Israelíes en busca de sus raíces latinoamericanas

1.2.2018

Por Pablo Duer
Nota publicada en PL88 - Enero/Febrero 2018

 

 

300 jóvenes israelíes adoptados en Brasil encontraron en un grupo de Facebook la contención y el entendimiento que sólo les pueden brindar quienes vivieron lo mismo que ellos. 3 de sus integrantes cuentan su historia y la búsqueda de sus padres biológicos.
 

“Mi nombre es Lusiana Goldman y no conozco mi historia”. Así arranca el relato de Lusiana, cuya fecha de cumpleaños es inventada y que hace más de 10 años que busca, sin éxito, a sus padres biológicos brasileros. 

 

Ella, junto con muchísimos más niños, fueron adoptados por familias israelíes que viajaron a Brasil sobre todo durante los años 70 y 80, con la promesa de que el proceso sería completamente legal y sin complicaciones. El pago, creían, era simplemente por el trámite y la burocracia de la adopción. Pero era la ganancia de los intermediarios, que resultaron no trabajar para ningún ente público u organización legal.  

 

Hoy Lusiana tiene 29 años, es escritora y vive en Binyamina con su marido y sus 3 hijos. Todavía no les contó porque teme de lo que puedan comentarle a su abuela, que de por sí no quiere hablar del tema para que Lusiana no sienta que fue comprada.

 

“Cuando yo estaba en primer grado tuvimos una charla. Ella es polaca y yo era muy morocha, y la gente ya empezaba a hacer comentarios. Yo respondí con tranquilidad, que estaba bien. A los 14 se puso más difícil y empecé a tener pensamientos negativos, como por qué mi mamá biológica me había abandonado. Y a los 18 me decidí a buscar a mis padres. Fui a la embajada de Brasil en Israel, y me dijeron que no podían hacer nada y cualquier tipo de búsqueda me iba a costar mucho dinero”. 
  
La frustración de Lusiana encontraría más tarde un consuelo, o al menos un empujón, cuando Daniela Ashkenazi, adoptada en Río de Janeiro en 1987, la invitó a sumarse a un grupo de Facebook que administra llamado: “Adopted from Brazil in Israel 
(מאומצים מברזיל בישראל)”
, Adoptados desde Brasil en Israel. 

 

Foto: Daniela Ashkenazi.

 

 

“La idea del grupo es principalmente apoyarnos, porque todos pasamos por cosas muy similares. Hay cuestiones de la adopción que tal vez ni nuestros padres, parejas o amigos entienden. Muchos tuvimos rasgos de rebeldía, de probar los límites de nuestros padres durante nuestro crecimiento. Nos sentimos diferentes por mucho tiempo, y es importante poder abrirnos y poder apoyarnos y ayudarnos”, describe Lusiana, que hoy es también una de las administradoras.

 

El grupo tiene hoy casi 350 miembros. 300 son jóvenes nacidos en Brasil y adoptados por familias israelíes. El resto son voluntarios que ayudan con otro de los propósitos del grupo: emprender entre todos la ardua búsqueda de sus familias biológicas. Así, cada nuevo integrante envía sus documentos para que un contacto en Brasil chequee, como primera instancia, si la adopción fue legal o no. En los pocos casos en que fueron legales, no fue difícil dar con sus padres. En cambio, cuando los documentos prueban ser falsos, comienza un largo proceso de cruzamiento de fechas, lugares e intermediarios, con la esperanza de poder encontrar algún rastro de sus familias.

