Comunidad judía de Costa Rica: tesón y solidaridad

Hace un año exactamente llegué a Israel como olá jadashá, pero al salir del aeropuerto como ciudadana de este país, tampoco dejé de ser costarricense.

 

Un par de meses antes de mi aliá había entregado el libro Mi Historia, una obra producida para la organización Corona de Oro de la comunidad judía costarricense, a la que pertenecí durante casi sesenta años.

 

La elaboración de este libro, que reunió historias de muchas de las familias fundadoras de la comunidad, me permitió tener una visión más integral de lo que había significado para ellos y ellas su travesía existencial, desde pueblos y ciudades europeos hasta el trópico centroamericano.

 

Cada entrevista fue parte de un encuentro con el pasado de estos protagonistas, pero también con el propio, ya que en casi todos los casos se trataba de personas conocidas y queridas que me acompañaron desde la infancia, quienes en su mayoría ya fallecieron.

 

Tuve reuniones con algunos sobrevivientes, pero principalmente con sus hijos y nietos, para quienes también significó un encuentro con sus propias identidades, muchas de estas entrevistas finalizaron con lágrimas en los ojos.

 

No fue fácil rescatar todas las historias de audacia, valor, emprendimiento, dolor, pérdida y fortaleza de estos protagonistas, y a que retrocedimos al máximo en sus genealogías por lo que a veces faltó información antigua.

 

Pero por encima de todo, esta obra permite comprender mejor a quienes dejaron Europa por nuevas oportunidades ya aquellos que pocos años después se les unieron, luego de sobrevivir el horror de la Shoá.

 

Con este resumen, dejo constar mi gratitud hacia estos hombres y mujeres que sentaron las bases para la continuidad del judaísmo en Costa Rica.

 

EL ORIGEN

Aunque había un par de familias asquenazis en Costa Rica que habían llegado algunos años antes, la principal oleada migratoria se registró de 1927 a 1939, cuando alrededor de 600 judíos europeos ingresaron al país.

 

En esos años el gobierno costarricense ofreció visas baratas y beneficios a los inmigrantes europeos, con la intención de desarrollar y poblar el país, que tenía apenas medio millón de habitantes.

 

Una gran parte de los jóvenes que llegaron a Costa Rica venía de dos pequeños pueblos polacos, Zelechow y Ostrowiec, que sumaban cerca de 7000 personas, y eran parientes o amigos.

 

La subsistencia de sus habitantes dependía de la fabricación de botas para el ejército ruso. Al independizarse Polonia una gran parte había perdido su principal sustento y los pueblos enfrentaron una seria situación económica.

 

Por eso, para ellos era vital ganar dinero para sus familias, lo que ya no era posible en esa zona. Además, en esa década todos perseguían el llamado sueño americano y para ellos fue suficiente saber que Costa Rica estaba en el continente.

 

Así que, con la expectativa de “hacer la América”, como se decía en esos tiempos a la decisión de emigrar en busca de mejores oportunidades económicas, dejaron a sus familias, esposas, hijos y novias, para embarcarse rumbo a lo desconocido.

 

Los pioneros de Zelechow, 1930. Foto cedida por Jaime Tishler

 

 

UN VIAJE DIFÍCIL

Ya fuera solos o en pequeños grupos, durante varios años se trasladaron a Varsovia y de ahí a los puertos donde podían embarcarse, desde Holanda, Alemania, Francia o Danzig.

 

Pero esta jornada que duraba varios días no era sencilla y debían afrontar peligros importantes como asaltos o agresiones. Y al llegar a los embarcaderos, sobretodo en Alemania, muchos sufrieron maltratos o robos en manos de la policía portuaria.

 

Además, en los barcos viajaron en tercera clase en pésimas condiciones, como falta de comida, agua y descanso, por lo que muchos también sufrieron enfermedades importantes en estas travesías.

 

Finalmente, luego de más de un mes de travesía, llegaron a puerto Limón en el Caribe costarricense, donde a todos los sorprendió la exótica y desbordante vegetación, la calidez del agua, los aromas y el contacto con pobladores totalmente distintos a ellos, quienes también se asombraban ante esos jóvenes pálidos y enfundados en pesados abrigos.

 

Otro paso difícil fue dar sus nombres y apellidos a los funcionarios del puerto, por lo que muchos fueron modificados o simplemente les pusieron otros distintos a los suyos. Pero lo más importante de todo, habían llegado.

 

Ahora empezaba su viaje al interior del país, en carretas que iban sorteando los caminos hacia Cartago, la ciudad más cercana al puerto que estaba a unas cinco o seis horas de viaje; otros seguirían hacia la capital, San José, al día siguiente de su llegada.

