“Soy responsable de mi plenitud”

Max Berliner (98) soplará cien velitas el próximo año.  El actor, autor y director de cine y teatro y moré del shule Scholem Aleijem de Buenos Aires, nos recibió en el living de su departamento, ubicado en el corazón de Villa Crespo, a donde atesora recuerdos familiares y profesionales de una vida que merece ser compartida y aplaudida de pie.

 

 

En una tarde fría, Max (como le gusta que lo llamen) bajó algunos escalones del hall de su edificio con una destreza envidiable y me invitó a pasar con una sonrisa. Cuando entramos en su departamento buscó a Raquel, su compañera “desde los veintipico”, para que se acerque a conocerme. Sus ojos brillaban mientras me mostraba uno a uno la colección de obras de arte pintadas por ella, llenándola de elogios (merecidos por cierto).

“Por supuesto, tuteame”, me respondió Max sonriente, ante mi inevitable consulta. La charla se fue dando de un modo natural y cómodo, distó de ser la “entrevista típica”, porque Max sintió constante curiosidad de saber sobre nuestro medio, Piedra Libre Digital y respecto del origen de los apellidos de quienes lo integramos (me indicó sus significados en idish). Le pregunté por la procedencia del suyo y, para mí sorpresa, respondió: “no sé el origen de Berliner y nunca lo pregunté”.   

Estábamos en un living que rebalsaba de recuerdos familiares y artísticos, que me hacían sentir la gratitud de estar frente a un grande del teatro, la televisión y el cine nacional. En su historia filmográfica se encuentran nada menos que “La Patagonia Rebelde” (1974), “Los gauchos judíos” (1974), “Plata Dulce” (1982), varias de Olmedo y Porcel, “Un amor en Moises Ville” (2000), “18-J (2004) y recientemente “El Ultimo Traje”, entre otros. En televisión integró éxitos como El pulpo Negro (1985), Tumberos (2002), Gasoleros (1998), casados con hijos (2006), Malparida (2010) y Graduados (2012).

 

Naciste en Varsovia (Polonia) y de muy pequeño viniste a la Argentina….

“Mis papás eran polacos. Viajaron para acá cuando yo tenía cinco años. Mi papá fue metalúrgico. Mi madre era una mujer laburadora, fabricaba fajas y corpiños y como tenía tanto trabajo en su negocio “Casa Berliner”, ubicado en Lavalle al 2058, en el once de la colectividad, mi papá dejó la metalurgia para darle una mano. Por entonces no existían las cirugías estéticas, las mujeres venían a hacerse espalderas. Es que era la época de las Academias Pitman de dactilografía y por eso estaban todas encorvadas. Para evitar ser operadas, las mujeres venían con recetas médicas para que les hagan modeladores con ballenas o corsé. Yo de chico era muy pícaro, mis viejos nunca supieron que yo subía las escaleras y espiaba por una rendija cuando las mujeres se probaban la corsetería (lo relató con una sonrisa pícara, similar a la de un niño que comete una travesura) “.

 

¿Cómo fue que a los cinco años empezaste a actuar?

Mi viejo quería un hijo actor y no un graduado de facultad. Fue un pionero que me indujo para ser actor y lo consiguió. No me imagino con una profesión diferente. Mi viejo me vestía desde chiquito como un actor, con pantalones largos y un bastón. Me educó con música y teatro. Ibamos todos los lunes a dos cines en el once, que proyectaban películas de corrido, se llamaban “Cataluña” y “Radio Cine”. Me acuerdo que un día me perdí en la boletería. Estábamos haciendo la cola, seguí a otro tipo y me senté con él. Me buscaron con la linterna del acomodador hasta que me descubrieron junto a ese hombre desconocido.

 

¿Qué es ser actor para vos?

Es crear sin pensar o mejor dicho pensar para crear. Largar todo lo que tenés y no esconderlo. Para mí la creatividad es lo más importante.

 

¿Cómo te definís?

Nunca pensé en quién soy.

 

¿Es tu sello personal usar siempre sombrero?

No. En realidad lo empecé a usar porque me molestaba el sol y nunca más me lo saqué.

 

¿Qué es la fama para vos?

Los famosos son personas nada más. Yo no soy un engrupido, salgo a la calle como uno más. Dicen que el día que cumpla cien años van a cerrar las calles y poner una estrella con mi nombre.

 

¿Te gusta que te reconozcan por la calle?

Cuando me reconocen, me inhibo. No me gusta y me resulta incómodo.

 

¿Creés que tenés suficiente reconocimiento?

No me importa si lo tengo. No lo busco. Yo hago mi trabajo con tranquilidad y porque me gusta. Mi vida es cultura, teatro, teatro y más teatro. Yo traigo nuestras raíces judías y el idish a través del teatro.

