Carta de Presentación

27.12.2018

No puedo evitar hacer un resumen mental del año. Que absurdo, porque eso me parece que nos pone a todos más tristes que contentos. Pero, por más que intente no prestarle atención a la fecha… aquí estoy: pensando en lo que ha pasado. Y pienso más en lo que ha pasado porque el pasado es más palpable que el futuro. Y suenan en mi cabeza todas esas frases clichés que dicen que es época de soltar, de dejar ir, de perdonar, de saldar deudas, de empezar limpia de no sé qué cosas. Frases que yo me repito de tanto en tanto cada vez que una cicatriz emotiva me pica. Y prendo sahumerios, limpio la casa para sacar las malas energías, me siento al sol para que me acaricie el alma, pongo música positiva, me junto con amigas, acaricio perros que me cruzo por la vereda. Porque es inevitable ponerse sentimental, incluso estando aquí en Israel, que un 31 de diciembre no es “tan” emotivo como en otras partes del mundo. El problema es que no estamos desconectados, no estamos en otro mundo. El almanaque cambia, las estaciones cambian, todo empieza de nuevo. Un año nuevo.

 

Foto: Ivana Taft

 

 

A mí me pesa, aunque quiera negarlo o hacerme la fuerte. Me pesa peor que una mochila llena de piedras. No es el mero hecho de extrañar, de estar acá o estar allá, o la familia o los amigos, o el verano, o el invierno. A veces me ha pesado más, a veces me ha pesado menos. Este año, felizmente y sacando todo sentimiento “down” cierro el año contenta. Cansada, como todos, pero contenta.

 

Yo adjudico mi estado emocional a mi década de los treintas, como si no fuera culpa mía, como si yo no tuviera nada que ver. Tomando palabras de un gran amigo, el inicio de mi tercera década fue como si la vida me ahorcara lento, pero sin pausa, sin sacarme el aire por completo, gozando de mi sufrimiento por intentar respirar, sin que yo pudiera hacer absolutamente nada. Pero que, en un momento, me hubiera soltado, hubiera dejado de apretar, y el aire hubiera entrado libre a mis pulmones, sintiendo todo más liviano, pero más especial.

 

Entonces, aquí me encuentro, sentada en mi nidito nuevo, frente a mi computadora, con un café enfriándose a un lado y el pucho, que pienso abandonar este año, apagándose en el cenicero. Mientras, pienso como presentarme, como hacer la introducción formal para ustedes y mis textos. Y lo primero que se me cruza por la cabeza es que ya casi estamos en enero. Nunca he sido buena para las formalidades.  

 

Soy Ivana, a todo esto. Mucho gusto.

 

 

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