 

Estas peripecias comunes y el estar realmente solos en un país tan desconocido, los llevó a estrechar más los lazos de amistad que tenían, y a partir de su llegada conformaron una familia afectiva que dio origen a la comunidad judía costarricense.

 

 

NACEN "LOS POLACOS"

Eran pobres, no hay duda, salvo muy pocas excepciones. Ya eran pobres en Polonia y ahora debían ingeniárselas para salir de esa condición, por ellos y sus familias, con quienes esperaban reunirse lo antes posible. Mientras debían ganar el dinero suficiente para apoyarlas en sus pueblos y para pagar los trámites migratorios y pasajes necesarios.

 

No está claro cómo sucedió, si alguien empezó y lo siguieron los demás o fue un acuerdo colectivo, pero la mayoría de estos jóvenes se dedicó a las ventas ambulantes, un oficio que no era frecuente en el país.

 

Iban a la capital donde adquirían a crédito distintas mercaderías, casi siempre en almacenes de los pocos judíos más establecidos. Luego se adentraban por días o semanas en sitios recónditos, ya fuera a pie, en mula o caballo, llevando una buena carga de artículos para vender.

 

Era un trabajo agotador pero poco a poco dio frutos y fueron haciendo una clientela, más que nada campesina. A diferencia del comercio tradicional que exigía el pago inmediato de los bienes, ellos incentivaron los abonos o cuotas que permitieron a muchas familias acceso a productos que de otra manera no podían adquirir.

 

Con su escaso o nulo idioma, los vendedores anotaban con lápiz en pequeños cuadernillos los nombres, pagos y saldos de sus clientes, quienes bajaban su deuda a plazos y luego podían hacerse de otra con este sistema.

 

Se llamaban a sí mismos y entre ellos klaper, imitando el sonido de golpear una puerta. Pero como la mayoría provenía de Polonia, comenzaron a llamarlos “polacos”, identificándolos como aquellos judíos que vendían de casa en casa.

 

Tal fue el impacto de esto, que años después la Real Academia Española acuñó el término “polaquear”, como la forma en que se refieren en Costa Rica a la persona que vende algo de casa en casa, generalmente a crédito. Este oficio aún se mantiene en el país, pero los nuevos “polacos”, como les llaman, son costarricense o inmigrantes centroamericanos.

 

Poco a poco aprendieron español, aunque no todos porque se comunicaban en idish. Su vida era bastante frugal y sencilla, enfocada en traer a sus familias o vivir mejor cuando estas llegaban. Habitaban humildes viviendas o cuartos en las áreas pobres de la capital, eso sí, siempre formando algún grupo de amigos o familia.

 

No fue una época de diversiones, centrados en su trabajo y la expectativa de reunirse con los suyos pronto. Pero siempre encontraban tiempo para visitarse y era casi tradición que quienes vivían en la capital viajaran a Cartago los domingos para almorzar con sus amigos y familiares que se habían radicado ahí.

 

Obra teatral en idish, circa 1935. Foto cedida por Jaime Tishler

 

 

LA COMUNIDAD

Con la decisión clara de establecerse en Costa Rica, empezaron a fundar las bases comunitarias. Cerca de 1929 existió una pequeña sinagoga en la parte de atrás de la casa de una de las familias que habían llegado antes que ellos y estaban más asentadas.

 

Para 1931 se compró el terreno donde se construyó seguidamente la primera etapa del cementerio judío, el cual se fue ampliando en el mismo sitio hasta hoy.

 

En 1934 se estableció el Centro Israelita Sionista de Costa Rica, la entidad rectora de la comunidad judía costarricense. Estuvo primero en una vieja casa que incluyó una pequeña sinagoga, sala de reuniones, y un jeder donde los niños aprendían hebreo y se preparaban para el Bar Mitzvá.

 

También se crearon grupos musicales y de teatro, que representaban sus obras en idish.

 

 

ANTISEMITISMO

Así como estos jóvenes judíos tuvieron facilidades para ingresar a Costa Rica en esa década, también llegaron al país inmigrantes alemanes e italianos, muchos de los cuales se relacionaban con la oligarquía económica.

 

El gobierno que sucedió al que había permitido su ingreso, era simpatizante de Hitler y Mussolini y apoyó una fuerte campaña antisemita y xenófoba en los medios de ese momento, generada por el autodenominado comercio nacional en contra de los “polacos”, ya que según ellos venían a dejarlos sin sus clientes y tenían muchos beneficios. Además, al igual que la mayoría de países americanos, Costa Rica también cerró sus fronteras a la inmigración judía lo que impidió la llegada de familiares.