 

 

Hablemos del shule Scholem Aleijem…

Trabajé muchos pero muchos años ahí. Hacía mi actividad artística, enseñaba canto y baile. Eduqué con libertad, porque creo que los chicos tienen que ser independientes. El salón de actos del Scholem lleva mi nombre y eso es para mí muy importante. Todo en el shule lo hicimos con dignidad. Yo elegía al más roñoso, al que peor se portaba, al que no decía nada, trataba de despertar a los chicos que estaban durmiendo. Los elegía porque personas de estas características son los que tienen valores y hay que saber sacárselo; para mi ese era el desafío. También recibía a las personalidades importantes que venían de visita, fue una etapa muy linda.

 

Y el idish, es un pilar en tu vida…

Hice como actor y director mucho teatro judío y en idish. Siento que traigo el judaísmo a través de mis obras (como “Inmigrantes” y “El Zoo de Cristal” y el “Golem”). Hay que mantenerlo, hay que seguir enseñándolo, sino se puede perder.

 

¿Y el judaísmo?

Es lo más importante. Somos judíos y no podemos negarlo. Es lo principal.

 

¿Creés en Dios?

No creo. Para mi existe el ser humano. Si te falla un ser humano perdiste. Si te falla un amigo perdiste.

 

¿Qué es la amistad para vos?

Es ayudarse mutuamente y entregarse de lleno. No siempre llega la amistad, ni se pueden hacer amigos toda la vida. Hay amigos para siempre, pero con un paso equivocado la amistad se termina. Creo mucho en la amistad. Fuimos grandes amigos con Sábato y con el jazán Leibele Schwartz. Con Leibele compartimos muchas cosas, nos divertimos mucho levantando monedas por la calle, que las atesoro hasta hoy.

 

¿Y cuál es el secreto para una relación de pareja duradera?

El secreto es estar en esa relación. Mi esposa es mi esposa, y no andar buscando otras esposas. Eso es el amor.

 

¿Qué representa tu familia para vos?

Lo más importante en mi vida. Mis hijos vienen a diario, en shabat y en los jaguim (fiestas) nos reunimos todos y juego al dominó con mis nietos, aunque soy muy bueno y no me pueden ganar.

 

¿Cuál es el legado que querés dejarles?

Estas pinturas de Raquel (señala los cuadros colgados en la pared). En esa foto la ves a ella junto a Borges, en esa otra a mí con Sábato, aquí ves cuadros de la película la Patagonia Rebelde. Eso es lo que vale. Un día mi hijo me dijo ´me quiero llevar para mí todo lo que colgaron en la pared´ y le dije que no.

 

¿Cuál es tu vínculo con Israel?

Es el lugar de los judíos, el país judío, la sede del judaísmo. Estuve varias veces ahí con mucho laburo, no descansaba. Era ver teatro, correr como loco y no parar de trabajar.

 

¿Qué proyectos tenés pendientes en tu vida?

Todos. Siempre los busco. Mi objetivo es seguir trabajando hasta el final. Es lindo vivir con proyectos.

 

 

¿Cómo querés que se te recuerde?

No le doy importancia. Yo sé que en el Scholem Aleijem hay un salón que se llama Max Berliner y ese es mi orgullo.

 

¿Sos de concurrir a visitas médicas?

No. para qué, si no estoy enfermo. Hay que saber vivir la vida. Mucha gente no sabe que es hermosa. El tema es cómo la abarcás. Soy responsable de mi plenitud, que es amplia, inmensa.

 

¿Y si algo duele?

Hay que dejarlo pasar. Me gusta disfrutar, me siento en un café y miro a la gente, la observo como corre. Es un ritmo demasiado acelerado. Me gusta verlos en acción. Hay que aceptar lo que la naturaleza te manda, es una cuestión de actitud.

 

¿Cómo te llevás con la tecnología moderna?

No me llevo. Me parece tremendo. Me dedico a caminar, a salir a la calle miro a la gente porque me gusta observarlos. No me interesa los celulares, ni nada de eso.  Nunca los usé. Decidí no hacerlo.

 

¿Qué hay después de la vida?

No lo sé, ni quiero pensarlo. Una vez soñé que me quería llevar (la muerte) y me agarré bien fuerte de la sábana diciendo no me llevás. Al despertarme me sentí feliz por haberme aferrado a la vida.

 

Antes de despedirnos, con la humildad de los grandes, Max me agradeció el momento que compartimos y me contó que su plan era ir a tomar un cafecito en el bar “Le Ble”, como cada atardecer desde hace muchos años.  Luego de un cálido abrazo, lo miré y exclamé: “Claramente estás para grabar la segunda parte de la publicidad contra el reuma” (que protagonizó a sus 90 años en la que corría y hacía ejercicio) y su respuesta fue: “Por supuesto que estoy para hacerla, si sigo corriendo y caminando rápido. Que me llamen cuando gusten y la grabamos.

 

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