Queremos ayudar a los niños a entender que pueden soñar, estudiar y pensar

1.8.2017

Texto: Jessi Peltz / Fotos: cedidas por los entrevistados
Entrevista publicada en PL85 - Julio/Agosto 2017

 

En esta nota presentamos las distintas patas que conforman “Mochileros sin fronteras”, una organización que todos los años lleva a jóvenes israelíes a hacer voluntariado en comunidades de distintas partes del mundo.

 

Desde hace años, y cada vez más, se pueden ver grupos de israelíes recién salidos de la tzavá paseando, con sus grandes mochilas a cuestas, a lo largo y ancho del mundo. Ya sea descansando en las paradisíacas islas del Sudeste Asiático o recorriendo a dedo cada rincón de Sudamérica (todavía recuerdo mi sorpresa un verano en el que, subiendo al refugio Jakob en Bariloche, me encontré con que el cartel que indicaba el camino estaba en hebreo), lo cierto es que el viaje post ejército se convirtió en un rito del que ningún chico o chica se quiere quedar afuera. Tarde o temprano –según el tiempo que les lleve poder juntar el dinero suficiente para viajar- todos los jóvenes emprenden este periplo de varios meses. Sin embargo, fue Gili Cohen quien, esperando junto con su esposa el comienzo del shabbat un viernes en la casa de Jabad en Koh Samui (una isla de Tailandia), admiraba con sorpresa la llegada de cientos y cientos de jóvenes israelíes viajeros cuando súbitamente tuvo una gran idea: aprovechar la existencia de todos estos mochileros desplegados por distintas partes del mundo para formar delegaciones de voluntarios con aquellos que quieran iniciar su viaje realizando ayuda social durante dos semanas en las comunidades locales que lo necesiten.

 

Los mochileros y El Leoncito Dan junto con los chicos en la cancha del barrio.

 

Así fue cómo hace tres años nacía “Mochileros sin fronteras”, un proyecto del que ya participaron alrededor de 200 voluntarios y que hoy en día brinda su ayuda en India, Etiopía, Argentina, México y Guatemala. Gili, israelí de 30 años que creó y dirige la organización, cuenta que su objetivo no solo es transmitirles el valor de la solidaridad a los jóvenes que realizan el programa, sino también poder mostrarle al mundo una imagen de los israelíes distinta de lo que suelen presentar los medios de comunicación: “Para nosotros es importante que se sepa que en Israel hay gente que quiere dar amor de todo el corazón”. 

 

LOS MOCHILEROS EN ARGENTINA
Luego de una exitosa primera experiencia en India, y tras haber decidido que Argentina debía ser el próximo destino ya que muchos de los jóvenes decidían comenzar su viaje en este país, en noviembre del 2015 de la mano de El Leoncito Dan arribó a Buenos Aires el primer grupo de “Mochileros sin fronteras”. Danielle Dori, una joven de veintiséis que nació en Estados Unidos e hizo aliá cuando tenía tres años, es la directora de la delegación argentina de mochileros y explica que el trabajo social que realizan consiste por un lado en la construcción de algún espacio físico que precise el barrio en cuestión y por el otro en hacer apoyo escolar y preparar actividades de recreación para los niños que habitan en la zona: “Cada año vamos un grupo de 20 a 25 voluntarios. Con la primera delegación empezamos a construir un comedor para el barrio, para que las mamás de la iglesia puedan cocinar para todos los niños que llegan a la cancha. Cuando estuvimos la última vez el comedor ya estaba listo para usar (…) También podemos enseñar en la iglesia, en la cancha local y el año pasado empezamos a dar clases en una de las escuelas. Nosotros estamos muy abiertos a ideas de la comunidad local, lo que quieran aprender vamos a enseñarles”. A su vez, durante los fines de semana los chicos realizan distintos encuentros con grupos de líderes de Macabi, institución que los hospeda, en donde intercambian vivencias y experiencias con jóvenes judíos argentinos. Danielle también aclara que si bien todo aquel que terminó el servicio del ejército puede presentarse para ser un mochilero, todos los que son finalmente seleccionados y participan de “Mochileros sin fronteras” se preparan, entre otras cosas, realizando previamente un voluntariado en Israel.

 

Los mochileros preparándose para una jornada de voluntariado. 

 

 

Entre las primeras dificultades con las que se encontraron cuando llegaron al país, Gili y Danielle recuerdan cómo tuvieron que aprender rápidamente las características de los niños argentinos, qué tipo de actividades les interesa y qué cosas los motivan a aprender: “Cuando llegamos a Argentina y tratamos de dar las mismas clases que habíamos dado para los niños de India, vimos que nadie estaba trabajando. A los niños argentinos les gusta correr, les gustan las cosas activas, mientras que los niños de India se sientan y escuchan y son más tranquilos. No sabíamos qué hacer con esta dificultad. Nos sentamos a la noche, preparamos las clases de nuevo pensando en esto y al día siguiente todos estuvieron más cómodos porque hicimos la clase más movida”. 

 

Por otra parte, Jaim Gromadzyn y Paula Schapiro son los creadores de la organización civil El Leoncito Dan, surgida en honor a su hijo Dan que en el 2009, con casi 23 años, fallece de un cáncer de colon. Además de los proyectos que realizan durante todo el año, El Leoncito Dan se ocupa de recibir cada año a los distintos grupos de mochileros y de planificar las tareas con las que colaboran durante su estadía en Argentina. En pleno Villa Crespo, mientras se toma un tecito para hacerle frente al invierno, Jaim me cuenta de qué forma comenzó su participación en este proyecto: “Un día me llama Lea de la Embajada de Israel, que es la secretaria del departamento de Cultura y una gran amiga, y me pregunta si conozco algún proyecto solidario de construcción o de trabajo en la Capital para hacer con un grupo de mochileros y me cuenta sobre la ONG. Al principio le dije que no pero al ratito me acordé que un año antes habíamos tenido una mesa en Macabi donde había unas mujeres a las que Shoresh –el programa de voluntariado de dicho club- ayudaba (y a las que finalmente les construimos el comedor) que vinieron a pedir colaboración. Así que juntar ambas cosas fue como seguir los pasos de Dan porque Macabi era su club y además él era miembro de Shoresh y siempre fue muy pro Israel”.

