Mi portero aventurero

13.10.2017

Texto y Foto: Dana Labaton

Nota publicada en PL86 - Septiembre / Octubre 2017

 

Tener portero en Israel es bastante atípico. La mayoría de los edificios sabras no incluyen ni siquiera ascensor, así que mucho menos van a incluir personas que cuiden cuando no hay tampoco mucho de qué cuidarse. Ante la falta de ladrones y demás peligros que abundan en otros países donde viví, uno de los principales beneficios que ofrecen los porteros en Israel, es aceptar los paquetes que uno compra online; que siempre llegan cuando uno está en el trabajo y no hay nadie para recibirlos.

La sorpresa de aterrizar de Brasil, y descubrir un portero en mi nuevo hogar en Israel fue brevemente feliz. Por unos instantes supuse que tendría acceso a ayuda masculina ilimitada para cambiar lamparitas, arreglar la manguera del lavarropas; y demás problemas que surgen en la cocina y sus respectivos electrodomésticos. Pero rápidamente descubrí que a diferencia de su colega en San Pablo, la versión israelí no era all inclusive. Oded Kravitsky, el protagonista en cuestión, parecía tener unos 200 años; casi no escuchaba y usaba unos anteojos con tanto aumento que evitaban apreciar unos ojos celestes cielo bastante intimidantes. Tampoco era muy simpático ni charlatán. Toda su labor se limitaba a abrir la puerta del edificio sin saludar ni moverse de su escritorio, mediante un botón escondido vaya a saber uno dónde. Las pocas veces que le pedía que guardase la llave para dársela a mi hija (porque se la había olvidado); refunfuñaba en voz baja mientras agarraba el llavero en cámara lenta y lo guardaba en otro de sus escondites secretos. Varias veces me queje inútilmente ante el consorcio sobre su capacidad para ir al baño exactamente cuando llega el cartero con el paquete que compré online (y por lo tanto no recibirlo); y su falta de solidaridad para ayudarme cuando llegaba cargada con bolsas del supermercado. Pero un día, un año y medio más tarde, todo cambió. 

 

Oded, el encargado de mi nuevo hogar en Israel.

 

 

Fue durante la última visita de mi tía. Recién llegada de Buenos Aires, no bien me entregó mi encargue de Bananitas Dolca y galletitas Criollitas, bajó a fumar a la entrada del edificio debido a la falta da balcón. Luego de 40 minutos y 3 cigarrillos, subió con un comentario impredecible: “¡Tu portero habla castellano!” Después de casi atragantarme con la Criollita que estaba masticando con tanta emoción, logré articular un “¡Imposible!” con la boca todavía llena. Ante mi sorpresa, mi familiar comenzó a relatar historias de un joven Oded, por entonces comandante mayor de la aeronáutica israelí, viajando a lo alto y ancho de la Argentina para vender aeronaves de combate. Mientras tomaba un mate para bajar la galletita sorprendida a medio camino; continué escuchando aventuras que incluían aeroplanos Mirage y Aravá, andanzas en México, Guatemala y Honduras; y reuniones de negocios con el gobernador de Jujuy. Allí fue donde finalmente terminó mi aventurero sus peripecias, debido a un altercado de salud por el cual debió volver a Israel; adonde bajó todos esos kilos que había subido por su adicción a las mollejas, las mujeres argentinas y el tinto. 

El jetlag de mi tía nos obligó a ir a dormir temprano. Luego de acostar a las chicas, me dormité mientras intentaba avanzar en la novela de espionaje que estoy leyendo hace dos años y no me resigno a abandonar. La noche transcurrió pacíficamente, sino fuera porque le dediqué a Oded un sueño donde los aviones israelíes convivían con el tango, las mollejas y las llaves de mi hija. El protagonista en cuestión no vestía en mi  fantasía un uniforme militar; sino que se veía más parecido al Súper Agente 86.

A la mañana siguiente bajé para llevar a las chicas a la escuela y lo vi. Algo había cambiado en él. Su velocidad para apretar el botón que abre la puerta, parecía haberse agilizado. Su escondite para guardar las llaves de los inquilinos olvidadizos, me parecía ahora más estratégico que nunca. ¿O era quizás mi mirada, ahora menos impaciente y más respetuosa,  la que podía apreciar el paso de los años y sus secuelas? Quise decirle que yo también podía escuchar sus historias de la juventud, y practicar el castellano que se estaba oxidando. Pero un Boker Tov  automático salió de mi boca antes de que pueda evitarlo, respondido por un inesperado “Buen día” combinado con un guiño de su ojo izquierdo apenas visible debido a sus gafas empañadas.

El vecino del quinto nos interrumpió para avisarle que debía recibir un paquete de 1:30 a 5:00 pm; período durante el cual por H o por B, Oded no se encontrará tras su escritorio. No obstante, ya no lo acuso ante el consorcio de ir al baño cada vez que llega el cartero para traer un paquete. Tras conocer su pasado y exagerar sus hazañas, prefiero imaginarme a este señor de actualmente 82 años; en alguna aventura que incluye aviones de combate e ilustres gobernadores argentinos; mientras nos  protege de los delivery de las pizzas equivocadas, y sobredosis de publicidades indeseadas que puedan ponernos en peligro.
 

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