De Honduras a Israel, la historia de David

22.1.2017

Texto: Shmuel Marchand / Fotos: cedidas por el entrevistado

Entrevista publicada en PL82 - Enero/Febrero 2017

 

 

Proveniente de un hogar cristiano en Honduras, David Gomel (23) era un joven que cada semana iba a la iglesia y estudiaba en la escuela dominical. Nadie hubiese pensado en ese entonces que aquella devoción que lo caracterizaba y era el orgullo de su padres lo terminaría llevando hacia el otro lado del mundo, hacia un lugar que logró hacerlo suyo pese a las adversidades. Piedra Libre fue a conocer su caso en Jerusalem, ciudad donde vive como el judío observante que quiso ser.

¿Cómo es que tuviste un contacto inicial con el judaísmo?

Nací en una familia católica y a la edad de seis años nos convertimos al protestantismo. Fue así que crecí en un ambiente evangélico donde la fe era algo fundamental en casa. A los diecisiete me comencé a preguntar qué era esa 'fuerza de arriba' que llamábamos Dios y empecé a estudiar las diversas religiones del mundo: islam, budismo, hinduismo, bahai, todas las que podía tener al alcance en Honduras, entre ellas el judaísmo. Incluso asistí a sus lugares de culto, informándome con literatura sobre qué era lo que cada una decía ser. Como cristiano sabía que la base de todo era la fe judía y no era algo desconocido para mí, ya que crecí escuchando las historias de los patriarcas, el rey David y Moisés. Además siempre pensé que no había existido un grupo con antecedentes tan intensos como el pueblo de Israel.

 

¿Y qué decidiste hacer? ¿Conocías judíos en Honduras?

Comencé a estudiar sobre judaísmo a través de Internet, ya que la comunidad judía en Honduras no era muy abierta, y poco a poco iba poniendo en práctica las cosas que aprendía hasta que llegó un momento que decidí que no quería seguir viviendo un sueño sino que tenía que ser un judío de verdad.

 

¿Cómo reaccionaron en tu casa cuando les comentaste tu interés?

Un poco en 'shock' porque mi familia es muy religiosa y para ellos el camino para obtener la 'vida eterna' es por medio de Jesús, algo incompatible con el judaísmo. Sin embargo, me dijeron luego que, si eso me hacía feliz entonces ellos también lo eran. Recibí mucho apoyo familiar, en especial de mi madre con quien pasé mi primer Rosh Hashaná en casa.

 

 

 

Pero no podías vivir un judaísmo únicamente en la casa...

A los diecinueve años comencé a averiguar dónde una persona se podía convertir al judaísmo y me enteré que entre las diversas posibilidades estaban Estados Unidos e Israel. Me incliné más por la segunda ya que siempre lo consideré el hogar del pueblo judío y no quise ir a otro lugar. Empecé a ahorrar y trabajar duro, logrando reunir el dinero para el pasaje.

 

¿Y cómo fue tu experiencia al llegar a Israel?

Cuando llegué aquí la verdad es que no conocía a nadie. No tenía contactos y me hospedó por un tiempo el amigo de un amigo. Sucede que cuando se llega a un nuevo país uno suele tener esperanza en todo el mundo y fue así que me topé con personas no buenas que incluso se aprovecharon de las circunstancias. Contacté al rabinato, mandé cartas, llamé por teléfono y nadie me pudo ayudar. Cuando estaba por vencerse mi visa fui al Ministerio del Interior para pedir que la extendieran y recibí un papel con una fecha posterior al último día. Pregunté si eso era un problema y me dijeron que no. Para ese entonces estudiaba en una yeshivá en la ciudad vieja de Jerusalem y estaba por empezar el proceso de conversión con el tribunal rabínico de Bnei Brak. Sentía que por fin estaba alcanzando mi objetivo y que la vida me sonreía.

 

 

¿Y fue realmente así?

Exactamente el 25 de diciembre llega la policía a las siete y veinte de la mañana, tocan la puerta y sacan a todos los estudiantes que no tenían ciudadanía israelí, incluyéndome a mí. Nos enviaron a la estación policial de la ciudad vieja, donde pasamos por todo un protocolo en el que incluso nos tuvimos que desvestir. Luego que nos tomaron las fotos y huellas digitales un policía dijo que el área donde se encontraba la yeshivá estaba en investigación por un hecho que había sucedido antes que ingresara a estudiar. Tras explicarle que para ese entonces no me encontraba allí cambió de tema y me preguntó por qué estaba de ilegal en Israel. De nada sirvió decir que tenía cita en el Ministerio del Interior pues para la policía no existía registro alguno. Esa misma tarde nos llevaron a una prisión que estaba detrás de la municipalidad de Jerusalem.

 

¿Qué era lo que pasaba por tu mente en ese momento?

Al momento que nos llevaban a la cárcel nos pusieron unas esposas en las manos y pese a ello traté de conservar la calma, pero cuando luego me colocaron grilletes en los pies no pude más y empecé a llorar. Nunca en mi vida había tenido problemas con la policía y aquí estaba siendo tratado como un criminal. Sin embargo por alguna razón creía que todo se iba a solucionar ya que tenía un papel del ministerio. Muy temprano al día siguiente nos subieron a un carro y nos llevaron a Ben Gurión. Nos metieron en un cuarto pequeño donde estaban todo tipo de inmigrantes ilegales, solo los de la yeshivá teníamos esposas en las manos y en los pies. Estuvimos ahí todo el día y finalmente pude conversar con la representante del Ministerio del Interior en el aeropuerto, quien me dijo que no existían datos sobre mi cita y que lo único que me quedaba era hablar con el juez. De los cinco que estábamos detenidos liberaron a dos chicos que eran judíos y otro más que tenía una novia israelí. Los dos restantes fuimos enviados a la prisión de Ramle y para ese entonces ya estaba devastado y sin fuerzas.

