Unidos por Jerusalem

25.9.2016

Por Pablo Duer

Nota publicada en PL80 - Septiembre/Octubre 2016

 

Un grupo de jóvenes de distintos países y religiones encontraron en una terraza de la ciudad un espacio para mezclarse de la mano del arte. El proyecto, llamado Jerusalem Art y que cuenta con varios participantes latinos, propone explorar distintas formas de hacer arte al mismo tiempo que enviar un mensaje de coexistencia.

 

Oren Feld y Ahmed Maswadeh son los fundadores del proyecto Jerusalem Art.

 

“¿Me pasa el martillo?”, se escucha en un portuñol bastante bien logrado, aunque flaquee un poco con la “ll”. “Tengo dois, eu te ayudo”, le devuelve otro, junto con una sonrisa cálida y un tono bien rioplatense. Otros tres brasileros son testigo de la escena y, mientras limpian pedazos de cerámica rota para armar un mosaico, se ríen del esfuerzo de esos dos por hacerse entender prescindiendo del inglés o el hebreo. Empiezan así a martillar, codo a codo, vidrios de distintos tamaños y colores para el mismo mosaico, que es el proyecto del día y al que darán forma de árbol. Primer golpe. Segundo. El tercero un poco más fuerte. No tardan en entusiasmarse, como nenes con chiche nuevo, mientras se divierten y chicanean con alguna referencia al 7 a 1 o a Maradona y Pelé. Para evitar accidentes, envuelven los vidrios en un pedazo de tela, que parece tener ya muchas batallas encima, y que cumple también la función de aislar el ruido. Así, se logra escuchar con claridad la llamada a la oración de la mezquita que tienen a pocos metros y que llega para reformular la escena, cambiar de tema y recordarles dónde están y por qué están haciendo lo que están haciendo. 
Están en una terraza sobre el shuk árabe, de esas a la que nadie llega por equivocación ni por casualidad, bastante gris y evidentemente dañada por el abandono y el paso del tiempo. A sus espaldas hay un caserón que no permite distinguir si es beige o si alguna vez fue blanco. A su izquierda hay una reja oxidada que deja entrever cómo la puesta del sol ilumina de costado el campanario de una iglesia luterana y la cúpula de una mezquita, que se funden en la imagen del atardecer de Jerusalem. A su derecha, adornan el piso el cadáver de una manzana que hace de pista de baile de una colonia de hormigas y dos globos pinchados, uno rosa y otro celeste, que adquieren protagonismo entre hojas secas, colillas de cigarrillos y algo que alguna vez fue un vaso descartable.
Esta terraza, sin embargo, sería tan solo “una terraza”, “otra terraza”, si no fuera por quienes hoy hablan, discuten, ríen y se emocionan sobre ella y que son muchos más que los brasileros y el argentino. Son unos nenes, vecinos de la zona y habituales colaboradores, que corretean gritando en árabe y juegan a algo que se asemeja a las escondidas. Son una israelí religiosa que le pide a una francesa que diga unas palabras para el video que está haciendo. Son un sesentón bien yanqui que debate con un joven palestino que, dicen, una vez saltó el muro desde Cisjordania con tal de no perderse una actividad. Son, entre tantos otros, una búlgara, una inglesa, y muchos israelíes que se describen como “artivistas” mientras rompen prejuicios, rótulos y estructuras para transmitir un mensaje de paz mientras embellecen su ciudad.

 

Oren. “Nos encontramos con esta terraza, ubicada en medio de las cuatro culturas, descuidada, llena de basura y decidimos limpiarla y usarla para hacer arte”


