Año nuevo... ¡vida vieja!

Llegó el esperado 1 de enero. El 2019 comienza lleno de expectativas y con la confianza de que con el cambio de año lo malo queda atrás. Los festejos de la noche del 31 terminaron tarde para mí, me dormí alrededor de las 3 AM y a las 7.30 me madrugó “mi pequeño despertador personal” (alias, mi hija Lara) fresca como una lechuga, porque se había quedado dormida temprano y su energía estaba al tope.

 

 

Me desperté con una sensación similar a cuando era adolescente, y me levantaba luego de una noche de boliche -que recién concluía luego de desayunar con el grupo de amigos. Sentía dolor de cabeza, intolerancia a los ruidos, dolor muscular… pero fastidiosa por no tener, como entonces, la maravillosa posibilidad de abrazarme a la almohada nuevamente y dormir todo lo que quisiera.

 

Por el contrario, Lara me rogaba que le preparara el desayuno y eligiera si quería ser yo la doctora o la paciente, de un consultorio de fantasía que armó desparramando todos los juegos que estaban a su alcance. Nada de estirarme o hacer un mínimo de fiaca.

 

Rápidamente me levanté. Mejor dicho, Lara tiró de mi brazo obligándome a que lo hiciera y emprendimos rumbo a la cocina. Mientras luchaba por abrir mis ojos, intentando no tropezar con los chiches, trataba de hacerle entender a mi niña que el tupper con el pekale de la deliciosa cena de año nuevo que preparó su Baba (abuela) no podría comerlo hasta el mediodía, porque le traería dolor de panza.

 

 

Al pasar por mi habitación, observé a mi marido durmiendo junto a mi hija mayor (pero no tanto) con quien tuvimos la difícil tarea de tranquilizarla por su temor a los fuegos artificiales. Vale la pena acotar que Tati pasó la corta noche durmiendo junto a nosotros bien estirada, ocupando la ¾ parte del colchón. Miré a Diego, mi esposo, con celos. Lo vi como posible solución para dormir un poco más, pero recordé que él no conseguía dormirse luego del festejo de año nuevo y cerré la puerta para que sigan durmiendo, mientras rogaba a Laru que hable en voz baja.

 

 

Implorando por un café, yo sin tomarlo no arranco el día, abro la alacena y me doy cuenta que se acabó y olvidé comprarlo ¡No podía estar pasándome todo esto! ¡a dónde estaba escondida toda esa magia de un nuevo año! Sólo podía visualizar el caos en mi hogar: una montaña de ropa por lavar, una heladera vacía por llenar, una casa revuelta de juegos, un departamento por limpiar y mi pequeña descontrolada.

 

Como cada vez que colapso, respiro profundamente con las técnicas que aprendí en mindfulness, rogando encontrar el espacio para continuar leyendo “La felicidad después del orden” (de mi gurú Marie Kondo), creyendo que allí encontraré la solución a mis incontables intentos fallido de ser ordenada. Ahora que lo pienso, una sensación similar a la ilusión que nos provoca el cambio de año.

 

 

Me tiro agua fría en la cara, intento estirar el cuerpo contracturado por demás y allí aparece mi salvación. Diego, mi marido. Me invita a que me vaya a acostar, que él se queda con nuestra hija y corro a mi cama, como si estuviera caminando sobre arena caliente. El día lo está, bien pegajoso y con mucha humedad.

 

Mientras mis pensamientos se siguen quejando, cuan niño pasado de sueño, miro a mi lado a mi hija mayor y todo cambia. Me conecto con recostarme a su lado y que voltee sonriente para abrazarme, mientras la más pequeña abre la puerta sólo para darme un beso y decirme que me ama. Me envuelve la hermosa sensación de sentirme bendecida por ser mamá y haber formado una familia con el hombre que elijo desde hace 15 años.

 

 

En definitiva, cuando uno duerme poco por celebrar ¡vale la pena bancarse la resaca del día siguiente! Siento el privilegio de por fin entender que el desorden de mi casa y tanta ropa acumulada, se debe al disfrute de mis hijas y al tiempo dedicado a jugar con ellas.

 

Quiero compartir con ustedes, amigos de Piedra Libre, que percibo que la magia del cambio de año pasa por ese momento en que levantamos la copa y brindamos por tantos motivos con nuestros afectos, especialmente por la salud y los afectos, llenándonos de abrazos, esperanza y buenos deseos ¡Le jaim! ¡Por la vida!

 

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