“Mi pequeño México en Israel”

4.6.2017

Texto y Fotos: Pablo Duer

Nota publicada en PL84 - Mayo/Junio 2017

 

En un pequeño rincón del Shuk HaCarmel de Tel Aviv, entre puestos de falafel y de especias, entre shawarmas de pollo y de carne, un negocio diferente planta bandera, literal y metafóricamente. Su dueño, Leon Shehoah, pone en cada quesadilla mucho más que queso y unas cuantas verduras. Esta es su historia.

 

León: “Quería un cambio en mi vida y en la de mis hijos. Quería más libertad, poder salir a la calle sin miedo a los secuestros o asal­tos”.

 

Toda visita a Tel Aviv tiene algunas paradas obligadas y cada una aporta determinados ingredientes a la receta que hace a esta ciudad tan compleja, única y llena de vida. Neve Tzedek nos va a dar una clase de historia y nos va a tener que convencer de que fueron sus pintorescos callejones sobre los que se creó esta inmensa ciudad. Yafo nos va a sumergir en la diversidad y se va a encargar de que no nos olvidemos de que estamos en el corazón de Medio Oriente. El mercado de Sarona nos seducirá y probablemente nos confunda y nos transporte a algún distrito top de una lujosa ciudad europea. Sin dudas, serán luego el Namal y el parque Hayarkon quienes se hagan cargo de darnos un respiro y acercarnos un poco a la naturaleza.

 

Hay una parada, sin embargo, que funciona como un excelente resumen de la ciudad: el Shuk Hacarmel. Calles angostas, griterío constante, el olor a falafel que se mezcla con el de decenas de especias, y productos tan variados como representativos de la metrópoli más heterogénea del país. Así, entre un negocio de pan, uno de verduras, otro de humus y una zapatería, aparece uno de esos puestitos típicos de mercado, consistiendo nada más que de un carro de acero, unos cuantos fierros y un pequeño frente vidriado. Hasta acá, todo normal, o al menos predecible. Pero si bajamos un poco la mirada nos encontraremos con un cartel que identifica a este puestito y consigue simultáneamente encajar -en la diversidad- y desentonar con la lógica del Shuk: “Quesadillas Mexicanas”, aparece escrito en letras negras, sobre un fondo blanco, verde y rojo. Detrás de él, como parte infaltable de la escena, está León, con una remera naranja sudada, un delantal gastado, una sonrisa despreocupada y una voz ronca, casi caricaturesca, que con una “r” bien latinoamericana interpela: “¿Rotzé quesadilla?”

 

Pero yo no vengo por una quesadilla. Aunque, admito, tienen una pinta bárbara. Vengo, en cambio, a escuchar su historia y la del puestito, a desandar los caminos que lo llevaron a estar esta tarde de viernes alegrando con su infinita desvergüenza a un mercado que pocas veces prioriza el humor por sobre las ventas.

 

“Precioso, soleado y con calor”, me responde ante la pregunta sobre cómo viene el día. Ni se le cruzó por la cabeza que me podría referir a las ventas. “No sé, creo que bien, lo que se vende se vende, a veces mejor y otras veces peor, pero no llevo la cuenta”, explica ante mi aclaración, con una inocencia tal que parece intencional.

 

León: “Saco para vivir. Y lo más importante es que vivo de algo que me gusta” 

 

 

La charla nos lleva entonces a su historia de aliá. Así, nos transportamos a la Ciudad de México, seis años atrás: “Quería un cambio en mi vida y en la de mis hijos. Quería más libertad, poder salir a la calle sin miedo a los secuestros o asaltos”. De esta manera, pasó de fabricar jeans, camisas y remeras a probar suerte como pintor, repartidor de flores, remisero y panadero, en la tierra donde nació su padre y con la que siempre se sintió identificado. “No fue un proceso fácil -reconoce-, al principio me costó mucho adaptarme y conseguir trabajo. Luego pasé por una separación complicada y un momento difícil también en lo económico, pero en esta vida, si algo te quitan, es porque te lo tienen que quitar, es así, y todo es aprendizaje”, cierra, con una sonrisa que lejos de mostrar resignación, evidencia un estilo relajado para enfrentar la adversidad.

