El arte del rebusque

22.1.2017

Por Pablo Duer

Entrevista publicada en PL82 - Enero/Febrero 2017

 

 

Julio Rosenthal es un argentino que, desde muy joven, se las ha ingeniado para salir adelante. Desde su puesto en una feria de artesanos cuenta sobre los métodos, poco ortodoxos aunque eficientes, que le permiten trabajar de lo que le gusta sin pasar privaciones.

“Me mirás un minuto el negocio, voy a cargar agua y vuelvo”, me pide Julio, cinco minutos después de que el azar nos encontrara frente a frente en el medio de la multitud que inunda la feria de artesanos de Nahalat Binyamin (Tel Aviv) en los últimos días de diciembre. Entre un aluvión de turistas en busca de souvenirs para Navidad, e israelíes que se acordaron tarde de los regalos de Jánuca, él se toma un minuto para acomodar sus miniaturas y hacerle un lugar sobre la mesa a la media hamburguesa que está almorzando de parado, e ir a buscar agua al negocio de enfrente.

 

Lo conocí unos meses atrás, también de casualidad, y no tardé en etiquetarlo como un ser, cuanto menos, particular. Fue un asado en su casa en Hertzlía. En un momento, entre los choris y la carne, o tal vez entre la carne y el postre, aprovechó para hacernos un tour por su casa, cual ritual de bienvenida. Lo particular, y vuelvo sobre el término para enfatizarlo, fue que el hilo conductor de la recorrida resultó ser que casi todos los muebles, artefactos y adornos, los había encontrado en la calle. Nos fue narrando, cuarto por cuarto, la historia detrás de cada uno de esos objetos, que para él toman prácticamente la forma de reliquias.

 

Desde ese momento supe que valdría la pena hurgar un poco más. Recorrer los laberintos de su curiosidad, explorar los recovecos de su lógica y entender qué lo llevo a ser un coleccionista de objetos encontrados que vende miniaturas en una feria de artesanías.

 

Julio Rosenthal hizo aliá a los 21 años, desde Buenos Aires, y siempre se dio mania con las manualidades.

 

Me enteré así que Julio Rosenthal hizo aliá en 1980, a los 21 años. Vino desde Buenos Aires, donde había estudiado diseño de interiores. Tras algunas idas y vueltas decidió estudiar diseño gráfico en Haifa y ahí fue cuando comenzó su relación con las artesanías: “Necesitaba hacerme unos mangos y, como siempre me di mania con las manualidades, decidí ponerme a vender algunas cosas que fui haciendo. Primero fueron pulseras de telar y después unos gatitos en miniatura”. Luego vino un trabajo de oficina en un estudio de diseño, después otro en una agencia de publicidad, más tarde su primera hija y problemas de salud de su esposa, que lo obligaron a pasar más tiempo en casa. Fue así como decidió ir a probar suerte el día que entrevistaban a artesanos que querían entrar a la feria de Nahalat Binyamin.

 

Hoy, 25 años más tarde, mira hacia atrás y reflexiona: “No me hice rico, trabajé bajo la lluvia, en las buenas y en las malas, pero no sería lo que soy sin la feria”, empieza, y sigue: “A mis hijas les preguntaban qué tipo de trabajo era ese, y a mi también me hacía ruido al principio. ¿Trabajar en la calle? ¿En un puesto? ¿Cuándo iba a comer? ¿Dónde? ¿Parado?”. Las respuestas a esos interrogantes se las dio el tiempo y hoy se jacta de trabajar de lo que le gusta, en contacto con la gente y describe, con los ojos humedecidos, la emoción que le genera que la gente se pare frente a su puesto y simplemente se ría.

 

El puesto consiste de una silla y una mesa de unos dos metros de largo, que ya no recuerda cómo ni donde, pero sabe que la encontró tirada. Sobre ella, en distintas cajas o soportes improvisados, hay cientos de miniaturas de distintas formas y colores, imantadas, o enmarcadas, o con mensajes, o colgantes. “Los redonditos de Julio”, los llama, por el centro circular que casi todas comparten. Las hay con forma de animales, de soldados, de religiosos, de blancos, de negros, con mensajes ingeniosos o más clásicos, en hebreo, en inglés o en castellano.