 

Los mochileros y los chicos disfrutando de un día de juegos y aprendizaje.

 

Entre las mayores satisfacciones que vivieron junto a “Mochileros sin fronteras”, Jaim y Paula destacan ese primer encuentro entre los leoncitos y los mochileros, la inauguración del comedor que permite que hoy 160 chicos puedan comer y hacer sus actividades ahí, e incluso un paseo turístico que realizaron con un grupo de voluntarios a la cancha de Boca. Cuando les pregunto acerca de los mayores desafíos que se les presentan, ambos coinciden en que lo más difícil para ellos es tratar de salir de la perplejidad que sienten frente a la pérdida de su hijo Dan y poder hacer trascender su memoria, lo cual intentan lograr día a día mediante su labor en El Leoncito Dan: “Como padre te quedás sin ninguna respuesta, sin ninguna, es como que te cortan la cabeza. No podés reaccionar, no hay manera. Hay que tratar de encontrar algo que te pueda volver a traer la forma de nombrarlo, volver a traer su voz, porque la voz se fue, la voz se escapa, se te escapa la imagen, se te escapan los gestos, se te escapan los detalles (…) Nosotros encontramos, a través de esto, la trascendencia de su memoria y de su voz y de su hacer con algo significativo, a través de la continuidad de un legado. Él nos dejó el legado y nosotros lo tomamos”.   
Maia Vertenshtain, israelí de 22 años que desde chica habla español porque su papá es uruguayo, fue una de las participantes del primer grupo de mochileros que viajó a Argentina. Luego de haber terminado sus dos años de servicio en el ejército en agosto del 2015, se enteró casi por casualidad de la existencia de un voluntariado llamado “Mochileros sin fronteras” 
–un conocido de la amiga con la que Maia estaba hablando por celular agarró el teléfono y comenzó a contarle desde el otro lado de la línea los detalles de esta organización- y enseguida se enamoró del proyecto: “La verdad que desde el momento que entré a Internet y escribí “Mochileros sin fronteras” (Fighters for life en inglés o lojamim le lo gvulot en hebreo) dije eso es algo que necesito hacer porque siempre trabajé con niños, me encanta el español, me encanta Sudamérica y me di cuenta que era exactamente para mí”. 

 

Los mochileros realizando actividades de recreación con los chicos del barrio.

 

Con seguridad afirma que lo que más la marcó de toda su experiencia en el voluntariado fue el shock que le generó poder ver tan de cerca la cruel desigualdad social que hay entre dos barrios vecinos, uno en el que la vida es muy buena y otro en el que hacen falta incluso las cosas más básicas: “Macabi es muy rica, hay lugares para jugar, tenés siempre comida, no necesitás pensar en eso. La diferencia es que hacés un paso para el barrio y es impresionante. Y dar ese paso fue un shock”. Por último agrega que este viaje es el mejor regalo que recibió en toda su vida porque le permitió mostrarles a esos chicos que también ellos tienen derecho a un buen futuro: “Queremos ayudar a los niños a entender que pueden soñar, estudiar y pensar. Queremos hacer algo para que ellos entiendan que aprender no es malo, que tienen la capacidad de ser alguien en la vida y no solo pensar que van a ser el próximo Messi. Lo siguiente que queremos hacer es trabajar con los padres para que ellos también entiendan que estudiar no es algo malo, sino que poder recibir educación es algo fundamental”.

 

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EL LEONCITO DAN

El Leoncito Dan es una organización civil que funciona desde el 2009 y que en el presente cuenta con 100 voluntarios y brinda su ayuda a aproximadamente 1000 chicos por año.  Creada por Jaim Gromadzyn y Paula Schapiro en honor a su hijo Dan, esta ONG (que lleva su nombre porque cada vez que Dan recorría los barrios haciendo voluntariado lo hacía, como buen fanático de Estudiantes de La Plata, llevando un títere de un leoncito), surge como una necesidad frente al sinsentido generado por la pérdida de un hijo. Cuando unos meses después del fallecimiento de Dan, Jaim y Paula reciben un dinero por un trabajo que él había realizado y que no había llegado a cobrar y ambos deciden hacer una donación en los lugares en los que Dan hacía trabajo social, se dieron cuenta que más que plata lo que hacían falta eran juguetes y libros y sobre todo tiempo para dedicarle a los chicos. Por eso decidieron realizar una jornada de recreación y el 19 de diciembre del 2009 comenzó lo que sería el primero de muchísimos proyectos de voluntariado organizados por El Leoncito Dan. El objetivo principal de la ONG es replicar lo que Dan hacía en vida: un trabajo solidario con los niños, darles una mano para que por lo menos por un rato puedan pasarla mejor. Algunas de las principales actividades que realizaron hasta ahora son el programa para animar cumpleaños y la construcción de estructuras específicas, como un espacio comunitario en Weisburd, un merendero en un barrio recluido de Santiago del Estero e incluso una plaza en Rosario del Tala, Entre Ríos. Tanto Jaim como Paula sueñan con, algún día, poder armar una filial de El Leoncito Dan en Israel. Mientras tanto el desafío es continuar haciendo cada vez más y más cosas para los chicos y así reencontrarse, de alguna forma, con Dan.    

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