 

Tal vez sea simplemente un estilo, o tal vez un costado espiritual que sus formas poco elegantes traducen en mera simpleza, pero, durante toda la charla, esa paz interior se mantendrá inalterable. Por momentos, incluso, mutará a un formato tendiente a lo pedagógico, como cuando relata la experiencia de convivir con un rabino hiper obeso que lo alojó y alimentó por meses a cambio de que lo llevara y trajera del médico: “Fue una experiencia inolvidable. Yo lo ayudé mucho y él también a mi, en un momento difícil”. Así, empieza a evidenciar una constante en su relato: el sacrificio, característica que se desprenderá de su relato, sin abordarla jamás de forma explícita.

 

La historia empieza entonces a acercarse de a poco a la actualidad, al carrito y a las quesadillas. Haremos primero una rápida parada en sus años de chef en México, donde tuvo dos restaurantes  y donde, se jacta, siempre fue el encargado de cocinar para su familia. Me llevará luego consigo a esas mañanas donde recorría Tel Aviv a pata, cargando una canasta con tacos y burritos y entrando, por ejemplo, y con más jutzpá que cualquier israelí, a todas las oficinas de la Bursa hasta ganarse el apodo de “Taco Man”.

 

Ya instalado hacía un tiempo en Bat Yam, decidió que era tiempo de sacar el as que se trajo bajo la manga desde México. Ese as, su as, es el carrito que hoy hace a veces de su oficina, y que, con más fe que realismo, decidió poner en su container al hacer aliá y desempolvar cuando las papas quemaban. Fue así como, tras alquilar un pequeño rinconcito en el Shuk, lo empostró al piso, le puso el cartel de Quesadillas Mexicanas, una bandera Mexicana de fondo y, con poco más que ganas y el hambre de progresar, abrió su primer negocio propio en Israel.

 

Hoy, un año después, está orgulloso de su decisión. Casi tan orgulloso como de su guacamole, que cuando se lo elogio y le tiro un centro para que me de la receta, se aviva y me responde: “No, el guacamole es mi secreto y no se lo doy a nadie”. Se dispone entonces, como a modo de compensación, a describirme con minuciosidad los ingredientes de cada una de sus quesadillas: las clásicas son de queso solo, después están las de verdura, las de papa, las de frijol y las de champiñones, siempre con la opción, como su nombre lo indica, de agregarles queso. La clave, agrega, es el exceso de aceite: “Arbe shemen. Ein shemen, ein tam, ¿Mebin?”, suelta junto con una carcajada, como riéndose de su propio acento.

 

Es el lugar donde pasa la mayor parte de su tiempo - por lo menos de 9 a 17 de domingo a viernes - 

 

 

La alegría es otra de las constantes durante la charla, a pesar de que la adversidad se hace sentir en la humusería que tiene enfrente y que tiene gente haciendo cola en la puerta. En el vendedor que, a pocos metros de él, grita sin cesar “buriiika, buriiika, buriiiika” y dificulta su diálogo con los clientes. En el calor que parecía llamado a darle un descanso de tanta lluvia pero que ya lo hace sudar desde temprano y pone a prueba la potencia de la pequeña heladera donde guarda sus productos. Su reacción, una vez más, es la aceptación y el énfasis en la mitad del vaso lleno: “El verano trae turistas y el de la bureka es mi amigo, igual que el de la aceituna y el de las ensaladas, que es familiar del que me renta el espacio”.

 

Para León, el Shuk, que no deja de ser “un pinche mercado”, es como su casa. Es el lugar donde pasa la mayor parte de su tiempo - por lo menos de 9 a 17 de domingo a viernes - y que le da de comer. “Saco para vivir. No me hago millonario pero pago mis gastos, sobrevivo y voy para adelante. Y lo más importante es que vivo de algo que me gusta”, enfatiza aunque confiesa que extraña mucho su México natal. “La comida, mis amigos y mis motocicletas”, resume antes de aclarar, sin embargo, que su negocio lo acerca a su tierra: “Es como mi pequeño México en Israel”. Sobre el final y antes de cerrar, confiesa que tiene como objetivo abrir un restaurante Mexicano en Tel Aviv: “No un restaurante común, sino de delicatessen. Me traería los ingredientes de México y haría el mejor chile relleno, guisados y tamales”. De repente, sin embargo, frena y aclara que por ahora es solo un sueño y que, al fin y al cabo, hoy está bien como está.

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