 

Aun así, los líderes de la comunidad escribieron respuestas en los diarios e incluso el presidente anterior que había permitido su ingreso salió a apoyarlos, pero se vivieron momentos de temor y angustia. Mientras tanto, cada vez tenían menos noticias de los suyos en Europa, la incertidumbre y el miedo por lo que pudiera estar sucediendo allá se volvió una constante en sus vidas.

 

 

EL SILENCIO DE LA SHOÁ

Tristemente, para 1939 y en algunos casos antes, la pequeña comunidad perdió contacto con sus seres queridos en Polonia y otros países. No hubo más noticias ni llegadas de sus familiares hasta el final de la Segunda Guerra Mundial e incluso años después.

 

Entre 1946 y 1947 llegaron a Costa Rica algunos sobrevivientes de la Shoá, quienes tenían algún grado de parentesco o eran conocidos de los primeros inmigrantes. Fueron acogidos como parte de la familia comunitaria y pudieron hacer sus vidas en el país.

 

Cuando estaba entrevistando a las familias que participaron en Mi Historia, quedé desgarrada por las vivencias terribles de estos sobrevivientes, tan atroces que muchos no hablaron nunca de esto o lo hicieron al final de sus vidas.

 

Pero a todos los conocí, eran padres y madres de mis amigos de infancia y juventud.

Los recordé con sus antebrazos tatuados, pero siempre amables y sonrientes, mirándonos extasiados en nuestras presentaciones escolares y colegiales. Incluso alguna vez participé en una obra en idish, dirigida por una de estas queridas sobrevivientes. También recordé cómo ellos llenaban las filas en muchas conmemoraciones de Iom Hashoá, mientras que ahora ya casi no queda nadie.

 

 

LA REVOLUCIÓN DE 1948

Hacia finales de esa década, la comunidad está más afianzada y sus miembros han mejorado su forma de vida, muchos estableciéndose en la capital, donde tienen pequeñas tiendas en las cercanías o dentro del mercado central; otros incluso ya tienen almacenes importantes.

 

Los sobrevivientes de la Shoá se han incorporado de lleno a la vida comunitaria, trabajando como klaper o bien en otros oficios. Las familias empiezan a crecer y los niños y jóvenes judíos van a las escuelas y colegios públicos, porque en Costa Rica la educación es gratuita y obligatoria desde el siglo XIX.

 

Pero para las elecciones de febrero de 1948 se denuncia un fraude electoral que divide al país. Por primera y única vez Costa Rica enfrenta una guerra civil que dejará cerca de 2000 muertos.

Para la comunidad este es un nuevo golpe.

 

Durante 1947 sus líderes concentraron esfuerzos para que Costa Rica vote en las Naciones Unidas a favor de la creación del Estado judío, lo que se logra en noviembre de ese año. Sin embargo, entre marzo y mayo de 1948 se da la guerra civil y en medio del caos, unos y otros acusan a la comunidad de apoyar a su contrario. Hay agresiones, vandalismo y hasta detenidos, pero al finalizar ésta se crea una Junta provisional durante varios meses y vuelve la calma, aunque por poco tiempo.

 

Lamentablemente, el presidente víctima del fraude que asume su cargo de 1949 a 1953 era un reconocido antisemita que había orquestado las campañas contra los klaper en la década anterior. Su gobierno permitirá nuevos episodios de violencia verbal y física, así como actos vandálicos ejecutados por un grupo de extrema derecha. La comunidad, más organizada en ese momento respondió a estas campañas pero fueron años de gran inquietud.

 

Sin embargo, estas situaciones no volverán a presentarse en las siguientes décadas. Por el contrario, conforme la comunidad se asentó económica y socialmente, sus miembros empezaron a escalar posiciones importantes en distintos sectores de la sociedad costarricense. En términos generales, a partir de la década de 1960 todos los gobiernos han tenido buena relación con la comunidad judía y el Estado de Israel.

 

Como vemos, no se trató de un camino fácil de transitar. Por el contrario, estuvo lleno de inconvenientes, sufrimiento y dolor, pero también de energía, fe y constancia.

 

Los herederos de estas primeras generaciones de judíos askenazis en Costa Rica llegan hoy a sus tataranietos. Todos han podido crecer en un marco que les permite identificarse con su historia y religión, además de participar activamente en el desarrollo de la nación que acogió a sus ancestros.

 

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Mi historia

Mi abuelo paterno, Rubén Lew (Z”l), llegó a Costa Rica en 1929. Tanto él como mi abuela, Regina Joselevich (Z”l), nacieron en Brszostowica Wielka, Bielorrusia, donde fueron novios, pero se separaron y  él se casó con otra.