Oren Feld y Ahmed Maswadeh son los fundadores y caras más visibles de este proyecto llamado Jerusalem Art y que desde hace casi medio año le da vida a esta terraza. Oren tiene 24 años, es de Jerusalem, judío, tiene padre argentino y toma mate. El inglés le resulta más fácil que el español y tiene un tono de voz tímido y pausado pero intenso y punzante en la elección de sus palabras. Ahmed tiene 20, es musulmán, del este de Jerusalem y tiene una sonrisa de esas que contagian. Proveniente de una familia de activistas por la paz, su esfuerzo no tiene raíces en el enojo o el agotamiento sino en la esperanza que se desprende del cristal de colores, positivo y nada ingenuo, con el que percibe lo que lo rodea.
Se conocieron en un programa llamado Dialog for Action y, tras acumular seguidores en su página de Facebook, decidieron materializarlo. “Queríamos hacer algo por Jerusalem, pero en el mundo real, que traspasara los límites de lo virtual”, relata Oren. “Entonces nos encontramos con esta terraza, ubicada en medio de las cuatro culturas, descuidada y llena de basura y decidimos limpiarla y usarla para hacer arte”, agrega antes de levantarse y señalar: al sudoeste, el barrio armenio; al sudeste, el judío; al noroeste, el cristiano y al noreste, el musulmán.
Daniel, argentino llegado a Israel a principios de año, cree que esa ubicación específica simboliza esa mixtura de orígenes que pregona el proyecto: “Todos venimos de culturas diferentes y conocer la del otro es el primer paso para integrarnos. El trabajo en conjunto y los espacios de charla dan lugar a intercambios que resultan imprescindibles para entender la otra campana y aceptarnos”. Para dar aún más fuerza a sus palabras, recuerda una ocasión en que realizaron una ronda de canciones en el idioma de cada uno. “Hubo gente que cantó en hebreo, otros inglés, unos que rapearon en árabe y quienes cantamos en portugués y español”, cuenta y se sonroja cuando agrega que él, junto con otra argentina, cantó Color Esperanza, de Diego Torres.

 

El mural es fruto de tardes y noches de trabajo y representa la compleja historia de las distintas comunidades que habitan Jerusalem.


“Acompañame a comprar una pinza acá abajo y ya que estamos charlamos”, me dice Oren, queriendo sacarme de mi rol de observador pasivo. Atino a prender el grabador en la caminata, pero me doy cuenta de que el momento amerita una charla más que una entrevista. “Jerusalem se puede dividir en tres niveles”, empieza, mientras damos los primeros pasos por el shuk y nos convertimos en un ingrediente más de ese festival de estímulos donde las especias se apoderan del olfato, el bullicio del oído y esas narguilas doradas gigantes encandilan la visión. “Bajo tierra, está la historia; –sigue Oren, que habla de su ciudad de la misma forma en que lo hace un padre primerizo sobre su bebé– en la superficie, el presente y en las terrazas, el futuro”, cierra y esboza una sonrisa pícara, como buscando mi complicidad. “Los guías turísticos suelen decir que Jerusalem está conectada por sus terrazas pero dividida por su gente, pero nosotros decimos que está conectada por sus terrazas y a través de ellas nosotros conectamos a la gente”.
Tras un par de minutos llegamos a una pseudo ferretería, comprimida en cinco metros cuadrados y con herramientas de distintos tamaños acomodadas como un Tetris en las paredes y colgando del techo, que parece venírsenos encima. Un nene de unos siete años discute, en árabe, con el dueño, un hombre de unos cuarenta y tantos, de ojos azules y una barba donde el negro aún le da pelea a los primeros tonos blancos. Le está pidiendo que acepte venderle los tornillos que necesita por las pocas monedas que tiene en la mano. Se le cae un shekel y no tardamos en levantárselo. El nene nos mira y agacha la cabeza al mismo tiempo que cierra los ojos, como mostrándose agradecido. El dueño, que nos había escuchado hablar en hebreo cuando entramos, le dice: “Se dice todá“. El chico repite, sonríe, saluda y se va.  
Como no tiene fines de lucro, el proyecto cuenta con un presupuesto muy ajustado, que se destina para comprar sólo lo justo y necesario. Durante sus actividades suelen poner una caja para que la gente, si quiere, aporte una donación, cosa que pocas veces sucede. Sin embargo, hace unos meses hubo una excepción. Durante el mes de Ramadán realizaron una serie de Iftars, la comida que rompe el ayuno diurno. “Llegamos a tener más de 70 personas en la terraza, judíos, musulmanes, cristianos, de todo. Por suerte la iglesia de al lado nos permitió guardar las mesas y sillas ahí y se voluntarizaron para ayudarnos en la organización”, cuenta Ahmed y sigue sonriendo. Lo llamativo, y he aquí el origen de la excepción, fue que en el último iftar un grupo de ortodoxos de una ieshiva vecina vino a interrumpir el evento. “Apenas llegaron, la gente inmediatamente empezó a donar como nunca”, recuerda entre risas antes de retomar la seriedad y describir sus sensaciones: “Llamamos a la policía y vinieron muy rápido. Se puso bastante tenso. Fue la primera vez en mi vida que sentí que estaban de mi lado. Ese mismo día me habían cacheado en la calle y ahora me estaban protegiendo, fue muy raro”.

