¿Qué hay de comer hoy?

22.1.2017

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL82 - Enero/Febrero 2017

 

 

La pregunta puede generarme una variedad de sensaciones, dependiendo del día y hora en que la inquietud es expresada; y si el enunciante tiene poca o mucha hambre. Hay días en que me agarra desprevenida, como si fuera una misión totalmente desvinculada a mis responsabilidades cotidianas. En tales casos, me sorprende como si me estuvieran pidiendo que me ponga el traje de astronauta para viajar a la luna; o dibuje un plano en 3D de un edificio de cinco pisos con ascensor. Mi rostro reacciona atónito y disimuladamente evita la mirada ofendida de la heladera, con quien nunca generé ningún vínculo afectivo y la cual siempre me reclama su “vacío existencial”.  
Hay otros días donde me peleo con la pregunta horas antes de que sea enunciada; y me zambullo en los motores de búsqueda virtuales o hago encuestas entre mis colegas también progenitoras, para ampliar mis limitados conocimientos culinarios. Recopilo recetas que leo como si estuviera decodificando un idioma asiático con caracteres desconocidos, para terminar cocinando el mismo pollo con miel y salsa de soja que aprendí a hacer en mis primeros días de ama de casa.  Por aquella época también había recopilado recetas fáciles para principiantes de mis colegas que -al igual que yo- daban sus primeros pasos en la ardua tarea de sumar a las responsabilidades diarias; la misión de alimentar a otro humano aparte de uno mismo. Ese “otro” se limitaba por entonces a la pareja (novio o marido) alias un adulto, que es muy diferente al desafío de dar de comer a un menor cuando el hambre ya acecha. Recuerdo claramente mi primer año como madre, cuando el llanto siempre se traducía para mí en el reclamo: “¡Tengo hambre!”. Ante mi desesperación, me prestaron un mixer con la promesa de que solo debía hervir las verduras e ingresarlas en el artefacto en cuestión, para obtener mágicamente sabrosos y nutritivos alimentos. No hace falta detallar el posterior caos en la cocina, ya que ensuciaba cientos de cubiertos, platos y ollas para finalmente crear una pasta marrón literalmente incomible hasta para el más hambriento de los infantes. Opté entonces por comprar esos potes importados con purés caseros pero hechos por mamás que saben cocinar, decorados con imágenes de bebés felices, saludables y satisfechos.
No estoy segura si mis colegas de esos años –madres como la susodicha desde hace una década- avanzaron en su kilometraje culinario o se entumecieron en el mismo nivel de antaño. Yo me quedé congelada como el pollo que sé cocinar, en ese nivel de primeriza y sin avanzar al próximo grado ni variar en los ingredientes ni un poquito. Por entonces supuse que uno evolucionaba en los conocimientos gastronómicos por ósmosis, por el simple hecho de tener que cocinar para los hijos todos los santos almuerzos y cenas. Pero no.
Cada vez que entro al supermercado es como la primera vez. Observo los pálidos coliflores cerca de las despeinadas cebollas; y no les veo ningún potencial futuro juntos. No me los imagino hirviendo en ninguna olla o combinados en un recipiente, unidos para siempre por el aceite y demás especies que conviven en ese cajón que nunca abro. Hubieron momentos donde pensé incluso, inventar un par de anteojos que me permitieran ver en otra dimensión esos componentes cortados, mezclados y cocinados a baño María…Algo así como los lentes de Google que incluyen los mapas virtuales; pero con flechas luminosas que ofrecen imágenes de las recetas ya elaboradas. Todo eso me imagino mientras recorro los pasillos del súper, llenando el carrito de comidas congeladas, pre-cocinadas por seres que ven más allá de lo que mis ojos están capacitados para mirar. De pronto otra mamá me choca con su rodal y me despierta del boceto del anteojo salvador, al que ya estaba buscándole nombre de marca. Mientras me pide disculpas por la colisión, esconde las salchichas que yo continúo comprando a diferencia de las demás progenitoras que hace tiempo ya dejaron de comprarlas por los descubrimientos nada agradables que fueron tapa de diario. Sonreímos cómplices ante nuestra indiferencia frente a la nueva tendencia de comida orgánica sin gluten, SSL ni SSD y demás siglas cuyo significado desconozco y supongo, ella tampoco sabe. Le pido sin dudar su número de teléfono con la excusa de tener mucho en común, y la invito a ser amigas para compartir infinitos banquetes disfrutando una buena copa de tinto; mientras esperamos el delivery de la pizza y los chicos juegan.
Porque al fin y al cabo, para cocinar un hogar feliz no se necesita una estrella Michelin. Se trata de una receta que aprendí de mi mamá ya que siempre fue su plato principal. Tanto sea “a la carta” o menú degustación, lo importante es la calidad de los ingredientes: ½ kilo de besos, 250 gramos de abrazos y un litro de amor. Eso siempre habrá de comer en mi casa… ayer, mañana y hoy.

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