sus libros se advierte borrosamente en los documentales que todavía registran aquella barbarie nazi. Ahora los libros no se queman, se cambian un poco las historias, pero la controversia que suscita la movilidad de identidades persiste.


* El psicoanalista y escritor Fernando Yurman, autor de esta nota, presentará y comentará la película, con tertulia y debate posterior, el viernes 26 de agosto, en el local Najshon 9 en Kfar Saba, a las 20:30 hs.

 

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