Cita a ciegas

4.12.2017

Por Marcos Lion

Nota publicada en PL87 - Noviembre/Diciembre 2017

 

 

Bruce Willis había sido advertido por sus amigos que no le diera de tomar nada de alcohol a Kim Basinger, pero de no haberlo hecho no hubiéramos podido disfrutar de una de las versiones más divertidas de una cita a ciegas que el cine nos brindara allá por fines de los años ochenta.
Es que cada encuentro entre personas que no se conocen, es sin duda, un guión que podría llevarse a la pantalla; y en todos sus géneros puede ser trágico o cómico, en igual medida, aunque, en definitiva, también debemos decirlo, a veces puede ser romántico…
Ustedes dirán que lo lógico sería esto último, pero es un pensamiento prejuicioso que deriva solamente de la esperanza que tienen los presentadores por sobre las realidades de los presentados.
Desde épocas remotas existe el personaje de la casamentera. Si bien antes la tradición marcaba que los futuros matrimonios eran “acordados”, el rol de la casamentera era mostrar sus habilidades en los casos difíciles como podrían ser, una familia con tres hijas, la segunda y la tercera tienen pretendientes, pero la primera no; la presión familiar crece ya que dos hermanas están pidiendo pista para la jupá, y la mayor, la primera, aquella que fue la reina de la casa, está sentadita esperando. La casamentera, “shajente”, era hostigada hasta el cansancio por los padres de las chicas que no querían perder dos casamientos pendientes y aún tenían “el clavo de la grande”. La hermana mayor se veía obligada en definitiva a dejar de lado preferencias y fantasías sobre príncipes azules, y terminar casándose con otro clavo, pero masculino. Fin de la película, ¿y la felicidad?, quedó pendiente.
Esa costumbre de las casamenteras se ha trasladado de generación en generación. Hay como una tendencia, pareciera una necesidad, la de juntar solos con solas. Y a pesar de que hoy el mundo cibernético desarrolla comunicaciones virtuales en todas formas y colores, aún está el amigo, el primo, el vecino, el compañero de actividades que viene y te dice, ¿Y, estás saliendo con alguien?...o bien de la nada, en medio de una charla sobre cualquier tema, economía, arte, fútbol, surge un comentario sobre alguien que hace poco se casó, o que se está por casar…y viene el ¿Y vos en que andás? Tanto hombres solos como mujeres solas, nos vemos envueltos por una “sana” preocupación de quienes nos rodean y tienen alguien para presentarnos. Ese alguien que muchas veces reúne por única condición estar también solo, pero ningún punto de conexión con nuestras vidas. 
Las citas a ciegas, nunca mejor puesto su nombre, cubren la necesidad casamentera de quienes presentan antes que las necesidades reales de los presentados. Y voy a citar ejemplos propios que me han tocado vivir en diferentes momentos de mi vida en los que estuve solo. 
La primera etapa de soledad post pareja la tuve a mis 35 años. Después de un duelo de casi seis meses sin salir a ningún lado decidí empezar a levantar cabeza de nuevo. Ni bien puse un pie en la calle pública de la soledad, me empezó a rodear la solidaridad de amigos y familiares y así, conocí amigas y parientes de muy diferentes grados. Desde alguien directo…” te doy el teléfono de mi prima hermana”, o de mi hermana ¿por qué no?, hasta el ” te paso el número de una chica que es amiga de una compañera de la primaria de una chica que está saliendo con el primo de una vecina de mi tía, y que dicen que es macanudísima”.

 

Cada encuentro entre personas que no se conocen, es sin duda, un guión que podría llevarse a la pantalla. Foto: © Kiosea39 | Dreamstime.com

 


Los solos, que tenemos una idea de que persona nos gustaría para nuestras vidas, que tipo de gustos preferimos, cedemos ante la presión social circundante y el riesgo de ser tildados de ermitaños, o de “a vos no hay camisa que te quede bien”.
 Y si bien sabemos que las citas a ciegas difícilmente nos acerquen a la búsqueda, abrimos las puertas a lo desconocido y que sea lo que sea…

Daré algunos casos de vivencias propias, todas alrededor de los años 90 en donde no había redes sociales, ni Google para saber de quién se hablaba. Los nombres que aquí cito son ficticios, con el fin de preservar la privacidad de las verdaderas protagonistas.