 

Estabas detenido y no creían en tu versión. ¿Qué pasó para que eso cambiara?

Nos pusieron en una parte de la cárcel donde estaba toda la gente que querían deportar de Israel, la gran mayoría africanos, asiáticos y árabes. Ese día un amigo que estaba en Jerusalem me fue a buscar a la yeshivá y le contaron cómo nos habían detenido. Llamó al teléfono del otro muchacho que estaba conmigo y fue así que la gente que me conocía se enteró dónde estaba. Un rabino conoció mi caso y decidió ayudarme con los contactos que tenía. Lo paradójico del asunto es que cuando fueron a averiguar si en realidad tenía una cita en el Ministerio del Interior encontraron que sí me encontraba registrado y la única respuesta que dieron fue que se había tratado de una 'equivocación'.

 

Judío, israelí y habitante de Jerusalem.

 

Pero para entonces era demasiado tarde y estabas por presentarte en el juzgado...

En ese momento estaba frente al juez y como no tenía una respuesta del ministerio se decidió que tendría una nueva cita con él al mes siguiente. El primer día que llegué a la cárcel recibí unos papeles donde decía en español que aceptaba que me deportaran del Estado de Israel. Después que el juez me dijo que tenía que esperar treinta días estuve tentado de firmarlos, pero me resistí ya que en letras pequeñas decía que si era expulsado no podía regresar en diez años. Gracias a Dios el rabino pudo ponerse en contacto con el Ministerio del Interior y tras recibir de ellos una carta fui liberado, saliendo al medio de la nada con solo 25 shékels en la billetera. Al llegar a Jerusalem ingresé a estudiar en otra yeshivá donde me prepararon para la conversión.

 

Resulta increíble que después de todo lo vivido te hayan quedado fuerzas para continuar con aquello que tanto anhelabas. ¿Cómo te sentiste al retomar el proceso para ser judío?

Es muy emocionante cuando empiezas a encaminar todo y te abren una carpeta en el rabinato. A la par de los estudios que llevaba con rabinos de la línea religiosa sionista llevaba clases en una institución jaredí y puedo decir que aprendí mucho en ambos lados. Tras casi año y medio terminé mi proceso de conversión tanto por el rabinato de Jerusalem como por el tribunal de Bnei Brak. Una vez siendo judío inicié mis trámites para recibir la ciudadanía y lo primero que hice al recibir mi cédula de identidad fue ir a las oficinas del ejército para que me enrolaran.

 

David: “Al recibir mi cédula de identidad fui a las oficinas del ejército para que me enrolaran”.

 

¿No esperaste a una cita?

Cuando uno hace aliá pasa por lo general un año para que te llamen a servir en el ejército, pero solicité hacerlo antes porque todavía tenía el miedo que me deportaran. Inconscientemente tenía la idea que algo podía pasar y busqué la forma de sentirme seguro a como diera lugar. Ingresé a la unidad de relaciones internacionales en el contacto con Jordania y estuve once meses de servicio. Durante ese tiempo aprendí mucho sobre la sociedad israelí, mejoré mi hebreo y sobretodo me sentí satisfecho de hacer un trabajo significativo para el país.

 

¿Regresaste a Honduras? ¿Cómo te recibieron tus padres?

Un mes antes de enrolarme fui a visitar a mi familia a quien no había visto en dos años. Mis padres me apoyaron en todo, al punto que acondicionaron la cocina y compraron utensilios nuevos para que pudiera comer kasher en casa. Estuve tres semanas en mi país natal pero para los últimos días yo estaba desesperado por volver a Israel y en especial a Jerusalem. Regresar a Ben Gurión con mi nuevo pasaporte fue una de las mejores sensaciones de mi vida, ya que por fin me sentí seguro que no me iban a rechazar, estaba entrando a mi país.

 

Y ahora eres parte de la sociedad israelí...

Exactamente. Trabajo en un 'call center' americano en Jerusalem donde hacemos llamadas a los Estados Unidos en inglés y en español. Dentro de poco inicio el ulpán y pienso ingresar a la universidad en octubre. Estoy interesado en estudiar Comunicaciones y Ciencias Políticas pues me interesa mucho la diplomacia. Lamentablemente el antisemitismo está vivo, especialmente en Europa y yo quiero demostrar al mundo que Israel no es un país racista. No nací en un hogar judío y sin embargo fui recibido y aceptado. De alguna forma quiero utilizar mi potencial para ayudar a Israel.

 

¿Qué le dirías a la gente que como tú está interesada en el judaísmo y lo ve como algo difícil?

Lo es. Te van a cerrar las puertas y te van a decir que no. Uno tiene que luchar con todas sus fuerzas porque lograrlo es la satisfacción más grande que puede haber. Hace cuatro años hubiese dado todo por ser lo que soy ahora: judío, israelí y habitante de Jerusalem. Y gracias a Dios aquí estoy.

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