 

Oren: “El arte es una buena manera de trabajar juntos, de crear diálogo, de romper barreras y tener una meta unificada”


Sin embargo, esa tensión e intolerancia distan de ser la norma: “Hemos tenido judíos ultra ortodoxos, sacerdotes luteranos que vinieron a leer la Biblia a la terraza, y hasta un Sheik y un Imán de Hebrón”, recuerda Ahmed, que intenta ocultar su orgullo pero no lo logra y sigue: “Tenemos hasta un grupo interreligioso que nos contactó para venir a rezar acá todos juntos”. 
Ante la pregunta, tal vez incómoda pero necesaria, sobre la reacción de los vecinos y la gente en general, reconocen que tuvieron más aprobación de la que imaginaban. “Oren me llena de orgullo –comienza Gustavo, su padre–, porque no hay mucha gente que haga las cosas que él hace y con el corazón que él pone”.  Roly, como le dicen, llegó hace 30 años desde Argentina y siente que algo de su origen latino puede haber ayudado a desencadenar esta faceta voluntariosa de su hijo. “Me impresiona cómo mueve gente para conseguir lo que se propuso. Cuando veo lo que hace y la persona que es, me da la sensación de que no me equivoqué del todo, de que algo habré hecho bien”, ríe, no sin un dejo de orgullo y cierra: “A mí me gusta lo que hace, me parece importante y me gusta, sobre todo, que sea mi hijo el que lo haga”. 

 

Ahmed: “Llegamos a tener más de 70 personas en la terraza, judíos, musulmanes, cristianos, de todo”.


Oren, cuya humildad se siente casi innata y no cede ante el halago o la admiración, enfatiza una y otra vez el rol del arte como herramienta de transformación social. Así, en esta misma terraza ha brindado talleres de dibujo para chicos de diversos orígenes y coordinado una jornada en la que hicieron marionetas para regalar a los niños en las vacaciones. “Lo que tiene el arte, es que incluso aunque estés en desacuerdo estética o conceptualmente, no genera violencia, a diferencia de las palabras, que a veces tienen consecuencias severas”, expone con las miradas, los silencios y los gestos inconfundibles de alguien que está convencido hasta las entrañas de lo que dice y por qué, y que no predica desde el sillón de su casa sino que mete los pies en el barro – o las manos en el vidrio – para traducirlo en acciones concretas. Su discurso tiene hasta un fondo acorde: el mural que tiene a sus espaldas es fruto de tardes y noches de trabajo y representa la compleja historia de las distintas comunidades que habitan Jerusalem.
“Todas las formas de arte comparten la misma naturaleza: unifican a los seres humanos”, cita a Tolstoi la descripción de la página de Facebook del proyecto, donde cada vez que publican, ya sea para anunciar eventos o convocar más gente, lo hacen en inglés, hebreo y árabe. Por las dudas, fiel a su estilo, menos abstracto y más concreto y terrenal, Oren agrega: “El arte es una buena manera de trabajar juntos, de crear diálogo, de romper barreras y tener una meta unificada”. Tras un gesto de aprobación pero con ganas de decir algo más, y al mismo tiempo que va guardando las herramientas y el mosaico para terminarlo la próxima, Ahmed añade: “No queremos ir en contra de nada, queremos volver a la normalidad. Es normal que hables con otras personas, que conozcas otras culturas y personas sin barreras, sin embargo hoy hasta puede sonar extraño”.

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