 

Julio: “No me hice rico, trabajé bajo la lluvia, en las buenas y en las malas, pero no sería lo que soy sin la feria”.

 

Su clientela, dice, se divide en partes iguales entre locales y turistas y entre chicos y grandes. El negocio anda bien, pero fluctúa por etapas. El 2000 fue una época dorada y hoy no es el mejor momento: “Los atentados hicieron lo suyo, la gente no se siente cómoda en lugares donde hay tanta gente. Yo me las banqué todas. No había guita, no había ventas y había miedo, pero yo estuve en esta calle durante todas las guerras de los últimos 25 años”.

 

Cuando habla de la calle deja entrever que su satisfacción va mucho más allá de la cotidianidad de trabajar en una feria o del cliché de disfrutar del aire libre. La calle dista de ser sólo su lugar de trabajo, sino que es su lugar por excelencia. Parece concebirla casi como una selva, un espacio donde reina lo imprevisto y que siempre va a tener un as bajo la manga para sorprenderlo. Él, entonces, la recorre, la describe, la respira y la habita, sabiéndola impredecible. Así, desarrolló algo que él llama su “enfermedad”, y que consiste en juntar cosas que encuentra a su paso. No estamos hablando de estampitas, cartas de póker, ni nada tradicional o estereotípicamente coleccionable. Lo que Julio junta, o, en sus palabras y con un sentido más místico, “encuentra”, carece de patrón o utilidad específica. Junta por juntar. Y cuando me lo cuenta, sentado en un sillón encontrado, sobre una alfombra encontrada y comiendo un turrón blanco sobre una mesa encontrada, lo hace orgulloso, con la frente en alto y el pecho inflado.

 

No le avergüenza contar que empezó haciéndolo por necesidad en aquellos días de la Universidad de Haifa. No duda en decirme que, al día de hoy, varias de sus prendas de ropa son encontradas y que no hay un sólo día donde llegue a casa con las manos vacías. Ya sea en el baúl del auto o en el canasto que le puso especialmente a su bicicleta, siempre termina cargando algo. Ríe cuando habla de un gen hereditario que dice haberle transmitido a sus hijas, que, lejos de censurarlo, se suman a la causa: “Una noche, mi hija mayor volvía de la casa de una amiga y vio que sacaban a la calle las pertenencias de alguien que había fallecido. Eran las 24 así que dudé, pero fuimos y volvimos con el auto cargado. A la mañana siguiente, me castigaba sabiendo que los basureros se iban a llevar todo así que me fui de vuelta…”, cuenta con una sonrisa inocente pero orgullosa, y agrega que jamás duda en estacionar el auto cuando ve algo mientras maneja ni en usar el destornillador que siempre tiene a mano por si tiene que desarmar alguna cosa, “porque de todo se puede rescatar algo”.

 

Julio es un coleccionista de objetos encontrados que vende miniaturas en la feria de artesanos de Nahalat Binyamin (Tel Aviv)

 

En el jardín de su casa tiene una cabina de dos metros por dos metros que usa de taller para hacer las miniaturas y de depósito para las cosas que no tiene dónde poner. Cuando me lleva a conocerla, me la introduce como “el rincón de Julio” y me empieza a mostrar: una balanza, barras de metal, placas de hierro, cuadros, libros, revistas, metros y metros de nylon, y decenas de cosas que no tiene donde poner. “A veces, cuando sé que se está por largar a llover y hay cosas en la calle, tengo que correr antes de que se mojen”, cuenta, y enfatiza que tiene un vecino que también sale a buscar, “lo descubrí hace poco”.

 

Sin que se lo pida y antes de que termine la entrevista, intenta explicar esta “enfermedad”: “Me da pena que las cosas estén tiradas”. “Todo se puede arreglar y salvar”. “Todo se puede encontrar”. La explicación va cambiando de forma y parece no convencerlo del todo, pero finalmente parece abstraerse y cierra con una conclusión que tiene más de lección de vida que de justificación de su comportamiento: “Se puede vivir de vender miniaturas y es la vida que yo elegí. Hago lo que me gusta, administro lo que gano y vivo bien, pero son muy pocas las cosas que compro porque todo lo encuentro”.

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