¿Salvavidas o disertante?

Caminaba deprisa. Como queriendo dejar atrás todo rastro de urbanidad lo antes posible. Cargaba varios bolsos, para variar, pero tantas eran mis ganas de llegar a la playa que no me pesaban ni abrumaban en lo más mínimo. Mis auriculares me protegían de todo sonido real, fuera de ese paisaje ideal que se iba acercando. Opté por dejármelos puestos así Luis Miguel me acompañaba en mi primera visita a la costa en todo el verano. Aunque ya estábamos en la mitad de la temporada, no había tenido oportunidad este año de bañarme en el Mediterráneo aún.

 

Llegué a la playa necesitada de paz. Ansiaba entregarme al ritmo del mar, a esa melodía única que cantan las olas mientras besan la costa. Tenía urgencia de enterrar los pies en la arena y hundirme un poquito, mientras las algas y caracoles se me acercan tímidamente.

 

Elegí un área lejos de las familias. Después de todo, son contadas las veces que puedo relajarme en la orilla con un buen libro; sin tener que cuidar de nada ni nadie. Comencé a sacarme la remera y untar los protectores solares. Seguía con la canción de “Cuando calienta el sol” puesta, y mientras la cantaba, me acomodé para comenzar a leer esa novela española recién comprada. Ahí fue cuando me quité los auriculares.

 

 Foto: © Meunierd | Dreamstime.com

 

 

Los gritos interminables del salvavidas venían de la torre a unos metros de distancia, pero se escuchaban a un volumen inhumano y no terminaban nunca: “El chico de la malla roja, ¿dónde está la madre? ¡Que lo saqué de ahí, no ve que hay bandera negra! ¡Eh…ustedes la parejita que se abraza, no se alejen tanto de la orilla! ¡Más cerca…más! ¡Ahí está bien!” Lo busqué para tirarle una mirada fulminante y comentarle lo incómodo de su metodología. Quería explicarle que su catarsis preventiva me arruinaba mi preciado recreo, y exigirle que deje a la gente bañarse en paz y _en caso necesario_ que corra hacia el mar y se meta a salvar a quien sea necesario. Al fin y al cabo, ese era su trabajo: socorrer a los ahogados y no torturar a los playeros. Me acerqué con paso decidido hasta llegar a lo que parecía una zona en construcción. Las cintas rojas y blancas prevenían a los no bienvenidosde entrar a la torre, mientras los familiares y amigos de los guardavidas disfrutaban de un espacio VIP creado artificialmente debajo del minarete en cuestión.

 

Me agaché para sortear la cinta preventiva y comencé a subir las escaleras.  La voz del guardacostas se iba haciendo más fuerte: “La mujer del traje de baño amarillo, ¿adónde crees que vas? ¡Volvé para la orilla ahora!”

 

Llegué a lo que parecía un pequeño balcón con piso de madera y súper vista al mar. Allí en su trono, estaba él: sentado cómodamente con los pies apoyados en la baranda y la piel tostada (o mejor dicho quemada) por decenas de años al sol, mucho antes de que se descubran los protectores solares. Debía de rondar los 70 años. Usaba una tanga tropical de colores que no dejaba dudas sobre su buen estado físico. Un cabello artificialmente rubio y exageradamente largo completaba el look, adornado con joyas doradas al mejor estilo Mario Baracusdel programa Brigada A.  Giró sorprendido al ver una civil en su castillo. Mejor dicho, una olá jadashá, que le gritaba en hebreo en tiempo presente y con un fuerte acento argentino; que deje de gritar por su altoparlante porque… …No llegué a especificar mi amenaza cuando sentí como unas manos ajenas me empujaban a bajar por la misma escalera por la que había ascendido sin invitación. Aterricé de cola sobre la arena caliente, mientras un ejército de setentones rubios, bronceados y en slip me rodeó. Todos tenían sus raquetas de matkot en mano.

 

Entendí que no tenía con quién hablar…que la playa en Israel compartía las reglas de la cultura sabra: dónde todos se meten en la vida del otro y opinan sin invitación y con la confianza de un familiar. ¿Por qué el bañero iba a ser una excepción? Volví a mi toalla y me clavé Luis Miguel a todo volumen, mientras escuchaba como la voz del salvavidas se iba haciendo casi inaudible. El ruido de los jugadores de matkot también se iba alejando mientras me entregaba a la letra del cantante mexicano ya entrado en años, a quien el slip tropical le quedaría muy mal debido a los kilos que había ganado los últimos tiempos. “Cuando calienta el solo aquí en la playa…” Cerré los ojos y me obligué a disfrutar de mi primera visita al mar en toda la temporada. Después de todo, comparada con lo lejos que tenía a la costa cuando vivía en Buenos Aires, el precio de escuchar los gritos del guardavida con complejo de orador público no estaba tan mal.

 

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