¿Cómo desconectarse de un proveedor de servicios israelí, sin morir en el intento?

4.12.2017

Por Dana Labaton

Nota publicada en PL87 - Noviembre/Diciembre 2017

 

 

Muchas veces mis familiares cuestionaron el modelo de “diario íntimo” de mis columnas tan personales en Piedra Libre. El argumento principal es que con tantas cosas interesantes o preocupantes que pasan en el mundo; a quién le iba a importar si sé o no sé cocinar, si me dejo las arrugas o me pongo botox; y demás anécdotas que ya he compartido con mis lectores rezando que nunca me reconocieran en la cola del supermercado. Al fin y al cabo -protegida por el anonimato visual de nunca haber incluido una fotografía, y suponiendo que nadie estaría lo suficientemente curioso como para Googlearme - mi intención de relatar catárticamente mis vivencias no es solo para desahogarme (pero sin gritar por la ventana para evitar que todo el vecindario se entere). Mi objetivo primordial al escribir estas notas tan íntimas es desmitificar los patrones que la sociedad cataloga de “negativos” y poder reírnos juntos, sabiendo que somos uno de tantos que no cumplimos con la lista de requisitos que las redes sociales adoctrinan; y al mismo tiempo foguear a mis seguidores para prevenir que cometan los mismos errores que la susodicha (o al menos que no se sientan unos extraterrestres por caer en ellos). 
En esta oportunidad entonces, quiero exponerles el largo y desafiante proceso de desvincularme de un proveedor de cable, para darles esperanza y comprobar que “si se quiere, se puede”. Sin nombrar a la compañía para evitar conflictos legales, puedo confesar que fueron varias las veces que durante un año llamé a la empresa en cuestión. Si sumo todas las horas de “música de elevador” que escuché mientras manejaba, preparaba la cena y bañaba a mis hijas; puedo llegar a completar un día entero. La primera vez que llamé, no me di cuenta que habían transcurrido cuarenta minutos porque iba conduciendo distraída en un embotellamiento camino a la oficina. Cuando finalmente me atendieron ya había llegado a mi trabajo. Al oír el empleado del otro lado de la línea que mi intención era desconectar el servicio; me castigó con otra sobredosis de la misma melodía hasta que tuve que cortar para entrar a una reunión. Supongo que los funcionarios de dicha corporativa, están entrenados para evitar que un cliente se quiera escapar. Y cuando detectan tal escenario, tienen una lista de procedimientos a seguir: como pasar la llamada a otro empleado que te vuelve a proponer una oferta más económica, no sin antes volver a preguntarte todos los datos para identificarte y el motivo por cual una quiere dejar de pagar. La primera vez que logré hablar con un ser humano autorizado para desconectarme -creo que era la cuarta persona a quien le transmitieron mi llamado- me convenció de aceptar una oferta que ya ni me acuerdo el precio; de tan mareada que estaba por la radiación de estar 3 horas en la línea. 

 

"La primera vez que llamé, no me di cuenta que habían transcurrido cuarenta minutos porque iba conduciendo distraída en un embotellamiento camino a la oficina. Cuando finalmente me atendieron ya había llegado a mi trabajo". Foto ilustrativa: © Ocusfocus | Dreamstime.com

 


Otra llamada inolvidable fue cuando el auxiliar a cargo implementó una novedosa jugarreta (no sé cómo se llama la técnica) donde terminé llorándole sobre los altos costos de vivir en Israel. Luego de escucharme con paciencia, me aconsejó bajar los gastos del supermercado e incluso averiguar de mudarme a una ciudad más económica; pero nunca bajo ninguna condición cancelar el servicio de cable en un hogar con niños. 
Con el tiempo fui aprendiendo a qué hora llamar y qué tener a mano, acorde al procedimiento que emplean tales compañías para ganarte por cansancio. Me armé un kit con todos los datos que requieren, para tenerlos a mano por si me atendían en todo momento y lugar. Luego de que una mañana me paró la policía por hablar mientras manejaba, obviamente con la empresa en cuestión, comencé a hacer caminatas para concretar el llamado ansiado, pero evitar otra temida multa.  Aprendí también que tenía que hablar sin ningún dejo de simpatía ni duda. Practiqué con esmero junto a amigos y familiares; sin dejar oír un atisbo de debilidad. El día tan esperado llegó con la primera lluvia de otoño. A esta altura, no solo caminaba rápido, sino que había comenzado a correr 5 kilómetros. Conociendo con anticipación la duración del llamado, me había instalado una aplicación en el teléfono que me decía cuando caminar y correr mientras escuchaba de fondo la música de elevador; pero esta vez con un auricular para evitar la radiación. Luego de 30 minutos de correr bajo la lluvia, me atendió un funcionario. Hablé con firmeza y seguridad. 
"Me quiero desconectar ahora”. Luego de repetir la frase a 3 personas diferentes que intentaron convencerme de lo contrario y ofrecieron promociones inventadas específicamente ante la ocasión; me atendió una empleada con un fuerte acento a "conmigo nadie se desconecta". Pero mi entrenamiento logró sus frutos y luego de lo que simuló ser una eternidad, me dijo que en las próximas 48 horas otro empleado me iba a llamar para desconectarme. No era la primera vez que llegaba a esa instancia. El problema es que tal llamado solo suena un RING, luego del cual si uno no contesta a tiempo, los funcionarios están entrenados para cortar y argumentar que ellos llamaron, pero nadie atendió. Por lo cual pasé las dos jornadas siguientes sin usar el teléfono ni dejar que mi hija mire YouTube en mi dispositivo móvil, desafío tanto o más difícil que desconectarme del servicio en cuestión.  
Cuando finalmente sonó el llamado esperado, corrí tan rápido que casi rompo el record de la última Olimpiada. Sorprendentemente el subalterno no hizo nada para evitar el desencadenamiento previsto. Yo tenía a mano los últimos 4 dígitos del método de pago utilizado y mi teudat zeut. Pasó todo tan apresuradamente que no tuve tiempo de reaccionar: había logrado la desconexión, pero concerté la búsqueda del aparato que tienen que retirar (ese artefacto negro que se llena de polvo y pelos) una jornada laboral de 11am a 3pm. Me tuve que tomar un día franco en el trabajo, pero valió la pena. El vacío existencial luego de que vinieron a retirar la caja negra duró solo unos instantes. Luego de los cuales me dirigí hacia la heladera donde había pegado la lista de servicios a los que me quiero desconectar y taché el primero…le seguían unos diez. Recordé la frase: "Lo que no te mata te hace más fuerte" mientras me servía un vaso de vino para celebrar el merecido logro, y escuchaba la música de elevador del Seguro del Horno.

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