 

“Otro de los objetivos - describe Daniela - es poder reencontrarse con posibles familiares de sangre que también hayan sido adoptados desde Brasil y estén en Israel. Aunque algunos pocos lo hayan logrado, encontrar a los padres en Brasil es muy difícil, y algunos ni siquiera quieren. Pero encontrar a un hermano o a un primo que pasó por lo mismo que vos y vive en tu mismo país, es algo mágico”. Con ese fin, empezó una campaña para recaudar fondos para que todos puedan hacerse una prueba de ADN y comparar los resultados entre sí. “El test cuesta 250 dólares y hay mucha gente que no lo puede pagar. Imaginate lo reconfortante que sería para alguien que no sabe nada sobre su familia biológica enterarse de que tiene un pariente acá”, agrega y menciona un caso de dos chicas, que, sin conocerse, vivieron en Israel por más de 20 años y hace dos años se enteraron que eran hermanas.

 

Daniela, que organiza encuentros de los miembros para conocerse y compartir experiencias, conoció a Inbal Ben Meir a través del grupo. Hoy hace ya 8 meses que están juntas y hace 7 que conviven en un departamento en Bat Yam. Y no son la única pareja que ha surgido de estos encuentros, que han creado también cientos de amistades. 

 

“Yo no sé mucho sobre mi historia”, cuenta Inbal. “Sé que mis padres estuvieron 8 meses en Brasil. Que me vieron por primera vez cuando tenía 5 meses. Que vivieron en la casa del intermediario, que fue uno de los principales responsables de estas adopciones ilegales. Y que pensaron que todo era legal”. 

 

Inbal vivió luego en Santa Catarina, sur de Brasil, por un año y medio cuando tenía 9, y lo recuerda con mucho cariño: “Es un lugar increíble, me sentí muy a gusto. En la escuela, con el idioma, todo. Siento que Brasil es mi hogar y quiero volver”.

 

Lusiana y Daniela, en cambio, nunca tuvieron la posibilidad ni de aprender portugués ni de viajar a Brasil. Ambas sueñan la posibilidad, pero hoy están más abocadas a ayudar a personas con historias como las suyas.

 

Eso no implica, sin embargo, que descuiden sus propias búsquedas personales. Hace un tiempo, Lusiana hizo un video contando su historia y buscando a su madre. Tuvo 2 millones de reproducciones y la contactaron cientos de personas, entre ellas mujeres que creían ser su madre. Cuando el primer test de ADN con una de ellas dio negativo, se frustró, pero ahora está a la espera del resultado de otro. “Sigo buscando, tengo esperanza en mi corazón, pero no estoy obsesionada”, dice con una mezcla de entusiasmo y pesimismo. 

 

(de izq. a dcha.) Daniela, Inbal y Lusiana, ejemplo de ayuda en la adversidad. Foto: Pablo Duer.

 

 

Aunque se trate de un proceso muy complejo, Lusiana y Daniela parecen haberse convertido en expertas. Saben qué intermediario se movió por qué ciudades y en qué años. No saben casi nada de Brasil, no leen las noticias ni se identifican con la cultura, pero son especialistas en lo que refiere a su geografía, documentación y burocracia.

 

Estas luchadoras incansables devenidas cuasi-detectives internacionales son, sin embargo, mucho más informales de lo que parecen. Pueden pasar 10 minutos riéndose de lo ridículo que suena el portugués y una de otra sobre cómo pronuncian la palabra obrigada o, incluso, el nombre de la principal responsable de todas estas adopciones.

 

“Tenemos en el grupo una mujer, también adoptada, que se fue a vivir por dos años a Brasil. No encontró a su familia biológica, pero dio clases de hebreo a la comunidad judía y aprendió portugués. Hoy le enseña portugués por un precio reducido a todos aquellos miembros del grupo que quieran aprender”, menciona Daniela.

 

“Claro que queremos conocer Brasil y aprender sobre la cultura, pero nuestra vida hoy es acá. Somos israelíes, no nos sentimos brasileras. Vivimos acá toda la vida, Israel es nuestra vida. Para mi Brasil es un misterio porque nunca fui, tal vez si voy me sienta en casa porque encuentre gente similar a mí. Pero hoy mi casa es acá y mi idioma es el hebreo”, cierra Lusiana.

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