Vivir solo pero en familia: Un argentino entre siete shutafim

25.9.2016

Por Pablo Duer

Nota publicada en PL80 - Septiembre/Octubre 2016

 

Llegar a casa y encontrarse con milanesas en el horno y los calzoncillos lavados no tiene precio. Pero… ¿Si les cuento que hoy almorcé una sopa hecha por un polaco mientras una americana-israelí me daba clases de química cuántica? ¿O que hice un asado para una francesa que estudió en Oxford y un yanqui punk vegano? Pasar de vivir con mis padres en Argentina a compartir una casa con seis shutafim en Tel Aviv no es fácil, pero es un desafío interesante.

 

Las preguntas de la abuela, que, aceptémoslo de una vez por todas, no son más que las preguntas de todos recubiertas por un baño de inocencia y preocupación injustificada, suelen tender a charlas que se caracterizan por su ida y vuelta informativo y bien conciso. “¿Cómo está el trabajo?” Bien, bárbaro bobe. “¿Seguís escribiendo en la revista? ¿Cómo era que se llamaba? Algo libre, ¿no?” Sí, Piedra Libre, y si, sigo escribiendo ahí. “¿Alguna chica? Seguro que las israelíes mueren por vos, ¿para cuando una novia?” Y, por ahora todo muy tranquilo bobe, sin grandes novedades, cuando las haya te vas a enterar. “¿Y tu casa? ¿Seguís viviendo con ese chico argentino?” ¡Hace cuánto no hablamos bobe! No, me mudé a una casa de siete personas. “¡¿Qué?! ¿Cómo que siete? ¿Me estás embromando, no?”.

 

Sábado de por medio tienen “brunch familiar”


Tal vez sea un talento de mi abuela: recorrer todas las temáticas posibles hasta que encuentre una que me obligue a abandonar la modalidad monosilábica. Así, con la perseverancia del pre adolescente que invita a todas sus compañeras hasta que una acepte ir a tomar un helado, o el desempleado que manda currículums de a centenares, finalmente acertó. Sería injusto decir que mi casa es un tema que me demanda una explicación extensa, minuciosa, casi hasta tediosa. No porque no la exija, sino porque me resulta placentero. Aquí vamos:

 

Vivo en una casa de tres plantas, en el sur de Tel Aviv. Vivo con seis personas, sí bobe, cada uno tiene su cuarto y no, no tenemos un solo baño, quedate tranquila, tenemos tres. Tenemos un jardín que rodea la casa, que tiene un árbol de papayas, otro de mandarinas y unos jazmines blancos y rosas que crecen con ferocidad al punto de que amagan a meterse por los agujeros de mi persiana americana. Tenemos un patio en el fondo, que hoy funciona como estacionamiento para nuestras bicicletas pero que nos propusimos convertir en un espacio específicamente dedicado a los asados. El acuerdo fue que la próxima vez que sobre plata del pozo común mensual, la prioridad será una parrilla. No esas pseudo parrillitas minúsculas y casi descartables que se usan acá, sino una parrilla con todas las letras, que se la aguante con los siete y nuestros amigos.

 

La mitad de las sartenes se utilizan para comidas veganas.

 

Ahora que lo pienso tal vez abusé de mi argentinidad y la mística del asado para convencerlos de que era una gran idea, pero bueno, tendré que hacerme cargo de la responsabilidad, que incluirá explorar tierras desconocidas como asar kale, tofu o seitán. Sucede que tres de los siete son veganos, tres y medio si contamos al novio de Rachel, Aviv, que pasa más tiempo en la casa que yo. Ella es de Estados Unidos; él, Israelí. Los otros dos son Ariel, de Polonia, y Ben, también estadounidense y que tiene el cargo de manager de la casa. Sus tareas van desde juntar la renta todos los meses hasta ver por qué el freezer no enfría, pasando por diseñar el calendario de deberes que pega cada primero de mes en la heladera. Sí bobe, tenemos un calendario mensual de deberes, y pensar que vos me decías desorganizado… Esta semana me toca limpiar los pisos, la anterior fue mantenimiento del jardín y la próxima será reciclado. Todavía faltan un par de semanas para mi tarea predilecta: cocinar, junto con otra persona, el “brunch familiar” que tenemos sábado de por medio. Mínimo tres platos, incluyendo algo dulce, algo salado, y, en la medida de lo posible, vegan friendly. Vale usar plata del pozo común, pero no mucha, porque de por sí quien cocina cuenta con toda la comida de los estantes familiares de la heladera y la alacena (que triplican en tamaño a los estantes individuales) y con la gran caja de vegetales que encargamos todas las semanas de una granja orgánica en Kfar Bin Nun, cerca de Modiín. Además, la abuela de Aviv tiene tantas ganas de que se case con Rachel que todas las semanas nos los devuelve con uno, si no dos tuppers bajo el brazo. Sí bobe, es verdad, me fui de tema, volvamos al brunch familiar. 

