Del abecedario al álef-bet

Venga el olé de Latinoamérica , Europa u otro punto del globo siempre la aliá supone toda una gama de impresiones y experiencias las cuales se irán activando cual etapas de una nave espacial, solo que en este caso el destino no será las estrellas, sí “colonizar” el propio espacio en Eretz Israel donde se intentará desarrollar una vida, una historia.

 

Foto: © Asafta | Dreamstime.com

 

 

Cada grupo, según el país de origen, tendrá sus propios usos y costumbres, denominadores comunes que ayudarán a formar una comunidad, de este modo estarán los rusos, franceses, sudafricanos y también el conjunto llamado latinoamericanos.

 

Pero, así como tenemos un ADN personal, hay un porcentaje del mismo que compartimos con toda la humanidad, lo mismo sucede con los olim, sean de Francia de Etiopia o Paraguay.  Dentro de la variada gama de sentimientos que compartimos la relación con el idioma, más precisamente con el hebreo, es algo especial.

 

Quién no jugó a leer con tonada extranjera otro idioma desconociendo totalmente algo de dicho idioma. Tal vez lo hicimos de niños, tal vez de adultos, y sí fue como en el noventa por ciento de los casos, en inglés, imitábamos la tonada de algún actor conocido.

 

Con todo en esa lengua un tanto extraña reconocíamos todas las consonantes y vocales, sabíamos que se pronunciaban diferentes, pero ahí estaba, se podía intentar leer y hasta entender alguna que otra palabra por simple deducción.

 

Con el hebreo la relación viene de larga data. Lo conocimos desde pequeños a través de un periódico del abuelo, o en el majzor * durante la celebración de Rosh HaShaná al concurrir a la sinagoga.

 

Tal vez lo hayamos mirado intrigados, nos llamaba la atención, pero a la vez lo veíamos sugestivo, diverso, raro, intrigante y de seguro algún trozo de papel fue testigo del intento de dibujar esas indescifrables letras.

 

Y ocurrió un día que la idea de aliá plantó una tenue semilla en nuestra vida, momento en el que tampoco faltó el familiar o querido amigo que exclamó: ¿Y el idioma?

Una pregunta que intentaba advertirnos: ¿pensaste en ese impedimento casi insalvable?

Un aviso que nos ubicaba rápidamente sobre la importancia de la comunicación, pero la decisión estaba tomada, y algo tan “banal” como el idioma no nos haría cambiar de idea.

Entonces asistimos al primer curso de hebreo unos cuantos meses, inclusive años antes de hacer aliá y allí comprendimos que el tema idioma no era tan banal.

 

Generalmente las primeras clases resultan fáciles, amigables, hasta nos creemos que en breve hablaremos.

 

Así un día quien nos enseña quita los nekudot* de la pizarra y aquellas novedosas y simpáticas letras comienzan a ser acertijos con varias posibilidades de resolución.

 

Tiempo después, ya en Israel, intentando leer un cartel con incontables combinaciones de posibles vocales, llegando a la nada original conclusión que nunca leeremos ni hablaremos el hebreo.

 

En ese estado emocional será difícil explicarle a esta persona los procesos cognitivos, las mesetas de conocimiento, y todo lo que las neurociencias han descubierto sobre el aprendizaje de idiomas. Hasta la jornada que sin quererlo leemos un cartel casi de modo automático, y esos ruidos raros que emite el presentador de las noticias en la TV comienzan a tener sentido, y el hebreo empieza a ser visto como un tesoro a conquistar, no como un castigo autoimpuesto.

 

Luego, en un futuro cercano, al escribir la lista para el supermercado nos confundiremos si debemos empezar de derecha a izquierda o viceversa, y en qué idioma.

 

Otro día descubriremos las guematriot*, en fin, la mística, la riqueza del hebreo.

El aprendizaje de un idioma es más que hablar y leer una determinada lengua, es la integración de una cultura nueva a la propia. Algún olé desprevenido pensará que él es judío y no tiene nada que integrar, sí, debe integrar a Israel, al Israelí nativo, al judío venido de todo el mundo y tal vez deba integrarse a sí mismo, sin dejar lo que fue, sumando lo nuevo, antes un judío de la diáspora, ahora un judío Israelí que además habla hebreo, lo que devendrá en otro aprendizaje, pero ello será motivo de otro artículo.

 

 

*El Majzor es el libro que agrupa las oraciones de las festividades más importantes del judaísmo, más precisamente Rosh HaShaná y Yom Kipur.

 

*Nekudot, Indicadores gráficos que colocados sobre una consonante agregan sonido de vocal.

 

*Guematria es un sistema numerológico por el cual las letras hebreas corresponden a números. Este sistema, desarrollado por los practicantes de la Cabalá (misticismo judío).

 

 

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