Las arrugas se planchan con armas químicas

23.11.2016

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL81 - Noviembre/Diciembre 2016

 

Todo empezó cuando me estaba separando en Brasil. Los consejos de mis amigas sobre cuáles eran los pasos a seguir, variaban ampliamente. Algunas sugerencias se inspiraban en las series de abogados, esas donde los juicios tienen una sobre dosis de sangre y el juez termina siendo el culpable. Otras aliadas recomendaban adquirir bienes exorbitantes, esos que nunca más podría comprar luego de volver a Israel y convertirme en lo que bauticé fulltime working single mom. Pero había un factor en común entre todas las propuestas con buenas y malas intenciones: la indicación de ponerme Botox. Mi cumple de 40 se acercaba, acompañado de un divorcio inminente y cientos de incógnitas asechaban la nueva década que comenzaba muy diferente a como la había imaginado. No voy a negarlo. Mis amigas en Argentina y familiares en Israel ya se habían iniciado en la ardua tarea de borrar los rastros del tiempo. Crecí con el dogma de que “verse bien por fuera hace bien por dentro”, resultado de ser “hija de arquitectos” donde la estética es un valor fundamental. A lo que se suma una mamá que siempre lució espectacular, a su vez descendiente de otra madre (alias, mi abuela) que usó bikini hasta bien entrados los 70 e hizo todo lo que había que hacer para escuchar esa frase a la que yo también ya le tomé el gustito: “¿Tenés esa edad? ¡No parece!”  En síntesis, las cirugías estéticas fueron serán siempre bienvenidas en mi familia y la idea del Botox no me pareció tan desquiciada. Pero en ese momento, no me daba literalmente la cabeza para sumarle a todos los desafíos que se avecinaban, el bancarme un dolor extra y evitable. Así que estrené mis cuarenta, con el mapa de arrugas que me acompañaron durante cada uno de los años cumplidos. Las arrugas de la sonrisa que se forman a los costados de la boca: las cuales una mamá en quinto grado me aconsejó evitar con la consigna de sonreír menos. El pliegue vertical en el comienzo de la ceja derecha, ese que se grabó bajo fuego la primera vez que mi hija mayor tuvo fiebre -a los 6 meses de edad, en el jofesh de Rosh HaShaná y durante quince días sin bajar de los 39 grados-. Surco que se fue acentuando con cada bronquitis y estreptococo de los últimos inviernos, hasta quedar como protagonista principal de mi cara. Los frunces de la frente, que se dibujaron cuando mi mamá me informó a los 8 años de edad que mi hermana menor iba a nacer el día de mi cumpleaños; aunque al final su nacimiento se adelantó tres días y logré guardar mi fecha de cumple exclusivamente para mí.
Y así sucesivamente: cada pliegue esconde una historia. Y si me miro en el espejo retrovisor del auto con la luz natural de la mañana camino a la oficina, pueden abrumar hasta las más curiosas de las audiencias mientras relatan las anécdotas todas al unísono. Quiero creer que para algunas culturas,
las arrugas son sabias. Busqué en Internet pero no encontré ningún ejemplo… ¿Creo que para los esquimales? Pero para las civilizaciones que idolatran la juventud y la delgadez, son un monstruo que espantan toda posibilidad de felicidad (y de que lo incluyan a uno, en la foto compartida en las redes sociales porque espantas los Likes). Justamente, los filtros de las apps de fotografía más requeridas, ofrecen distintos efectos para borrar las patas de gallo y parecer age-less. Es interesante destacar que al buscar este término en Google Translate, aparece la definición siempre-joven y no sin-edad. Quizás porque la intención de quiénes desean verse sin edad, lo que buscan verdaderamente
es lucir eternamente joven. Y aquí vale la pena una observación: cuando las actrices y celebridades
empiezan tan jovencitas a ponerse botox, logran realmente verse sin edad. A los 30 se ven igual que lasde 60: con esa cara levemente inmovilizada e inexpresiva, que parece siempre entre asustada y sorprendida. A contramano de esta tendencia, acabo de leer que una ex modelo argentina devenida en actriz y con los 50 bien puestos; fue elegida para un rol protagónico de la próxima película nominada al Oscar porque su cara no estaba botoxeada. En la nota, los productores explicaron que buscaban una mujer que tenga el rostro expresivo, que luzca bella pero acorde a su edad para que las vicisitudes a las que la expone el guión; sean creíbles. Por su lado, la actriz en cuestión argumenta que a diferencia de sus colegas; ella evitó el uso de la bacteria Bacilinum llamada Clostridium botulinum y comercialmente conocida como Botox porque “le gusta reconocer en su cara, a su papá y su mamá” (cosa que me movilizó mucho). Volviendo a mi historia… Una vez en Israel, no tuve tiempo de acordarme del tratamiento que genera la parálisis muscular y evita que se forme el pliegue de piel conocido como arruga. Pero ya instalada en el nuevo hogar, con un trabajo y rutina establecidos; la propuesta de mis amigas volvió a resurgir. Me propuse primero desmitificar que la bacteria en cuestión proviene del veneno de la serpiente; utilizado por el reptil para paralizara su víctima potencial antes deatacarla. A pesar del éxito de mi investigación en negar tal hipótesis, no me sentí más tranquila al descubrir que la toxina botulínica es justamente uno de los venenos más poderosos que existen y que se la puede utilizar no solo para verse menos arrugada; sino que también se usa como arma química de destrucción masiva (aunque está prohibida por la Convención de Ginebra y la Convención sobre Armas Químicas). En síntesis, a un mes para mi cumple número 42 y con toda la información recopilada; elijo continuar coleccionando surcos con historias para compartir sus secretos con quien quiera escucharlos. Aunque muchas veces me gustaría congelar el paso del tiempo, quiero aprender a disfrutarlo sin tenerle miedo. Y reinterpretar esas rayitas que se multiplican al lado de mis ojos; como nuevas peripecias sorteadas con éxito sinónimos de experiencia y kilometraje del bueno. Me auto-deseo que este nuevo año que se viene, traiga muchas arrugas deesas que vienen como side effect de las sonrisas; y menos de esas que vienen de la mano de fiebres y noches sin dormir rodeada del termómetro y antibióticos. No digo que nunca recurriré a las armas necesarias el día que mi reflejo en el espejo contradiga el plano de mi proyecto como hija de arquitectos… sino tan solo prometo por ahora respetar la Convención de Ginebra.

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