Josefina era prima de un compañero de trabajo. En el teléfono sonaba agradable, si bien cuando le pregunté qué tipo de cena prefería a fin de buscar un lugar acorde previamente, me dijo livianamente:” Sorprendeme” …Ese sábado a la noche la pasé a buscar y llegamos a un restaurante de pastas. Luego de estacionar y bajar del auto, me dijo que en verdad se estaba cuidando y preferiría otra cosa. "Por supuesto", dije con una sonrisa, ya que en verdad, un poco le hacía falta cuidarse. Raudamente me dirigí a un lugar vegetariano con una variedad de ensaladas enormes, y después de que ya estacionamos, y entramos, viendo la lista me dice…” acá nos vamos a morir de hambre “. Bueno, pero no vamos a engordar…intenté decir en tono de broma, lo cual no le causó gracia y girando sobre los talones pusimos rumbo al auto nuevamente. Luego de dos fracasos me dije y le dije, dejando de lado mi orgullo machista de llevar adelante la noche, ¿quizás sepas de algún lugar donde te gustaría comer?, y recibí por respuesta: ¿qué pasó ?, ¿se te acabaron las ideas?, ¿no podés sorprenderme?, que poca imaginación... Yo sabía dónde quería que ella fuera en ese momento, pero dudaba si allí ella encontraría algo para comer, pensando en mi compañero de trabajo y que esa relación iba a continuar. Al contrario de ésta, apelé a uno de los recursos más bajos que tenemos los hombres; la miré y le dije: “…te pido disculpas, es que tengo a mi madre enferma y eso me tiene un poco distraído, es más, estoy angustiado y quizás te resulte descortés, pero me gustaría volver a casa a ver como está". Quizás me dejé llevar invitándote hoy, pero ¿podemos probar otro día? Sin duda la conmoví…me pidió que antes de llevarla a su casa por lo menos pase por una pizzería y le compre una docena de empanadas ya que ella a esa hora ya no podía empezar a cocinar…así lo hice y compré también una docena para mí ya que a esa hora tampoco quería empezar a cocinar. Llegué a casa e invoqué a los cielos desde donde mi madre seguro está y sabrá perdonarme por haberla usado como escape…A Josefina no la volví a ver y luego su primo me confesó que sabía que era un caso difícil, que le cuesta encontrarle pareja, y que pensó que yo podría ayudarlo a colocar a su prima…

Con Mabel fue distinto, era amiga de una ex compañera de bailes, la pasé a buscar y le llevé una flor, como galantería. Hubiera estado bien a no ser porque me dijo que era alérgica y si se lo había hecho a propósito…si quería que se pase toda la noche estornudando... La sola imagen me dio escalofríos, pero me asustó su paranoia, por lo cual, si bien habíamos quedado en ir a cenar, me disculpé gentilmente y le expliqué que justamente hacía unos minutos había pasado por la casa de mi madre a saludarla y, como buena madre judía, me empezó a dar a probar sus manjares, con lo cual estaba inapetente; pero con gusto la acompañaría donde quisiese y tomaría algo. El café duró media hora, ella comió un tostado, la charla giró alrededor de los diferentes tipos de alergias y de cómo se contraen y se curan. En definitiva, mi madre me había salvado nuevamente… 

Carol sonaba en el teléfono como una chica espontánea, agradable y hasta hubiera dicho que había un clima previo cálido (no dije caliente). Dejé de lado la flor para evitar otro disgusto y llegué a su casa con unos bombones en la mano. Al dárselos, le dije la frase matadora: “…para que tengamos una dulce noche…”me miró fijamente y me dijo: "Tengo prohibido los chocolates. Por un lado engordan y producen urticaria y diabetes…" mientras los bombones se empezaban a derretir y yo me volvía a sentir ridículo, convoqué nuevamente que los cielos me iluminen y fue allí donde le dije que en verdad venía a disculparme y a conocerla porque estuve todo el día con una descompostura fenomenal, que no me animaba a sentarme en un lugar público, pero que la próxima con todo gusto…me agradeció el gesto de haber venido y vi perderse su imagen dentro del ascensor junto con su número de teléfono…

Con Gladys tuve la intuición de que no fallaría. La charla fue muy agradable y la expectativa alta. Cuando bajó empecé a sentir mariposas en el estómago, estaba seguro que ésta sería la noche.
Bajé del auto, sin flores ni bombones, y me arrepentí. Me dije justo ahora ¿y yo con las manos vacías?… pero bueno, me quedaba mi simpatía, mi carisma, mi personalidad, mi poder de seducción, todas características que Gladys no llegó a conocer, ya que como me vio, me dijo que la disculpara pero que su madre estaba muy enferma, que ella se sentía terriblemente descompuesta, que justo había comido algo en lo de su madre y que había bajado por cortesía para disculparse y conocerme…
Podría seguir hasta completar un libro, pero paro acá. Quienes estamos solos sabemos que mejor que las citas a ciegas, son los encuentros con conocimiento previo. Hoy todo se facilita con Internet, ponés el nombre y antes de salir, sabés hasta lo que hizo en la escuela primaria; lo cual le quita naturalidad, es verdad, pero nos cuida de algunas sorpresas, no de todas, y para eso, siempre hay que tener una madre a mano…

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