 

Alrededor de 1925 emigró a Cuba con su esposa y cuñados, con la intención de “hacer la América”. Por razones que no tengo claras se divorció y le escribió a mi abuela, pidiéndole que se encontraran en Costa Rica para contraer matrimonio, y ella le respondió que sí.

 

Mi abuela procedía de una familia acomodada y extensa, que por supuesto se opuso a lo que consideraron una locura de su parte: irse al otro lado del mundo, sola, y además a casarse con el hombre que la había dejado por otra, en fin, una calamidad total.

 

Pero ella siempre se caracterizó por su determinación, así que se embarcó rumbo a lo desconocido, guiada por sus sentimientos. Se casaron cuando desembarcó en puerto Limón en 1930.

 

El abuelo era muy emprendedor y tenía un liderazgo nato, su casa en Cartago era el punto de reunión de la incipiente comunidad judía costarricense. Como la mayoría, él también fue klaper y tuvo negocios agrícolas. Vivían bien e incluso tenía un automóvil, lo que no era muy usual en la Costa Rica de esos años. En 1932 llegaron al país los dos hermanos de mi abuelo, David Lew (Z”l) y Regina Lew (Z”l). Mi papá, Jorge Lew (Z”l) y mi tía Dora nacieron en 1933 y 1935.

 

Lamentablemente mi abuelo murió trágicamente en 1936, dejando a mi abuela con dos niños pequeños. Luego mi tío abuelo y ella con sus hijos se radicaron en San José donde él abrió una tienda. Mi tía Regina se casó en 1935 con Felipe Dachner (Z”l). En 1939, poco antes de la Shoá, llegó a Costa Rica la hermana menor de mi abuela, Sara (Z”l), quien a los pocos meses se casó con mi tío David.

 

Mis bisabuelos paternos fallecieron en la Shoá porque eran muy religiosos y no quisieron emigrar a Costa Rica con sus hijos por la kashrut. La familia de mi abuela estaba integrada por más de sesenta personas al momento de la Shoá. Solo sobrevivieron ella, mi tía y su hermano Samuel (Z”l), que se había radicado en Argentina años atrás.

 

En 1947 mi abuela se casó con Abraham Taitelbaum (Z”l), quien llegó a Costa Rica en 1932 procedente de Lucow, Polonia. Era muy religioso, tenía esposa y cinco hijos; ella no quiso emigrar por la kashrut y todos fallecieron la Shoá. De su matrimonio nació mi tía Ofelia.

 

Papá fue un niño y joven rebelde, algo pendenciero, que creció en uno de los barrios pobres de San José y contaba de algunos amigos de esa época que terminaron mal. Pero era muy inteligente y estudioso, así que al finalizar la secundaria hizo un año de Farmacia en la Universidad de Costa Rica y viajó a Buenos Aires, Argentina, a estudiar medicina.

 

Allá se casó con mi mamá Ana Haydée Schtirbu (Z”l). Toda mi familia materna llegó a Buenos Aires a inicios del siglo XX y no fueron víctimas de la Shoá. Mis padres fueron personas muy destacadas en Costa Rica, él como médico emérito y ella como actriz premiada en varias ocasiones.

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Los otros judíos

La historia de los judíos en Costa Rica se remonta a la llegada de sefaradíes que lograron huir de la Inquisición española, quienes llegaron en barco a puerto Limón, se ha especulado que incluso vinieron algunos en el último viaje de Cristóbal Colón en 1502. Ellos se ubicaron principalmente en la ciudad de Cartago, que era la provincia principal, y sus alrededores. En su mayoría se convirtieron al catolicismo.

 

Muchos de los apellidos católicos costarricenses derivan de estas familias sefaradíes.

Otra oleada de inmigración judía a Costa Rica se dio en el siglo XIX cuando un grupo de comerciantes sefaraditas, principalmente de Curazao, Jamaica, Saint Thomas y Panamá, se asentaron en San José, la capital del país y alrededores. Estas familias mantuvieron lazos sanguíneos durante un tiempo al casarse entre sí. Muchos de sus descendientes, recuerdan que a pesar de que luego hubo matrimonios con católicos, en casas de sus abuelos seguían ambas tradiciones.

 

Cuando los judíos askenazis empiezan a llegar compartían rezos y celebraciones con las familias sefaradíes, pero esto se perdió ya que mayoritariamente se convirtieron al catolicismo por sus enlaces, mientras los miembros de la comunidad se mantuvieron, mayoritariamente, dentro del judaísmo.

 

Es muy interesante que otras ramas de esas mismas familias sefaradíes, que emigraron a países como Panamá o Estados Unidos son judías, mientras en Costa Rica se asimilaron completamente a mediados del siglo XX.

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(*) Periodista y escritora.

 

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