“Hay que seguir contando nuestra historia”

22.1.2017

Por Pablo Duer

Nota publicada en PL82 - Enero/Febrero 2017

 

 

En el subsuelo de una edificio en Nazareth Illit vive una mujer cuyo perfil bajo y andar cansino ocultan una fuerza que impresiona, contagia y emociona.

 

Masha Kaplan vive en Israel hace 25 años. Dio suficientes entrevistas, habló con suficientes colegios y prendió suficientes antorchas en Iom HaShoá. A los 96, ya no va más a la Wizzo ni a las clases de gimnasia y rara vez sale de casa. Contar su historia la desgasta y cada vez le cuesta más, por eso su hija le sugirió que tal vez no era una buena idea hacer la entrevista. Su respuesta fue inmediata y tajante: “Somos los últimos sobrevivientes, un montón de gente se fue y ya no está, y aunque el mundo igual no nos cree, hay que seguir contando nuestra historia”.
Su historia comienza en 1921 en Bialystok, Polonia, su lugar de nacimiento. Vivía en una casa con sus dos hermanitos menores, su padre y su madre. Su padre era activo en la comunidad judía, pero ella no tanto, “no me interesaba”. Cuando llegaron los alemanes, en 1941, los encerraron en un guetto, donde permanecieron hasta 1943, trabajando en talleres de gorras, medias y uniformes nazis. En el verano de 1943, durante la liquidación del guetto, fueron trasladados a Lublin. Uno de sus hermanos optó por esconderse pero fue luego encontrado por los alemanes. Tras pasar un tiempo allí, los separaron y ella y su madre fueron trasladadas a Majdanek. Al tiempo se enteró de que su padre y su otro hermano habían perdido la vida, por lo que sólo quedaban ellas dos.

 

Masha Kaplan: “Somos los últimos sobrevivientes, un montón de gente se fue y ya no está, y hay que seguir contando nuestra historia”


“Pasamos luego un año en un taller de zapatos cerca de Radom. Vivíamos y trabajábamos allí. Nos encerraban de noche y nos controlaban a la mañana. Dormíamos en el piso y luchábamos para evitar contagiarnos de Tifus, pero tanto mi mamá como yo nos enfermamos y tuve que volver a aprender a caminar”, recuerda, con la voz firme, un español casi perfecto e intercalando suspiros dolorosos con silencios que, aunque breves, parecen interminables.
El relato la ubica luego en Auschwitz, hacia donde las evacuaron tras el avance de los rusos. En ese instante, y sin que se lo pida, se arremanga el brazo izquierdo: “Mirá, acá tengo el número”. Tras un tiempo allí, y en el contexto en que la Cruz Roja empezaba a indagar sobre lo que estaba pasando, las trasladaron a Birkenau, a un bloque de recuperación: “Cuando llegamos nos dieron un terrón de azúcar y una lata de atún, no lo podía creer, así que corrí hacia donde estaba mi madre y me dijeron que Mengele se la había llevado junto con otros 30 o 40 adultos para hacer experimentos. Nunca más supe de ella”.  
Cuando el campo fue liberado en 1945, ella estaba en la enfermería, producto de una fiebre muy severa. Ante la orden de los rusos de que esperaran allí, ella desobedeció y, con todos los abrigos que encontró, emprendió, vía Cracovia, su regreso a casa. Desde allí, y gracias a un familiar que tenía en Argentina, consiguió emigrar y vivió desde 1948 hasta 1991 en el barrio porteño de Villa Urquiza. Allí se casó con un polaco, tuvo a su hija Miriam y fue ama de casa. Tras la aliá de su hija, la muerte de su marido y algunos problemas de salud, decidió emigrar a Israel, donde vive hace 25 años y donde, dice, se siente en casa.

Hoy, sentada en el sillón de su pequeña casa en Nazareth Illit, se entusiasma porque se acerca otro 27 de enero, otro aniversario del día de la liberación de Auschwitz, “del día que yo volví a ser libre”.

 

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