Jugar como un niño

“...Quiero tiempo,

pero tiempo ¡no apurado!

tiempo de jugar

 ¡que es el mejor!”...
                                                                        (María Elena Walsh)

 

 

Desde siempre sentí “envidia sana” por la capacidad de los niños para hacer de la vida un juego y dejarse llevar “hacia donde la imaginación los lleve”. Lamento que a medida que vamos creciendo... la vamos perdiendo, como si para ser adulto fuera condición indispensable soltar esa magia.

 

ID 39448197 © Vladimir Grigorev | Dreamstime.com

 

 

Cuando dejé de ser janijá (osea, de ser una nena) estudié para ser madrijá y así seguir conectada con esa niña que algún día fui. La hadrajá era la excusa perfecta para alargar un poco más mi estadía en el mundo de la fantasía. Con el tiempo, como todos, fui madurando y entendiendo que a esos juguetes que permanecían atesorados en mi habitación (hasta llegar a la parte más alta del placard) ya no los conservaba para jugar con ellos sino porque soñaba alguna vez con ser mamá y dárselos a mis hijos. Bueno, mejor dicho, para ¡compartirlos con ellos! Empezaba a sentir ganas de tener “mis muñecos de verdad” y también a aceptar que era atrapante el mundo de los adultos.

 

Desde que tengo la bendición de ser madre y tía, siento que tengo “la puerta abierta para ir a jugar” siempre que guste, me inviten ¡y me lo permita!

 

Me imagino que, en ustedes, habita este “eterno Peter Pan”. En mi caso, en estos días -vaya a saber por qué- tal vez porque estamos ordenando con mis hijas sus habitaciones para regalar aquellos juegos que ya no usan (ellas también van creciendo), siento una fuerte añoranza de mi infancia. Parece que mi niña interior me pide a su modo recordar los juegos y los juguetes que hacían felices mis días.

 

Mientras procuro marcar tiempos para que mis hijas se diviertan con los juegos virtuales de internet, mis pensamientos escapan hacia los flippers y los jueguitos electrónicos de mano favoritos de mi niñez. El Western Bar y el Súper Mario Bross y el Merlin. Y es entonces que elijo compartir lo que siento con ustedes, mis amigos de Piedra Libre, segura de que ya se les están apareciendo un montón de recuerdos.

 

¡No me digan que no extrañan los tiempos en que salíamos a la calle con la banda de amigos del barrio! Era el escenario perfecto para juegos de balón o pelota, salto a la cuerda, a la perinola -o la peonza- y a la rayuela.

 

También, en los recreos del shule, no podían faltar las canicas (pelotitas o bolitas de colores) en mi caso de plástico saltarinas, el “Yo-yo”, el elástico o la goma elástica ¡qué bien me salía la figura del 8!, el Tutti-frutti y, por supuesto el intercambio de figuritas para completar el álbum.

¿Se acuerdan de la Payana o el Tinenti?, ¡sí, ese! las cinco piedritas de igual peso y tamaño o las bolsitas de tela rellenas de arroz, que se arrojaban al aire y no debían tocar el piso. Me emociona recordar el balero de mi abuelo (aunque no era mi fuerte). También disfrutar del Cubo mágico, de los juegos de mesa como el Ludo (el Parkase), el TEG, el Ojo de lince, la Batalla naval, el Boggle, las Damas, el Backgamon, el Ajedrez, la Gallina ciega, ponerle la cola al burro, juegos de naipes y otros de destreza física y mental como el Jenga, el Juego de la memoria y el Twister.

 

Un clásico del club y de las vacaciones eran la Mancha (en todas sus variantes), el Quemado (majanaim), el Fresbee, la Pelota-paleta, remontar la Cometa (o Barrilete) y ¡tantos más! Ahora, ya siendo más veterana o menos joven, retomo también las jornadas interminables de Burako.

 

Me resulta muy divertido cuando mis hijas me presentan “nuevos juegos” y descubro que son clásicos de “mi época recauchutados”, como el Simon (ahora Signos), el Rubik (nuestro Cubo mágico), el Sklinky (muelle) -yo lo llamaba el resorte-, los bloques (¡son Rastis!), entre otros.

Me tapo los ojos y cuento hasta treinta y mientras grito “punto y coma, el que no se escondió” se embroma, escucho las risas cómplices de mis pequeñas y salgo en su búsqueda. De pronto, me detengo frente al espejo sonriente, sabiendo que el juego de las escondidas (el escondite) es un clásico de todos los tiempos. Entonces entiendo que aquella niña que fui, vivirá por siempre en mí.

 

 

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