Un agosto kids-free

25.9.2016

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL80 - Septiembre/Octubre 2016

 

No sé cómo hacían las mamás antes del Whatsapp. ¿Quizás discaban 35 números de teléfono diferentes para comunicar un mismo mensaje, a todos los padres de la clase? Hoy en día, gracias a una función específica de la aplicación en cuestión, es posible informar a una determinada cantidad de personas previamente seleccionadas, una noticia al instante. El nombre oficial de dicha función es Chat, alias grupo de Whatsapp. Yo tengo varios. Pero en este artículo me propongo evaluar las ventajas y desventajas específicamente de los chats escolares. Dentro de este sub-grupo, tengo el de las mamás del colegio. El de las madres del jardín de infantes. El de las progenitoras de las nenas que hacen juntas la clase de jazz. El de las mamás de los boyscouts (alias tzofim). Y el de las madres que soy amiga y tengo confianza cuando estoy retrasada; para pedirles que busquen a mis hijas del colegio, jardín, clase de jazz, y tzofim
El primer día de agosto puse a todos estos chats en silencio por un año. Es que solo había tres opciones: ponerlos sin sonido por una hora, una semana o anualmente. Yo quería un mes de descanso de todas esas notificaciones “importantes” como leer acerca de los juguim opcionales para el próximo año lectivo, recetas de sándwiches para los chicos para el recreo; y novedades de la Municipalidad de Hertzlía sobre donde ahora tampoco se puede estacionar. Quizás porque mi hebreo nunca fue lo suficientemente bueno como para beneficiarme de tanto conocimiento imprescindible; o probablemente porque este agosto (para envidia de todas mis colegas) estaba kids-free durante el mes más difícil del año; me impuse una treintena de jornadas libre de esos mensajes grupales que nunca dejaron de sonar durante los 365 días…incluyendo Yom Kippur con mensajes como: “¿Quién está con la bici en la esquina de Ben Gurión y Rabi Akiva?” Y sus respectivas decenas de respuestas y ruiditos complementarios: “Rony” (bip). “Noa” (bip). “Omer” (bip), etc.…
Ante el desafío de no extrañar a mis hijas durante sus vacaciones en Brasil, me propuse mantenerme ocupada y no volver a casa después de la oficina. Por lo cual, mientras yo lidiaba con la difícil elección de qué película ir a ver después del trabajo, o a qué bar ir para el Happy Hour de un miércoles cualquiera, los mensajes mudos se acumulaban en mi teléfono: “¿Quién está en la pileta ahora?”. “¿Alguien quiere que su hijo venga a mi casa?” O un simple “¡Socorro!” Y es que la mayoría de las madres israelíes lidian durante el octavo mes del año con el trabajo y el hogar -como siempre- a lo cual le tienen que sumar niños sin actividades y con sobredosis de TV, abuelos cansados de ocuparse de los nietos; y babysitters que cobran lo mismo que ellas ganan por mes en High Tech. Yo lo sé porque lo viví…el año pasado y los nueve anteriores. 

 

Pero este agosto era una excepción. Libre de criaturas pero inconscientemente acumulando culpa, desperté una noche de una pesadilla a las 3 de la mañana. Soñé que había mandado a mis hijas con remera de color cuando había que ir de blanco por el acto del Día de no sé qué; y no me había enterado por tener el grupo de Whatsapp en silencio. Acto seguido, agarré el teléfono en automático y vi que tenía acumulados 435 recados sin leer. Centenas de llamados de auxilio y mensajes de auto-ayuda, a los que yo había elegido hacer oídos sordos. Luego de casi tres semanas de abstinencia del chat y por miedo a la venganza de una de mis colegas en el comienzo del año lectivo, me puse a leerlos uno por uno.  
Muchas de estas madres, utilizan el chat escolar para descargar catárticamente las vicisitudes del jofesh ha gadol…algo así como compartir los problemas en terapia grupal y no sufrir solas en silencio. Otras escriben cuando están aburridas y sus maridos salieron, o están pero viendo en la tele un partido de fútbol (que es lo mismo que no estén). También existen las que escriben en un pkak, desde el baño e incluso quienes redactan párrafos eternos durante una reunión de trabajo mientras el jefe explora las estadísticas para el futuro trimestre, y todo lo que ellas piensan es “¡Necesito comprarle a mi hijo el libro de geografía!” Yo podría descifrar el horóscopo y personalidad de las mamás redactoras según el tipo de mensaje que escriben. Las que bombardean los chats con textos eternos sobre críticas hacia la maestra que da demasiados deberes: son las típicas sobre-protectoras de Escorpio. Las que preguntan eternamente acerca de qué regalo comprar a la ayudante de la maestra jardinera para cada Jag: son las inseguras que están todo el día pensando cómo hacer para que su hijo/a sea el preferido del gan (Libra). Y finalmente las que envían decenas de íconos pre diseñados en vez de palabras: sufren de limitada capacidad para expresarse y comunicar sus sentimientos (Piscis).
En síntesis, a pesar de muchas veces haberme quejado sobre algunos side effects del chat escolar -como los cientos de mensajes de Mazal Tov que reaccionan ante una invitación de cumpleaños- debo aceptar que las ventajas superan a las desventajas. Podría describirse como un vínculo de dependencia salpicado con ansias de liberación. Algo así como un hada madrina tecnológica que siempre sobrevuela relativamente cerca para susurrarnos al oído cuando olvidamos firmar un permiso importante; aunque a veces nos dé ganas de callarla y mandarla a volar a otro lado mientras le explicamos que nuestra generación de madres puede cometer errores y olvidos. Porque sabemos decir “No sé”, “Me equivoqué”; y pedir perdón si mandamos a nuestro hijo con remera fosforescente mientras todos sus compañeritos visten de blanco impoluto. Y todo eso me decía a mí misma mientras ponía mis chats en máximo volumen; segura que se avecinaba otro año escolar repleto de aventuras para mí y todas esas mamás que mientras acompañan a sus hijos a clase el 1ro de Septiembre; disimulan su sonrisa de felicidad mientras festejan “en silencio” sus merecidas vacaciones. 
 

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