 

Como durante la semana tenemos horarios distintos, es la única ocasión en la que nos juntamos los siete. El desafío entonces es acurrucarnos para entrar todos y ver quien se la juega y se sirve primero. Empieza entonces la ronda donde cada uno cuenta su semana, junto con alguna consigna como “alguna anécdota graciosa de un viaje” o “un dato de color sobre nuestro país de origen”. Hasta ahora vengo zafando con relatos bizarros sobre algún país del sudeste asiático y con datos irrelevantes sobre Argentina como la cantidad de psicoanalistas por habitante o bidets por hogar. La estrella suele ser Ben, el manager, que vive acá hace años y siempre tiene alguna historia bajo la manga, como cuando un shutaf decidió dejar la casa porque no había espacio en la heladera para los seis kilos de pollo que comía por semana. La segunda ronda es un poco menos amena pero bastante más necesaria: cada uno puede plantear las cosas que le molestan o quiere cambiar sobre el funcionamiento de la casa, que dicho sea de paso, hace años cuenta con el nombre de House of Mysteries, que también es el nombre de nuestros grupos en Whatsapp y en Facebook. Generalmente los planteos son cuestiones sencillas como sacar el jengibre y agregar salsa barbacoa a los productos a los que se destina el pozo familiar, aunque también algunas más serias como qué hacer con las crías que acaba de tener Berry, la gata de la casa.

 

Para que todo esto funcione, sin embargo, hay un proceso detrás que ni las fotos ni la cotidianidad de la casa muestran. Cada nuevo shutaf es entrevistado por Ben y quienes estén en la casa en ese momento. Preguntas como “¿Qué sería lo primero que cocinarías cuando te toque?” o “¿Qué creés que le aportarías a la casa?” reemplazan a la batería de preguntas habituales sobre edad, profesión, horarios, etc. Una vez terminadas las entrevistas, nos reunimos y hacemos una especie de puesta en común de sensaciones y opiniones, de la que se desprende la elección.

 

Calendario de deberes que se pega en la heladera cada primero de mes.

 

Más allá de que todos firmamos un contrato con Ben, que detalla todo lo anterior e incluye cláusulas como “cualquier comentario racista u homofóbico resultará en la expulsión de la casa en un plazo de siete días”, el acuerdo reinante está implícito y es el que se desprende de los vínculos. Desde el día de la entrevista queda muy claro que la relación con los compañeros de casa excederá la de shutafim sino que rozará lo familiar. Fue recién cuando, entre algún mate, describí todo esto a mis amigos latinos y me di cuenta que no es común que hayamos ido todos juntos a un restaurante de ciegos para despedir a Corina antes de que se nos fuera de vuelta a Alemania, o que salgamos, cual excursión, a ver a Ben tocar el bajo en su banda de punk o a darle una mano a Marion, una francesa que nos transmitió su compromiso con la causa de los refugiados cuando nos llevó al centro de detención de Holot.

 

Puede sonarte raro bobe pero si hoy elijo vivir así, es por eso. Es porque sé que desde que salgo del trabajo hasta que desencillo en mi cuarto, voy a encontrarme con Ariel fumando un cigarrillo en el jardín con su amigo polaco sesentón, que inevitablemente me hace pensar en el zeide, y que me va a hacer alguna pregunta que me va a dejar pensando. Apenas ponga un pie en el living, sé que voy a encontrarme con Rachel, que me va a consultar por algún autor para introducirle esa misma noche a los sudaneses a los que enseña inglés y me va a recordar, una vez más, la promesa que les hice aquel día que les fui a hablar de periodismo y los entusiasmé con la idea de cocinarles comida argentina. Sin lugar a dudas, cuando atraviese la cocina, me interceptará Alex, el alemán más sonriente del mundo, me ofrecerá esos fideos con crema y verdeo que hace todas las semanas, y me consultará, expectante, si finalmente los italianos confirmaron y ya somos 12 para jugar al fútbol mañana. Aviv se sentirá entonces tocado y prometerá, tal como la semana pasada, que la próxima juega “sí o sí”. Llegaré luego a mi cuarto, tal vez agotado, tal vez no, y descansaré o miraré una película o, quién sabe, hasta escribiré sobre ellos.

Secciones:

Please reload

banner_OLIM_TLV_ESPAÑOL_NEW.gif
banner muni KS adultos en movimiento.gif
banner leon amiras.gif
Notas recientes

Pan dulce de Guille (Receta de mi madre y abuela)

December 5, 2018

1/10
Please reload

Notas publicadas

November 16, 2019

October 28, 2019

October 24, 2019

August 20, 2019

August 17, 2019

August 11, 2019

August 6, 2019

Please reload

Búsqueda por sección