Cuando hay dos y son tres

1.8.2017

Por Adriana Cooper

Nota publicada en PL85 - Julio/Agosto 2017

 

Hay un aspecto judío que se extraña al vivir en muchas calles de la diáspora y más cuando uno sale de la sinagoga y el club judío local: esa costumbre de debatirlo todo, ese dicho que dice que “donde hay dos judíos hay tres opiniones”. Cuando estaba en Israel, el autobús era uno de esos escenarios de debates. A veces ocurría que estaba mirando el paisaje de la calle King George en Jerusalem a través de la ventana cuando veía a dos pasajeros cuestionando la existencia de D-s. No importaba si era la línea 19, 9 o 4 Alef, siempre había conversaciones que cuestionaban mi forma de ver el mundo, me daban otro punto de vista o me hacían reír por el grado de “jutzpá”, que se puede traducir como insolencia.
O ¿cómo explicarle a un extranjero que la señora que tienes en el asiento de al lado te está preguntando por qué no te has casado, por qué sigues con tal novio, cuál es la razón de que no te hayas pasado de apartamento, qué pasa con tu hijo o hija que se comporta de esa forma? Aún recuerdo aquella rueda de prensa que Benjamín Netanyahu ofreció a propósito de un asunto de gobierno y uno de los periodistas locales levantó la mano para intervenir y preguntar con tono de opinión: “Bibi, y ¿cómo se te ocurrió hacer esto?". 
Yo, acostumbrada a los formalismos latinos, al protocolo y a ver la reverencia hacia los poderosos que incluso lleva a anteponer la palabra “señor” o incluso “doctor” antes del trato, me llamó la atención ver tanto desparpajo. 
Por aquellos días había empezado un curso en la universidad que me permitió entender de dónde venía ese deseo de preguntarlo todo. Estaba ante mis ojos, ahí en la Torá, en el libro más importante; el mismo en el que Sara le cuestionó a D-s el hecho de ser madre a edad avanzada. El mismo en el que Moisés le preguntaba temas a D-s una y otra vez sin pena, sin solemnidades. El Talmud, otro de los libros judíos reconocidos también hablaba de eso. Y cómo olvidar aquel debate del Horno de Ajnay en el que D-s intenta intervenir en un debate a favor de  rabí Eliézer ben Horkanos y termina derrotado. Amos Oz y Fania Oz – Salzberger lo citan en su libro “Los judíos y las palabras”:
(…) De nuevo, Eliézer les dijo: “Si la Halajá está de acuerdo conmigo, ¡que esa corriente de agua lo demuestre! Dicho esto, la corriente de agua fluyó hacia atrás. “Ninguna evidencia puede extraerse de una corriente de agua”, replicaron. Una vez más, él insistió: “Si la Halajá está de acuerdo conmigo, ¡que las paredes de esta escuela lo demuestren!”, y a continuación las paredes se inclinaron para desplomarse. Pero rabí Yehoshúa las reprendió diciendo: “Cuando los eruditos están envueltos en un debate halájico, ¿por qué tienen ustedes (objetos y elementos naturales) que entrometerse?”.
En ese mismo libro, Oz dice que “nada es demasiado santo, demasiado temido o demasiado querido para que no pueda ser satirizado. Al igual que respecto a la abuela, también respecto a Dios: hay a menudo un pequeño himno irónico encerrado dentro del chiste. (…) “Desde Moisés e Isaías a Shmuel Yosef Agnon y Philip Roth, los judíos han estado dispuestos a verbalizar enseguida sus propias deficiencias, individuales o colectivas con la gracia de quien hábilmente se autoanaliza sin cesar. Esa irreverente irreverencia es una de las características judías por excelencia”.
En el caso de los judíos latinoamericanos podría decir que esa irreverencia sumada a la amabilidad inevitable que nos sale del cuerpo aunque no lo planeemos, hace que aunque seamos dos haya tres opiniones. Y con gracia, que ya es mucho.

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