Recordar que somos una gran familia

25.9.2016

Por Adriana Cooper

Nota publicada en PL80 - Septiembre/Octubre 2016

 

Falta poco para que empiece el año 5777 y con su llegada, las sinagogas alrededor del mundo se llenarán de personas que van para saludar a amigos, esperar que se les conceda lo que desean o agradecer por lo bueno que hubo. Es probable que algunas de las personas que están ahí no sean muy observantes o incluso no crean o cuestionen la existencia de D-s. Sin embargo, están ahí porque les gusta sentirse parte de algo más grande que ellos mismos llamado comunidad.
A propósito de esto, el pasado 26 de agosto, el profesor Tyler VanderWeele, experto en epidemiología de la Universidad de Harvard en Estados Unidos fue invitado a la sesión de preguntas en esa institución llamada “Pregúntame todo”. Uno de los asistentes levantó la mano interesado en saber cómo la espiritualidad y la asistencia a los servicios religiosos influyen en la salud. 
Vanderweele contestó gustoso porque hace poco concluyó un estudio médico en el que encontró que las personas que atendieron algún tipo de servicio religioso en su sinagoga, iglesia, templo o comunidad más de una vez por semana durante un período de 16 años aumentaron en un 30 por ciento su esperanza de vida, es decir, disminuyeron en ese porcentaje la posibilidad de enfermedades de cualquier tipo. ¿Por qué? Según él, asistir a estos espacios influye en nuestro bienestar porque además de darnos la sensación de pertenecer a un grupo, tiene un impacto en la forma cómo vemos el mundo, el autocontrol, nuestro comportamiento, creencias, el propósito y el sentido que encontramos en la vida.
Después de haber investigado otras formas sociales de reunión, confirmó que aquellas actividades relacionadas con la espiritualidad son las que más influencia positiva tienen actualmente. Este estudio vino a mi mente hace unos días después de que uno de los integrantes de la comunidad judía a la que pertenezco le preguntó a otro por qué no había ido a la última cena de Shabat y este último respondió: “ninguno de mi familia iba a ir”. 
Me llamó la atención esta frase porque aunque haya apellidos diversos y niveles diversos de observancia, en comunidades como la nuestra somos una familia y la vida es más alegre cuando vemos a otros como compañeros de camino y tradición. La comunidad es también una familia en la que rezamos juntos para agradecer o pedir se nos conceda algo. Compartimos alegrías o tristezas, ayudamos a otros, nos mostramos como realmente somos y aportamos. 
En la comunidad, encontramos amigos y  personas que hacen más fácil nuestra vida o nos enseñan cosas. Para algunas personas no judías en Israel o en otros países, la comunidad es el gimnasio, el barrio, la familia extensa o los compañeros del trabajo. Además de los estudios médicos, los psicólogos también dan fe de los beneficios de relacionarse con otros que puedan tener una influencia positiva en nosotros. En vísperas de este año que está por empezar, le deseo a todos los lectores en Israel y en todas las esquinas y países del mundo hispanohablante, un año dulce en el que se les cumplan sus deseos y logren estar tranquilos porque como dijo Pedro Guerra, es lo más cercano a la felicidad.

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