Ser turista para siempre

Cuando vine de vacaciones en julio del 2000 a Israel me enamoré de sus playas, de no tener miedo a caminar sola a las 3 de la mañana, ni de necesitar preguntar el apellido de un potencial candidato para saber si era “de la cole”. Pero principalmente me atrapó esa sensación de turista, tan especial que uno experimenta al aterrizar en un nuevo país. No lo pensé mucho y exactamente 365 días después, estaba aterrizando de nuevo en Tel Aviv, pero sin pasaje de vuelta a la Argentina. Me mudé a lo de mi hermana con mi laptop, mis cajas de libros para terminar la tesis; y un trabajo para un organismo americano que luchaba contra la prensa tendenciosa que distorsionaba las noticias sobre Medio Oriente. Ante la falta de rutina _ya que mi jefe y la oficina se hallaban en Nueva York_ no me fue difícil mantener vivo el “efecto-viajante” durante el primer año y pico. Comenzaba el día en el curso de hebreo, pero lo continuaba en la playa; siempre variando los bares y restaurantes para ser bienvenida como una recién llegada. Semanalmente decidía una nueva ruta para llegar al ulpán _donde nunca termine más que el nivel de 3er grado_, y así descubrir un nuevo café donde me vuelvan a preguntar por qué había hecho aliá en plena segunda intifada. La estrategia requería de mí una disciplina y constancia militar casi imposible, pero con mucho esfuerzo lo logré.

 

Foto: Dana Labaton

 

 

Diecisiete años más tarde, pude preservar esa sensación de turista. Mi hebreo avanzó, por supuesto. Pero no acorde al tiempo que llevo aquí y, gracias a mi fuerte acento, la típica reacción israelí cuando me escuchan hablar comienza con un: “¡Oh, sos una olá jadashá! ¿Cuánto tiempo estás en Israel?” Y ante mi respuesta, se dispara una mueca que intenta disimular su sorpresa, mientras percibo las ganas de darme unas palmaditas en la espalda y decirme “pobrecita”. Pero mi humilde nivel de hebreo nunca obstaculizó mi acceso al high tech israelí, cuyo idioma principal es el inglés. Y así fue como desde mi segundo trabajo hasta el actual, siempre me empleé en grandes empresas de tecnología, de esas que localizan su producto online en 16 idiomas, por lo cual me rodeé de un ambiente internacional y no necesité el idioma que Eliezer Ben Yehuda despertó con tanto esfuerzo.  Por lo cual, salvo con las amigas de mis hijas _especialmente de la menor_ nunca sentí que mi estrategia de “recién-llegada-para siempre” fuera un problema. Incluso desarrollé una teoría que justifica mi insistencia a la hora de pedir en los restaurantes y cafés; el menú en inglés: que los israelíes brindan un mejor servicio al turista que al compatriota sabra.

 

Asimismo, mi teléfono y sus aplicaciones: también hablan inglés. Hasta Waze, la app de navegación asistida. Durante años escribí en fonética los nombres de los grandes próceres de la historia sionista cuyos logros honran las calles locales: Weizmann, Hertzel o Ben Gurión. Y salvo en una oportunidad, que casi termino del otro lado de la Green-line, siempre llegué a destino. Pero ese sábado a la tarde de 2015, Waze me quiso enseñar una lección a mí y a mi hermana. Todo comenzó con una fiesta de esas que solo recibís la dirección por mensaje privado después de pagar la entrada. No lo dudamos y apenas recibimos el recado secreto, lo escribimos en fonética en la app de tránsito en cuestión. Después de 3 horas de manejar camino a lo que suponíamos era la famosa celebración, llegamos a un puesto de soldados que cuestionaron nuestro vestuario playero y nos preguntaron a dónde nos dirigíamos escuchando Riky Martin a todo volumen. Le “hicimos el día” al puesto fronterizo con la imprevista visita de dos “olot jadashot” mientras nos indicaron _en inglés_ como llegar correctamente al lugar deseado; que quedaba exactamente en la dirección opuesta y nos llevó otras 3 horas más arribar.

 

Foto: Dana Labaton

 

 

En síntesis, a pesar de algunos inconvenientes ya confesados, mi receta me permitió mantener vivo ese efecto tan particular que experimenté al aterrizar en Israel a mediados del 2000. Les comparto mi secreto para quienes necesitan un escape al exterior y por diversos motivos no puedan concretarlo. O simplemente anhelan esa sensación mental tan peculiar donde aterrizan en un nuevo destino y sienten que todo es ideal. No es necesario tener el pasaporte en fecha, ni invertir miles de shekels para subirse a un avión. Tan solo cambiar su rutina habitual y elegir caminar por una calle que nunca transitaron, entrar a un café diferente al habitual y pretender no hablar la lengua local. Y, por último, aunque no siempre es posible, una vez cada tanto: hacerse la rabona y escaparse a la playa. Esa es mi receta para ver que aquí, y después de 17 años, las noticias no son tan malas, los israelíes no son tan bruscos, y el pasto del vecino no siempre es más verde…al contrario, lo hicimos crecer increíblemente fuerte perfumado y aceitunado aquí en pleno desierto de Oriente Medio.

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